Sunday, December 28, 2014

Dime una Palabra por Luis Fernando Crespo SM. Sagrada familia


28 de diciembre
La sagrada Familia

Lc 2, 22-40 Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño

Gracia, compartida, morada del espíritu, cumplimiento de la ley, marchar en paz, ojos que ven al salvador en lo cotidiano, luz que alumbra a las naciones, gloria del pueblo por las calles…en tu familia, Señor, admiración, asombro, agradecimiento. Dame el contemplar, en silencio, el caudal de tu amor.

Luis Fernando Crespo SM
Dime una Palabra

DEL VIOLETA AL VERDE por Vicente Martínez



El amor jamás reclama; da siempre. El amor tolera, jamás se irrita, nunca se venga (Indira Gandhi)
28 de diciembre. Fiesta de La Sagrada familia
Mt 2, 13-15. 19-23.
-Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel, pues han muerto los que tentaban contra la vida del niño
La Sagrada Familia. ¿Por qué con mayúsculas? Un hombre, una mujer, un hijo: Lo más normal en la vida matrimonial ordinaria. Como  símbolo, la Trinidad del Cielo aquí en la Tierra. Arriba, la metáfora y el mito. Abajo, la realidad significada. Un trío entreverado de amor.
El psicólogo Robert Plutchick lo enumera en su clásica Rueda de las emociones, entre las más básicas y más necesarias a todos los seres humanos, para la preservación y evolución de la especie.
El amor es como las ondas que produce una piedra arrojada a un estanque: recorren  la piel del agua en todas direcciones. "La familia unida, fértil e indisoluble, ha dicho el Papa a la Eurocámara en su discuro del 25 de noviembre, trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales".
Pablo insiste en los deberes familiares y sociales en Col 3, 12-21, orientando sus consejos en dirección del amor del padre a la esposa y los hijos. El Eclesiástico, de los hijos a los padres.
El teólogo  Lloyd Geering dice que "la tierra entera deberá ser re-santificada a nuestra vista: el color sagrado debe cambiar del violeta celestial al verde terrenal". Un barnizado a muñequilla que exige esfuerzo y maestría en cambios tan vitales hoy como el concepto del amor y la familia. Nada de violetas celestiales que nos dejan perdidos en las nubes, y mucho de verdes terrenales que nos hacen pisar suelo.
Una familia y un amor que siente bien anclado su centro; que lo suyo no es desparramarse cada primavera por mor de que la sangre altera, sino crecer y desarrollarse en sabiduría y gracia, como sugiere Lucas en 2, 52. Crecimiento y desarrollo que se abre como las ondas del estanque para colaborar en el crecimiento y desarrollo de todo cuanto tropieza con él en su camino.
Nada de modelos lanzados desde el púlpito en fuegos de arificio que confunden, ni los del "todo vale" predicados por los Medios de comunicación de masas en el mundo moderno. Jesús, José y María se irían de la sinagoga, sin duda, y se apresurarían a apagar el televisor de su sala de estar y, sobre todo, el de su adentro.
"Que todo sea extinguido menos el amor", propone el protagonista de Un ballo in maschera de Verdi. Mozart lo ensalza en La flauta mágica, escena 2ª del Acto I, en este dúo de Pamina y Papageno:
Él da sabor a nuestros días,
actúa en el ciclo de la Naturaleza.

JESÚS
Jesús no vino del mundo de «los cielos».Vino del propio fondo de las almas;de donde anida el yo: de las regionesinternas del Espíritu.
¿Por qué buscarle encima de las nubes?Las nubes no son el trono de los dioses.¿Por qué buscarle en los candentes astros?Llamas son como el sol que nos alumbra,orbes, de gases inflamados... Llamasnomás. ¿Por qué buscarle en los planetas?Globos son como el nuestro, iluminadospor una estrella en cuyo torno giran.
Jesús vino de dondevienen los pensamientos más profundosy el más remoto instinto.No descendió: emergió del océanosin fin del subconsciente;volvió a él, y ahí está, sereno y puro.Era y es un eón. El que se adentraosado en el abismosin playas de sí mismo,con la luz del amor, ese le encuentra.
Amado Nervo

Vicente Martínez
Fe Adulta

Saturday, December 27, 2014

Casarse y divorciarse ante la Iglesia por Juan Masiá Clavel S.J.




