Sunday, April 19, 2009

II Domingo de Pascua por Ángel Moreno de Buenafuente


A los ochos días, en la octava pascual, el domingo “in albis”, el domingo de la Divina Misericordia, la Palabra de Dios nos ofrece el testimonio del Espíritu, del agua y de la sangre, como mejor garantía de la resurrección de Cristo.
Gracias al don del Espíritu Santo, efundido por Cristo sobre los discípulos, en la mañana de Pascua, podemos comprender la transformación que acontece en el grupo de los seguidores de Jesús.

A manera de binomios se puede observar:

La casa con las puertas cerradas, se convierte en casa abierta, donde reina el amor mutuo.

El miedo, que atenazaba a los apóstoles, se transforma en testimonio y valentía, siendo la forma de vida de los primeros cristianos admiración social.

La exigencia de ver y de palpar para creer, se vuelve confesión de fe, sin ver.

La piedra que desecharon los arquitectos, se ha convertido en piedra angular.

El Cristo muerto, crucificado, se aparece vivo y glorioso con las heridas de su pasión transfiguradas, testimonio de la misma identidad.

El escepticismo desesperanzado se trueca en proclamación y reconocimiento de Jesús como Dios y Señor.

La tristeza se convierte en gozo compartido.

Los que permanecían encerrados en su dolor y nostalgia fueron enviados por Cristo de la misma manera Él mismo lo fue por Dios Padre.

La experiencia de pecado no es irremediable, el don de la divina misericordia puede más.

Hoy podemos agradecer el don del bautismo, el don de la misericordia, el don de la pertenencia a la comunidad eclesial.

Hoy podemos sentir la llamada al testimonio cristiano por excelencia: el amor, en su dimensión teologal, cumpliendo la voluntad de Dios y en la convivencia, a la manera de los primeros cristianos.
Ecclesia

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