Thursday, April 16, 2009

El Vía Lucis de Ecclesia Digital (Tercer comentario)

“No está aquí ha resucitado”. Jesús ya no está en esta vida, ha inaugurado la Vida verdadera. La resurrección es el comienzo de la nueva Vida, como el parto –por el que todos hemos venido al mundo– es el comienzo de la vida; y el sepulcro, como el vientre materno. Así se lo anunció Jesús a Nicodemo.

La Vida verdadera de la resurrección, no es por tanto, un volver a vivir la vida con fecha de caducidad en la que estamos. No es un volver a someternos a las fatigas de esta existencia: “Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable”. (Spe Salvi 10). La Vida verdadera es la eterna, la que realmente deseamos y que no sabemos definir, de la que solo podemos decir que es “estar con Cristo, donde está Cristo”. (San Ambrosio)


El paso de una vida a otra es la resurrección, se asemeja a un parto. No es un paso de la nada al todo, ni del todo a la nada, no es un salto en el vacío. Como el bebe no surge de la nada, sino del feto que sale del vientre materno. La resurrección es más bien una transformación de una vida en otra debida al poder del Espíritu Santo.


El Espíritu tiene el poder de transformarlo todo, de hacerlo todo nuevo. Del polvo de la tierra hizo surgir la vida, del cuerpo muerto del sepulcro hace surgir la vida eterna. El Espíritu, que Cristo en la cruz entregó al Padre, volvió sobre Él y transformó su cuerpo de muerto a vivo. La resurrección de Cristo es una acción en la que toda la Trinidad está implicada.


El Bautismo es el comienzo, para nosotros, de esta Vida eterna. En el Bautismo el Espíritu nos transforma a imagen de Cristo por voluntad del Padre que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Así el Bautismo aparece como el comienzo de la resurrección, como una resurrección en germen. Por una parte, dejamos atrás el hombre viejo, el que vive la vida caduca. Y, por otra, al ponernos bajo el influjo del poder transformante del Espíritu, nos convertimos en hombres nuevos, como Cristo resucitado.


Así el Bautizado vive dos vidas, con dos principios vitales: la vida que se acaba, la de la biología; y la vida que consiste en estar con Cristo, la Vida eterna, causada por el Espíritu. Nuestra estancia en el sepulcro sólo se parecerá a la de Cristo en la espera de la transformación de nuestro cuerpo. Pero nuestro yo, nosotros, cada uno de nosotros no tendrá que esperar la vida nueva y eterna que Cristo nos consiguió con su muerte y resurrección, ésta ya la vivimos cada día de la vida de un bautizado.


Juan, Pedro, Jesús, Oscar, Pablo,… todos los bautizados, no están aquí ya han resucitado.

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