Sunday, March 09, 2008

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA por Ángel Moreno de Buenafuente


Te invito a contemplar los rasgos de Cristo en la narración del Evangelio de San Juan (Jn 11, 1-45), en el pasaje de la resucitación de Lázaro, que nos ofrece hoy la liturgia


Pocos retratos de Jesús más humanos, que el que presenta la escena de Betania: Jesús amigo de sus amigos, conmovido, con lágrimas en los ojos, por la muerte de Lázaro. ¡Cómo consuelan las lágrimas de Jesús!

«Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (v. 3). Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro (v. 5). «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle» (v. 11). Cuando María llegó (…) viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó (v. 33). Jesús se echó a llorar (v.35). Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería». Jesús se conmovió de nuevo en su interior (v. 38).

El rostro conmovido del Maestro, sin embargo, anticipa el poder sobre la muerte, y el relato nos da ocasión de la mayor profesión de fe en Cristo, resurrección y vida, Hijo de Dios, quien en el signo de Betania adelanta su propia resurrección de entre los muertos, razón de nuestra fe.

Marta «Tu hermano resucitará» (v. 23). «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 25-27).
«Padre, te doy gracias por haberme escuchado» (v 41).Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!» (v 43).

Y traigo a mi memoria la oración que ayer hacía ante el lienzo del “Cristo de Velásquez” en mi visita por las salas del Museo de Prado:

Me velaste tu rostro,
¡hombre de la cruz!
La mitad de tu cara,
¡tan humana!

Escondiste tu carne,
tu semblante,
y me dejaste tan sólo
tu mirada parcial.

¿Qué mes esconde
tu cabello desatado
sobre un cuerpo
¡tan perfecto!

Intuyo que me muestras
tan sólo lo visible
de tu esencia,
tu humanidad sagrada.


Que me escondes
el rostro ¡tan divino!
Invisible ante mis ojos
buscadores.

Mis ojos ven tan sólo
lo encarnado.
La fe atraviesa el velo
y te confiesa.

Hombre y Dios
al mismo tiempo.
Divinidad anonadada,
perfección humana

Que se demuestra
en la entrega total
de Dios al hombre,
en la carne transfigurada.
Ecclesia Digital

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