Wednesday, April 09, 2008

Motivos de alegría

Una experiencia personal de la Resurrección

Por Carlos Entrambasaguas


Mi padre murió en la madrugada del martes ocho al miércoles nueve de octubre de 2002, dos años y medio después de que le fuese diagnosticado un cáncer

Desde el primer día fue consciente de la gravedad de su enfermedad, de que no había cura y de que se moriría por esa causa. Tan consciente de ello fue que redactó una carta que quería enviar a sus amigos tras su muerte. Hizo varios borradores y dejó una versión definitiva manuscrita fechada en marzo de 2001, sin que ninguno de nosotros lo supiésemos. El jueves tres de octubre le pidió a mi hermana que la escribiese en el ordenador, la firmó, la fotocopiamos y nos dio la lista de direcciones que había preparado.


A pesar de saber que su enfermedad era irremediable, siguió todos los tratamientos que le propusieron los médicos sin una sola queja e incluso se propuso como voluntario para ensayos, si podían ser útiles para otros. En los dos años que vivió con la enfermedad terminó el graduado universitario que había iniciado en la universidad de Deusto.


Recibió la Unción de Enfermos con sus hijos y su mujer, diez días antes de morir, plenamente consciente. Elegimos juntos las lecturas que leímos en su funeral y leyó las palabras que yo iba a decir entonces como agradecimiento a los asistentes. En la última conversación que mantuve con él dijo que sentía que ya había hecho y dicho todo lo que tenía que hacer y decir, al menos lo más importante.


Mi padre murió en la madrugada del martes ocho al miércoles nueve de octubre de 2002, sin cuentas pendientes con la vida. Desde ese día, no ha pasado ni uno sólo sin que le haya tenido presente, más incluso que cuando estaba vivo. Durante años, me enseñó a vivir y al final, para terminar su tarea, me enseñó a morir y se marchó discretamente y en silencio, como había vivido. Su muerte no fue el final de su vida, sino su culminación.


Mi padre resucitó en la madrugada del martes ocho al miércoles nueve de octubre de 2002, después de haber muerto joven para los tiempos que corren, pero sin miedo y en paz, como los héroes de Homero. La vida de mi padre no hubiese estado completa sin su muerte. Él lo entendió así, e intentó hacer que yo también lo entendiese, lo que es la raíz misma de mi alegría. Una alegría mucho más profunda y duradera que el dolor y la pérdida que ahora siento.


Jesuitas de Castilla

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