Thursday, March 20, 2008

DÉJATE LAVAR LOS PIES por Ángel Moreno de Buenafuente

¿Quién no conoce la resistencia del discípulo Pedro a que Jesús le lavara los pies?Ante esta escena del evangelio de San Juan, siempre había interpretado que la actitud del discípulo la producía su sensibilidad, no podía consentir que su Maestro se rebajase, a la manera de un siervo, ante él, y en parte puede que este sea el motivo principal de la reacción que mantiene el apóstol. Pero al observar que la palabra “pies” aparece siete veces, me abrí a un posible significado simbólico, sin evitar por ello el gesto histórico (Jn 13, 5-14).
Si el lavatorio de los pies se interpreta en una clave más amplia, a la luz de otras escenas bíblicas, podemos descubrir que es una acción muy íntima y personal, que realiza la amada en su alcoba (Cat 5, 3), un gesto de hospitalidad, Abraham en Mambré dispone el lavatorio para sus huéspedes (Gn 18, 4). Tocar los pies hace relación al amor esponsal, así se narra de Moisés, de Booz, de David (Ex 4, 25; Rt 3, 4-8; 1 Sam 25, 41). La pecadora perdonada, lavará los pies de Jesús con lágrimas (Lc 7, 38-46). María de Betania perfumará los pies del Señor (Jn 11, 2; 12, 3). Las mujeres, en la mañana de pascua, asirán los pies del Señor resucitado (Mt 28, 9). Lavar los pies de los santos era una de las obras buenas que hacían las viudas (1 Tm 5, 10). Desde estas resonancias, se puede descubrir un sentido mayor, que revela la verdad cristiana, “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo” (Jn 3, 16), quien para testimoniar la voluntad amorosa de su Padre, se puso a lavar los pies a sus discipulos.

Dios no pide nada que no haya concedido antes. Da las fuerzas necesarias para afrontar la prueba y capacidad para responder a la llamada identificativa, la que puede significar la propia vocación.

En la noche del prendimiento, Pedro va a sucumbir víctima del miedo; va atravesar la barrera de la infidelidad con la negación de su Maestro, por tres veces, herida difícil de superar, capaz de arrojar al más profundo pozo de la tristeza y desesperación.

Al final del Evangelio de San Juan, en el marco de una comida, se ofrece uno de los diálogos más íntimos entre Jesús y Pedro, en una clara alusión a las negaciones, pero que interpretado a la luz del lavatorio de los pies, adquiere un nuevo significado.

Las preguntas que Jesús hace a Simón sobre el amor, sobre si le quiere y desea ser su discípulo, serían razón de dolor profundo, si no se tuviera capacidad para responderlas positivamente. Sacarían a la luz la fragilidad del Apóstol. Pero Jesús no es como los que sondean y escarban con la intención de denunciar y poner en evidencia al discípulo, en sus preguntas va la posibilidad de reconciliar a quien negó por tres veces, y la gracia de la reconciliación por el amor.

Pedro fue capacitado para amar en la noche de la cena, cuando su Maestro, arrodillado ante él, le lavó los pies a la manera del siervo a su amo, de la madre a su niño pequeño, con el gesto del amor más íntimo. Tres formas de amar que serán las que resuenen al final del evangelio: ¿Me amas más que estos? ¿Me amas? ¿Me quieres?

La personalización del amor de Dios atraviesa momentos sorprendentes, los que tienen que ver con la recepción inmerecida de la gracia, los que se describen en la historia de la propia debilidad, ungida con el perdón, y los que la providencia permite que se conviertan en los acontecimientos más luminosos, en los que a cada uno se le deja experimentar lo más noble de sí mismo.

Al final, se descubre el proceso completo, la pedagogía divina, que no se impone, sino que permite la resistencia y la debilidad, para dar la oportunidad a la confesión consciente, que identifica a la persona.

No dejarse lavar los pies, supone resistirse al proyecto de Dios, que con mano providente nos prepara para poder responder a la petición de ser enteramente suyos.

“Déjate lavar los pies, para que tengas después fuerza de confesar el amor que Dios te ha manifestado y que te solicita”.

Al inicio del triduo pascual, al desear participar en la Cena del Señor de la forma más adecuada, extendiendo el símbolo del lavatorio a la necesidad de acercarnos purificados al banquete de bodas, que cada uno haga el movimiento del corazón que le posibilite la participación en la mesa del Señor, en el pan santo, y si fuera necesario, en el momento que le sea posible, acuda a un sacerdote para recibir el sacramento del perdón, que de alguna manera es también dejarse lavar los pies.

En esta tarde las valentías son subjetivas, que nadie resuelva su debilidad con la prepotencia. Cuando asistiremos a tanta debilidad por parte de los discípulos, no obstante que verbalmente se atreven a decir que acompañarán a su Maestro hasta la muerte. Cuando la traición de Judas, las negaciones de Pedro, el sueño de los íntimos y la dispersión del grupo de los apóstoles, repletan el relato de esta tarde noche, las valentías estorban. Somos invitados a la humildad, al reconocimiento de nuestras traiciones, huidas, negaciones, inconsciencias… a dejarnos lavar los pies.

Dejarse lavar los pies es dejarse perdonar, dejarse amar, restablecer la relación amiga con Jesús, que implicará la reconciliación con Dios, la reconciliación fraterna, si fuera necesario y la reconciliación íntima y personal.

“Si no te lavas los pies, no tienes nada que ver conmigo”. La sentencia de Jesús es muy fuerte, y el impacto que produce en Pedro es eficaz.

Personaliza estas palabras y actúa en consecuencia.


Fuente: Ecclesia Digital

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