
Jesús nos dijo: "Cuando hagas el bien, que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda". Es casi la descripción de una madre cambiando los pañales de su bebé. Su rutina es tal, que su mano derecha apenas se da cuenta de lo que hace su otra mano, mientras ella pliega los pañales y acaricia su bebé. Nadie le paga este servicio, y rara vez alguien se percata, excepto el bebé, si ella no la hace perfectamente.
Incluso el trabajo de una madre parece fácil, comparado con el cuidado de los ancianos. Una madre trabaja en un cuerpo precioso y prometedor; recibe el premio de la confianza y de ocasionales sonrisas. Pero cuando estamos viejos, nuestro cuerpo se está derrumbando y nuestros controles comienzan a fallar. No somos fáciles para ser ayudados. Somos orgullosos, avergonzados y enojados por la situación a que hemos llegado. Las sonrisas afloran con dificultad. Sin embargo, a lo largo del planeta, hay esposas, maridos y otros cuidadores, cuya diaria existencia gira alrededor de limpiar y atender a estos seres amados. "Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará" (Mateo 6:6).
Esta es una doctrina que no está de moda. Tomás de Kempis, autor de la Imitación de Cristo, nos recomienda que "disfruten ser desconocidos y no considerados". Señor, dame la habilidad para persistir a través del tedio, a sobrevivir sin el oxígeno del reconocimiento y de la alabanza, y para poder hacer un poco de bien cada día, el que será conocido sólo por Tí."
Espacio Sagrado
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