
Es horrible el sufrimiento de los crucificados, entre ellos Jesús. Los relatos, las imágenes y la imaginación, acuden a nuestro espíritu por estos días en que eres especialmente dócil a la actualización de los evangelios de la pasión y muerte. Y eres especialmente dócil porque por estos días vives un especial deseo de actualizar a Jesús, de encarnarlo.
La noche de este jueves trato de imaginar la soledad de Jesús, igualmente horrible. No está Juan, ni Pedro, ni Magdalena... ni Dios. Allí sólo está el hombre a solas. Hacía poco había pedido a su Padre que le librara del horrible sufrimiento de la cruz y del más horrible sufrimiento de la soledad; y esta vez la voluntad de su Padre se mantuvo diferente a la del Hijo. Lo dejó en soledad.
La tarde de este jueves trato de imaginar la última cena de Jesús con sus amigos. Todavía estaban Juan, Pedro, Magdalena. Y éste fue el mayor sufrimiento: saber que desde mañana no estaría con ellos, ni con Andrés, ni Santiago, ni Francisco... ni José María, Gonzalo, Ismael, Fernando, Ignacio, ni Concha, ni Luis. Fue el mayor sufrimiento y no fue capaz de soportarlo: partió un pan, llenó una copa y se los dio diciendo: hagan esto siempre y acuérdense de mí: así estaré yo con ustedes hasta el fin de los siglos. Y fue feliz con una felicidad capaz de sufrir la soledad de aquella noche y la cruz del Viernes; con una felicidad que a partir del domingo siguiente llamaríamos Resurrección.
Luis Cobiella
Red ignaciana de Canarias
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