Doctrina y tradición deben evolucionar en en favor de la dignidad de las personas


La Iglesia da fe de la gracia divina para que el símbolo sacramental arraigue y fructifique
La “comunidad de vida y amor” requiere tiempo y a veces no se logra
En el reciente sínodo de obispos contrastaban dos posturas: unos, en nombre de la indisolubilidad matrimonial, negaban el “acceso a los sacramentos a personas divorciadas y casadas de nuevo civilmente”; otros, apostaban por “acogerlas pastoralmente, pero sin cuestionar la indisolubilidad”. El consenso entre ambos parece pagarse no tocando la indisolubilidad. Otra alternativa minoritaria repiensa el sentido de la unión matrimonial, admitiendo evolución en la doctrina: la indisolubilidad no sería principio abstracto y punto de partida, sino meta de llegada del proyecto concreto de unión de los esposos. Esta propuesta integra lo existencial, lo jurídico y lo religioso, apoyando la promesa desde la conciencia, la legalidad y la fe.
Casarse es verbo intransitivo. Nadie “los casa”. Se casan los cónyuges, protagonistas del compromiso de amor para hacer de dos personas una. Formalizan su promesa ante la sociedad, ante la Iglesia, o ante ambas. El consentimiento mutuo tiene un aspecto personal, como promesa; una expresión legal, como contrato; y, en el ámbito religioso, un rostro sacramental, como símbolo de trascendencia en el amor.
La ética protege la promesa. El Derecho ampara el contrato. La Iglesia testifica la gracia del sacramento. La ética personal protege la promesa, interpelando desde la conciencia e impulsando con el amor para animar a su cumplimiento. El Derecho interviene para garantizar el contrato y proteger la seguridad jurídica de cónyuges y familia. La Iglesia da fe de la gracia divina para que el símbolo sacramental arraigue y fructifique.
En caso de fallo irreversible, tanto la ética como el Derecho y la Iglesia desempeñarían las respectivas funciones para confirmar el cese de la unión y la posibilidad de un comienzo nuevo tras un divorcio responsable. Si se exige responsabilidad en las uniones de hecho y en los matrimonios civiles o religiosos, también será necesaria en separaciones de hecho, y en los divorcios civiles o religiosos. Expresiones prudentemente cercanas a este último caso —aunque tímida y cuidadosamente diplomáticas en su expresión para evitar la persecución de los inquisidores— serían el camino de rehabilitación sugerido por el cardenal Kasper (El evangelio de la familia, 2014) antes de una posible bendición de segundas nupcias tras un divorcio.
Reconocer así un divorcio, a la vez civil y religioso, pondrá en guardia a teólogos y canonistas defensores de la indisolubilidad como doctrina tradicional de fe vinculante para la Iglesia. Pero doctrinas o tradiciones pueden y deben evolucionar en favor de la dignidad de las personas. Si san Pablo admitía una disolución “en favor de la fe”, ¿por qué no admitirla “en favor de la dignidad de los cónyuges”?
La boda es momento, pero el matrimonio es proceso. La unión indisoluble es la verificación vivida y convivida, que no siempre se logra, de una promesa personal, reconocible civilmente como contrato y religiosamente como símbolo sacramental. Una reflexión antropológica, como la filosofía de Ricoeur, iluminaría la cuádruple característica de la promesa esponsal: responsable, vulnerable, reconciliable y —en caso de fallo irreversible— rehabilitable.
La sociedad, que testimonia y protege civilmente la unión, formaliza el divorcio con seguridad jurídica para los cónyuges y familia. También la Iglesia, que acompaña desde la fe el camino de la pareja, debería acoger los procesos de reconciliación y sanación, así como los de rehabilitación y nuevo comienzo.
En los telefilmes, las cámaras cuidan el dramatismo del “sí, quiero”, sobre todo si el guion exige un “no” de la novia, con récords de audiencia por su espantada. Pero ni el “sí” de la pareja es un abracadabra productor del vínculo, ni el coito de una noche basta para dar el matrimonio por consumado. La consumación “de manera humana”, dice el Código Canónico (n. 1061), requiere toda una vida. En vez de usar la metáfora del yugo, más propia para bueyes que para personas, o la imagen del vínculo catenario que aprisiona, el Concilio Vaticano II(Gaudium et spes, n. 48) calificó al matrimonio como “comunidad de vida y amor”. “Serán una sola carne” (Génesis 2, 24) si se unen a lo largo de la vida. Tal comunión no se logra por mera declaración legal o fusión corporal, ni siquiera por bendición religiosa. Requiere tiempo y, a veces, no se logra, se vulnera o se deshace. Unas veces por causa de uno de los cónyuges, con o sin culpa; otras, por causa de ambos; o de ninguno, sino por circunstancias externas.
Si la ruptura es reparable, se buscará la recomposición posible del proceso de unión vulnerado. Si es irreversible, habrá que buscar recursos de sanación para ambas partes y apoyos rehabilitadores para rehacer el camino de la vida. No debería extrañar que, así como hay matrimonio civil y religioso, pueda haber también divorcio civil y religioso. Casarse y divorciarse responsablemente son comportamientos humanos, civil y religiosamente confirmables; son atestación de compromisos personales, afianzables y protegibles, tanto por la sociedad civil como por la comunidad creyente.
Juan Masiá Clavel es jesuita, profesor de Bioética de la Universidad católica Sophia, de Tokio.
El País

