Monday, February 04, 2008

Un general como Dios manda


Los jesuitas reivindican la línea del padre Arrupe con la elección del español, misionero en Asia, Adolfo Nicolás.
Publicado en 21RS, febrero 2008
Decían por ahí: “Esta vez los jesuitas, últimamente tan vapuleados, votarán al candidato más próximo al Vaticano”. Otros: “Hay que enterrar definitivamente la era Arrupe. Vendrá otra etapa de transición”. Pues bien, todos estos agoreros se han equivocado de medio a medio. En la mañana del pasado 19 de enero, en la segunda votación salió elegido Adolfo Nicolás. Dicen que ha sido una sorpresa, un candidato escasamente nombrado. Confieso que era el mío, aunque no soñaba que contara con la mayoría necesaria, dadas las circunstancias. Y que lo había sido de muchos en los tiempos en que se esperaba que Juan Pablo II aceptara la renuncia de Pedro Arrupe.

Hace más de veinte años un veterano misionero me lo auguraba sobre la cubierta de un barco en Hong Kong: “Es otro Arrupe, el único que puede sucederle”. Sencillo, dulce, valiente, parco en palabras, buen orador, libre, experto en diálogo interreligioso, con experiencia de gobierno, buen teólogo y –cosa curiosa- vetado por el Vaticano para rector de la Pontificia Universidad Gregoriana, ha tenido una carrera similar a Pedro Arrupe. Marchó al Japón nada más terminar en Alcalá de Henares sus estudios de filosofía. Como Arrupe ha vivido el baño de Oriente, que dulcifica el carácter y permite la relatividad que presta vivir sumergido en un ambiente pagano y multirreelgioso. Además ha trabajado en Filipinas y conoce bien el mundo asiático como moderador de los provinciales jesuitas de aquel continente. Es pues una figura ecuménica, abierta y que va a continuar el compromiso con los pobres y la justicia que roturó Pedro Arrupe. Ya ha dicho en su primera homilía que hoy no hay naciones, sino universos distintos, y uno de ellos es el de los marginados por las grandes desigualdades. Contó la anécdota de una filipina que no sabía si divorciarse y le pidió ayuda a otra filipina que sufrió mucho por integrarse en Japón. Le contestó: “No sé qué decirte ahora mismo. Per ven conmigo a la iglesia y recemos, porque para nosotros los pobres, solamente Dios es la furza”. Nicolás concluye que todo lo que se dice sobre el “papa negro” es cliché, superficial e irreal. “Para nosotros sólo Dios es la fuerza. Para el servicio desinteresado sin condiciones sólo Dios es la fuerza”.
Juan Masiá, que fue súbdito suyo en Japón, cuenta una anécdota de su madre: Sonó el teléfono, la voz dijo: “Le habla el cardenal Tarancón”. Contestó doña Modesta, castellana castiza con buen humor: “Al habla la princesa de Asturias”. Responden desde el otro lado: “No, señora, que no es broma, que soy yo, Vicente Enrique y Tarancón, que vengo de Manila de estar con Adolfo, le traigo un regalo de su parte.” Doña Modesta se pone nerviosa y tartamudea: “Ah, perdón señor...digo, perdón, reverencia, quiero decir, bueno, no sé si es usted reverencia o excelencia, lo que sea,...” “Tranquila, señora, su hijo me llama ‘don Vicente’ y eso basta. Lo importante es que ha dado usted a la Iglesia un hijo que es todo lo que necesitamos hoy. Vengo encantado de estar con él en Filipinas”.
Dicen que Adolfo ha heredado el buen humor de su madre. Yo recuerdo haberle visto hace muchos años –un hermano suyo fue compañero mío- imitar a Charlot admirablemente con bastón y bombín. Buen diplomático, firme en las ideas y delicado en las formas, tendrá que valerse de todos sus talentos, y sobre todo de la oración y la unión con Dios, una de las características que señala San Ignacio como primordiales en un general, para afrontar lo que le espera.
La elección ha sido sobre todo un acto de libertad, precisamente cuando el Papa, siguiendo el ejemplo de su predecesor, acababa de dar un tirón de orejas a los de siempre: los jesuitas de frontera, los teólogos que dialogan con otras religiones, los que intentan releer la moral sexual desde coordenadas actuales. Y cuando otros postulaban a Lombardi, el portavoz vaticano como componenda.
La elección es un espaldarazo a la línea Arrupe, tan machacada por los que en todas partes ven todavía, sin fundamento, al viejo “lobo marxista”. La elección es un puente con el Tercer Mundo y un continente de donde ahora provienen la mayoría de las vocaciones. El futuro dirá. Pero sus desafíos son difíciles: entenderse bien con la Santa Sede y sacar a la Compañía de un invernal silencio de 25 años con gestos libres y proféticos.

Me lo decía su predecesor el holandés Peter Hans Kolvebach: “Tenga en cuenta que el invierno es muy bueno para los agricultores”. ¿Habrá estallado ya un primer brote de primavera? Cuando regresó de Roma, recién publicado su libro, “Teología del Progreso”, los alumnos de escatología de Adolfo gozaban en Tokio al oírle hablar, como su maestro Alfaro, de la esperanza. La práctica de esa virtud le une en directo a Benedicto XVI. Y en todo caso su elección es un soplo de aire fresco y alegre para la Iglesia.
Pedro Miguel Lamet
Fuente: su página web

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