
“Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo. Mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.
Hay veces en que la sed -de vida- es cotidiana.
Una apetencia normal, que se atiende naturalmente, casi con rutina.
Pero otras veces es atroz.
Y no encuentro respuesta ni nada que la colme.
Entonces me siento peregrino en el desierto.
Me pesan los silencios, y anhelo amor.
Me vencen las heridas,
y quiero humanidad.
Me asusta la soledad,
y espero encuentro.
Me agobia el vacío,
y ambiciono sentido.
Me atrapa el vértigo de la actividad incesante,
y añoro un poco de paz.
Me abruma el mundo,
y ansío hogar.
Me asalta Tu distancia,
y llamo: “¡Dios!”.
Jesuitas de Castilla
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