Friday, December 26, 2014

¿Rehabilitará Francisco a Hans Küng? por Manuel Fraijó


"Quedo a su disposición", reza una de las cartas escritas por el Papa al teólogo


"A Küng no le obsesiona su rehabilitación; esa beneficiaría más a la Iglesia católica que a él"


(Manuel Fraijó).- Hacía bastante tiempo que no subía la empinada cuesta que, en la hermosa ciudad universitaria de Tubinga, conduce a la casa de Hans Küng. Hace unas semanas pude volver a hacerlo, reconozco que con bastante emoción. Se me acumulaban los recuerdos.
Había conocido al maestro en todo su esplendor, allá por 1970. En mi retina siguen grabadas sus magníficas clases, sus seminarios, su cercanía humana, su apertura ecuménica, su acendrada fe, su pasión por una Iglesia humilde, dialogante, ecuménica, fiel al mensaje de Jesús, atenta a las necesidades del mundo y siempre dispuesta a reformarse. A sus alumnos nos impactaba, sobre todo, su apasionante recreación de la figura de Jesús de Nazaret; probablemente es uno de los teólogos del siglo XX que mejor ha hablado de él. Su libro Ser Cristiano, de 1974, consagrado casi en su integridad a la persona de Jesús, se ha hecho acreedor a un prolongado agradecimiento. Una y otra vez ha vuelto Küng a hablar bien de Jesús, la última en su libro Jesús (Trotta 2014).
Ahora, mientras enfilaba aquella cuesta, esta vez en la grata compañía de su editor español, Alejandro Sierra, y de su mujer,Christiane -le iban a hacer entrega de los primeros ejemplares del tercer volumen de sus memorias, Humanidad vivida-, pensaba en el título del libro de Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión.
Yo recordaba al Küng resistente, al teólogo joven y vigoroso, viajero incansable, lleno de energías y proyectos; pero era consciente de que unos minutos después me iba a encontrar ante un Küng familiarizado ya con la sumisión a la que obligan las enfermedades y los años. Tiene 86. Había leído el impresionante capítulo XII de la Humanidad vivida, titulado En el atardecer de la vida, un conmovedor relato de sus males de ahora y de sus esperanzas de siempre; un relato que emocionará a todo el que se entregue a su lectura.
Además, estaba informado de que, a finales del mes de junio, su avanzado párkinson le mostró su cara más siniestra: a punto estuvo de forzar el final, de provocar la última sumisión. Pero el párkinson tal vez no había contado con la fuerza y las energías acumuladas de este empedernido deportista, atleta, senderista, nadador y esquiador; en definitiva, no había contado con el Küng resistente.
Fue un encuentro de los que nunca se olvidan. Ante nosotros teníamos al Küng de siempre: sonriente, cordial, ameno. Las huellas de la enfermedad eran perceptibles, pero continuaba siendo el "hombre erguido" que evocaba E. Bloch. Le encantó la edición española de sus Memorias. Y, con notable satisfacción, nos comunicó que la editorialHerder está publicando sus Obras Completas en 24 volúmenes. Con sonrisa pícara añadió: "Esto es efecto del papa Francisco". Se refería al hecho insólito de que una editorial católica publique sus obras.
Y, con gran satisfacción, desplegó sobre la mesa dos cartas del Papa, cuidadosamente archivadas, una de las cuales incluye en este volumen de sus memorias. Es notable su entusiasmo por la figura del actual papa. Le encuentra grandessemejanzas con su admirado Juan XXIII; reconoce que está llevando a cabo reformas necesarias, largamente esperadas y tenazmente defendidas por él y por otros muchos teólogos.
Calladamente yo me preguntaba si esas reformas incluirán su rehabilitación. Es sabido que, hace más de 30 años, Juan Pablo II le privó de su condición de teólogo católico. ¿Cogerá el papa Francisco un día el teléfono -está demostrando que sabe hacerlo- y llamará a Küng para decirle que queda rehabilitado, que la Iglesia no puede permitir que muera como teólogo no católico uno de los teólogos de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI que más han contribuido a la difusión y profundización del catolicismo en el ancho mundo?
