Para mi gusto hay una inflación de santos. Pasa una cosa curiosa, que he notado, o me lo ha parecido, no lo podría jurar: mientras el Libro de la Sede, ese apuntador impagable para los sacerdotes en la celebración de la Eucaristía, y el calendario litúrgico oficial, que se encuentra en todas las sacristías, han disminuido el número de santos, y hay cada vez más misas de feria, es decir, sin santo del día, el pontificado de Juan Pablo II ha batido records de beatificaciones y canonizaciones. ¿El Papa iba por un lado y la Congregación para el Culto Divino por otro? Difícil de imaginar. ¿Los santos son más para la devoción popular que para el culto litúrgico? Pues tal vez sí. Pero tampoco es seguro.
Es lógico que los fieles estén muchas veces desconcertados. Cualquiera que haya leído la Biblia se habrá dado cuenta de que Santo es el adjetivo que más veces se aplica a Dios, más incluso que misericordioso, clemente o justo. También habrá deducido, probablemente, que la Santidad se predica de Dios no como un atributo más, sino como el que le corresponde por su propia esencia de Dios. Es decir, habrá descubierto que Dios es Santo porque es Dios, independientemente de lo que haga o de cómo lo vea el hombre. Me explico: decimos que Él es misericordioso, o bueno, o clemente, o todoperoso, porque así lo vemos o lo imaginamos, o porque efectivamente así actúa con sus criaturas. Pero la propia Palabra de Dios proclama que Él es Santo porque es distinto, Otro, transcendente, diferente, en sí mismo, antes de cualquier relaciòn, sea cronológica o metáfísica a nuestro entender, con las criaturas.
Bien. ¿A qué viene entonces tanta proclamación de Santidad, de Beatitud, tanta carrera de las congregaciones y grupos por conseguir entre los suyos un beato más, un santo más? ¿Tanta aplicación de Juan Pablo II, y tan correspondida por muchos, a esa tarea de la exaltación de algunos hijos de la Iglesia a la gloria excelsa e inalcanzable de la Santidad? Yo no lo entiendo. Pero puedo afirmar, y afirmo, que no añoro las tesis de la herejía iconoclasta. Voy por otros derroteros.
Tendríamos que recordar dos cosas, que prometo desarrollar más detalladamente en las siguientes entregas de este blog: a) que santidad y bondad, que ser santo y ser humanamente bueno no es lo mismo, y b) que se es santo no por los méritos de uno mismo, sino por participación de la Santidad de Dios, (y así todos los bautizados somos santos, no más o menos, sino en la medida de la Gracia de Jesucristo, en su participación de la santidad del Padre. Otra cosa es que mancillemos después, en nuestro peregrinar existencial, la Santidad bautismal).
Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.
Del blog "El guardián del areópago"
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