Por Ángel Gómez Escorial
Editor de Betania
No puedo negar –ni quiero—mi simpatía hacia San Ignacio de Loyola. Y, a partir de ahí, pues no niego tampoco una cierta admiración por la Compañía de Jesús, aunque la conozco poco. Tengo, asimismo, una gran amistad con José Maria Maruri, SJ, colaborador de Betania, y que tuvo una importancia mayúscula en mi conversión. Siempre cuento que, cuando en julio de 1991, le llevaba al padre Maruri un regalo –la monumental biografía de Ignacio que editó en ese año—al sentarme durante unos instantes en un banco público que hay frente a la iglesia de los jesuitas –parroquia de San Francisco de Borja—en la calle Serrano, de Madrid, tuve la clarísima impresión de que “lo mío” ya no tenía vuelta atrás. Que me aceptación de Jesús de Nazaret como Dios, como Amigo y como Maestro, ya no tenía retorno. Mejor o peor, me iba a quedar ahí. Esa fecha –también la he citado muchas veces—la considero como mi “tiempo de conversión”. En ese mismo año de 1991 cumplía yo 50 años. Aunque la cosa venía de antes, de entorno el año 1988, cuando comencé a frecuentar la buena compañía de José Maria Maruri.
ME ENCENDIÓ LA AUTOBIOGRAFÍA
A mi me encendió la autobiografía de Ignacio de Loyola. Entendí perfectamente todos sus pasos desde el sitio de Pamplona. Y su evolución. Y, asimismo, me emocioné grandemente cuando visité, en Loyola, sus aposentos. Luego me “enfrenté” a los Ejercicios Espirituales – algo solo, como siempre; como lector solitario—y me pareció un primor dentro del conocimiento humano. Sin saberlo muy bien con la lectura, voluntariosa dada la dificultad idiomática de su castellano antiguo, por usar un breve folleto de los E. E. sin nota alguna, creo que me enzarcé en una auto-tanda de ejercicios sin saberlo. Luego, devoré el tomo de las Obras Completas de la BAC, donde me quedé estupefacto ante el Diario Espiritual. Luego “cayeron” las Cartas y hasta las Constituciones, por las que sentí una especial admiración por su sentido previsor. Hice unos “ejercicios en la vida diaria” allí en Serrano. E, incluso, me “retiré” en la provincia de Segovia unos días. Aunque creo que me fueron más útiles los de la “vida diaria”.
Y luego, nada. A nadie busqué, salvo a Maruri, claro. Ni nadie me llamó. Ni pasé a relacionarme con algún miembro de la Compañía de Jesús. Eso sí, leí todo lo que seguía encontrando sobre Ignacio y sobre sus seguidores. Y, desde luego, muchas glosas sobre los Ejercicios. Pero nada más. El asunto de la “destitución” de Arrupe me pilló lejos. Tuve un especial interés por la anterior Congregación, pues, al parecer, iba a hablar de la integración de los laicos, pero la cosa no debió ir bien porque no me enteré de nada, no transcendió nada. Apenas sé nada de Peter-Hans Kolvenbach SJ. Ni nunca leí nada de él. Por eso la elección del Padre Adolfo Nicolás SJ me llamó lógicamente la atención por ser español y por haber pasado muchos años en Japón, donde también estuvo el Padre Maruri –todavía mete alguna palabra japonesa en sus homilías—trabajando junto a Arrupe. Y otra cosa que me llamó la atención fue el gran despliegue mediático fuera de los ámbitos más o menos cercanos al periodismo especializado en religión. Sin duda, tenía mucha más importancia y repercusión el cambio al frente del “generalato” de la Compañía que lo que yo habría pensando.
Se da la circunstancia que, en esos días, leí con rapidez y fruición la biografía que de San José María Rubio había escrito Pedro María Lamet en los tiempos de la canonización del padre Rubio. Interesante personaje del que he visto su sarcófago de piedra, en el claustro de la iglesia de los jesuitas, pero que tampoco sabía demasiado de él. Y de la biografía he aprendido la enorme labor de apostolado que se hacia en esos veinte primeros años del pasado siglo XX, el peso que Rubio y la Compañía de Jesús tenían entonces y los profundos y salvajes sentimientos contra la Iglesia que ya en esos años tenían los españoles. Ello no es nuevo, pues.
LO QUE QUERÍA DECIR
Bien lo que yo quería decir –y siento haberme enredado en tan largo exordio—es que el padre Adolfo Nicolás tiene la necesidad imperiosa de rejuvenecer la Compañía de Jesús, en primer lugar. Yo creo que en Europa y en Estados Unidos –y algo menos en Latinoamérica, pero también—los jesuitas son de edad avanzada y en los noviciados de estos lugares apenas entra gente joven. Es verdad que toda la clerecía en todo occidente camina con muchos años a la espalda y que no llega la ansiada renovación, aunque se aprecia la llegada de gente joven al sacerdocio diocesano y a algunas órdenes religiosas. Creo que entre los jesuitas, no; y por algo será. Me parece que esto es más importante que otras cuestiones más estructurales como el asunto de la especial relación de los jesuitas con el papado, que, sin duda, es importante. Pesa, de todos modos, mucho Asia y América en la vida jesuítica actual. Y dar relevancia al movimiento de la Compañía de Jesús en esos ámbitos. Y si eso sirve para rejuvenecer a la compañía, pues mejor que mejor.
Asimismo, pienso que la Compañía de Jesús ha mantenido una actitud más centrada –más de centro—respecto a ciertas tendencias al neoconservadurismo que han crecido en demasía en la Iglesia en los últimos 20 años. Y por eso, desde ella, se podría enmendar mejor el “tiempo perdido” y renovar con claridad las posiciones trazadas por el Concilio Vaticano II. Es, sin duda, una idea personal, pero que sospecho que hace falta. Y poco más puedo decir. Solo repetir mis simpatías grandes por Ignacio de Loyola y su obra.
De Betania.es
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