Pensaba en esta posibilidad al contemplar una y otra vez aquella interminable estantería que contiene sus más de 60 libros, algunos de ellos muy voluminosos, traducidos a múltiples idiomas. Una estantería que ha proyectado mucha luz sobre los grandes temas de la vida humana: Dios, Jesús, la Iglesia, las religiones del mundo, el sentido de la vida, la ética, el más allá, el origen de la realidad, la deseada paz, la política y la economía, la música, y un abultado etcétera. Me venían a la mente los elogios que otro grande de la teología, K. Barth, le dedicó cuando solo era una joven promesa: "Le tengo a usted por un israelita en quien no hay engaño"; y terminaba deseando al joven doctor que viniera sobre él el Espíritu.
Se tiene la impresión de que el Espíritu no se ha portado nada mal con Küng. También me quedé con una frase, muy breve, de una de las cartas del papa Francisco: "Quedo a su disposición". Küng no le va a pedir nada para él, pero los demás podemos, desde el respeto y la admiración que sentimos por el papa Francisco, rogarle que no eche en saco roto el caso Küng, que le haga un hueco en su agenda de reformas. Sabemos que no es un asunto fácil, pero Francisco se está especializando en temas arduos.
Digamos, finalmente, que, a estas alturas de la película, a Küng no le obsesiona su rehabilitación eclesiástica; esa beneficiará más a la Iglesia católica que a él. Está mucho más pendiente de la otra rehabilitación, de la que acontece cuando cae el telón de esta vida. En el citado capítulo 12 de la Humanidad vivida ofrece un vivo recuento de los numerosos "achaques" que hacen difícil su día a día. La muerte no es ya una amenaza lejana, sino un visitante que ya no se hará esperar demasiado: "Estoy a la espera", preparado para "despedirme en cualquier momento". De hecho, nos encontramos en el despacho en el que le gustaría morir, en el que ha trabajado desde que en 1960 llegó a Tubinga. Y en Tubinga desea ser enterrado. Ya ha comprado la que será su tumba. Reposará junto a sus entrañables amigos Walter Jens y su esposa Inge. Será su último homenaje a la amistad, su postrer intento de cercanía.
Su epitafio será sencillo y breve: "Profesor Hans Küng". Desea ser recordado por su "oficio": profesor. "No he sido un profeta, sino un profesor". Un profesor que, en aquella tarde fría y lluviosa de Tubinga, transmitía paz, sosiego, serenidad. El teólogo de las muchas batallas se acerca al final con la serena certeza del trabajo bien hecho, del deber cumplido. "Mi obra está concluida".
Ha escrito muchos libros, pero, como nuestro Unamuno, no se conforma con la inmortalidad que otorga la obra realizada, desea seguir viviendo él y no solo sus libros. Su fe cristiana le permite esperar un nuevo comienzo, otra vida más allá de la muerte. No desea el final, pero lo acepta con la confianza del viajero que sabe que no peregrina hacia ninguna parte. No es "la nada" nuestra última morada, escribe una y otra vez, sino el Misterio, al que algunas religiones, entre ellas el cristianismo, llaman Dios.
Eso sí: Küng desearía un final benigno, una buena muerte. Le gustaría morir como ha vivido: digna y humanamente. No querría sufrir la terrible y lenta agonía que en 1954 sufrió su joven hermano Georg, víctima de un tumor cerebral; tampoco desearía verse sumido en la demencia padecida por su amigo Walter Jens durante 10 años; y no le encuentra ningún sentido a una vida puramente vegetativa como la sufrida durante demasiados años por Ariel Sharon.
Como creyente cristiano sabe que la vida es un don de Dios. En su último libro, Glücklich sterben (Una muerte feliz), al que seguirá otro sobre los siete papas que ha conocido, rechaza expresamente el suicidio. No quisiera devolver su vida al Creador con ira y desesperación. Pero pide ayuda para un buen morir. Rechaza la alimentación artificial y la respiración asistida como formas de prolongar la vida. Y se pregunta si el acto de desconectar esas máquinas, lo que llamamos eutanasia pasiva, no es "tan activo" como el de suministrar una elevada dosis de morfina que causa igualmente la muerte, es decir, la eutanasia activa. Preguntas y más preguntas. Küng se ha pasado la vida practicando la teología de la pregunta.
Caía ya la tarde cuando me despedí, con más emoción que nunca, del maestro y del amigo. ¿Nos volveremos a ver? En Tubinga seguía lloviendo, como casi siempre por estas fechas.
Publicado en El País
RD

LA ESPERANZA por NATHAN STONE S.J.


El espíritu del Señor está sobre mí… Me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los prisioneros, un año de gracia del Señor. Isaías 61: 1-2.
Supongamos que yo no tengo trabajo y vivo a la deriva, comiendo lo que encuentre y durmiendo donde pueda. No tengo familia, nadie me quiere, y mi existencia pasa prácticamente desapercibida. Pienso que si Dios mismo no me ama. No tengo para qué hacer ningún esfuerzo.
Si yo soy alcohólico o drogadicto, tomando conciencia de que esta enfermedad es de por vida, o si pienso que ni Dios se preocupa por mí, no tengo motivo alguno por superar mi adicción. Imaginémonos encarcelados, justa o injustamente. Tengo para varios años aquí adentro, y cuando salga viviré eternamente estigmatizado por mi tiempo en prisión. Es como condena perpetua, aun cuando la sentencia formal se acabe. Si el Señor no me cuida las espaldas, ¿para qué rehabilitarme?
Acuérdate de aquella vez cuando la vida te decepcionó. Con el corazón quebrantado, creías que ya nada tenía sentido. Ahora trae a la mente las multitudes que se acuestan con hambre en la noche, a quienes la vida sólo ofrece enfermedad, lucha, guerra o destierro. Sin Dios, su vida es basura. Sin amor, no existe la dignidad, ni el valor, ni la esperanza.
Pero esperanza hay y no dejará de haber. Es porque al amor de Dios no se acaba nunca, para nadie. Su ternura es universal. No excluye a ninguno. Su apoyo es incondicional. No te abandona para siempre, aunque a veces se sienta que ha escondido su rostro.
Hay quienes creen que el amor de Dios es selectivo, que el Todopoderoso tiene favoritos en quienes abunda su gracia, y que los demás tenemos que conformarnos con lo que hay. Si es así, para la mayoría, no hay buena noticia, ni esperanza. Hay otros que piensan que la salvación es una oportunidad única; que si la pierdes, no habrá otra. Si ya se te pasó, no vale la pena continuar. Come y bebe ahora, porque mañana morirás. El adviento advierte otra cosa.
No hay nada que puedes hacer para que Dios te ame, porque ya te ama. No es por cómo eres tú. No es porque te lo mereces. Es por como es él. Es más, no hay nada que puedes hacer para que te deje de amar, porque jamás lo hará. Eterna es su misericordia, e infinita su fidelidad. No son palabras vacías, y yo entiendo que cuesta asumirlo, pero es así.
Y porque es así, porque Dios ama, hay esperanza. Porque su compasión es universal, el pobre sale a buscar trabajo. Porque su misericordia no tiene límites, el adicto sueña con nueva vida. Porque su amor no se acaba, el encarcelado espera el día de su liberación. Porque su respaldo es infinito, el enfermo encuentra motivos por seguir viviendo.
Esa es la buena noticia. Dios ama, y por eso hay esperanza en esta vida. Se sientes que él está ausente, abre tus ojos. Ya se te acerca. Pronto, lo verás.
Nathan Stone S.J.
Territorio Abierto

Infelices fiestas para los sin papeles en Gabón por José Carlos Rodríguez



Hablaba mi compañero de blog en nuestro post anterior de lo que califica como “el lado más oscuro de la Navidad” en Uganda, el país donde él trabaja: ladronzuelos que aprovechan para hacerse con el dinero ajeno ante la proximidad de las fiestas, policías que buscan sobornos con la misma finalidad y un transporte público que sube de precio de forma abusiva y que pone en peligro la vida de los usuarios…
Cosas parecidas se podrían decir de laproximidad de la Navidad en Libreville, la capital de Gabón, donde vivo desde abril de este año. Quizás aquí el lado más enojoso de estos días sea la multiplicación de los controles de los inmigrantes “sin papeles” por parte de la Gendarmería. En el barrio donde vivo, se calcula que entre el 70 y el 80 por ciento de su población es extranjera: senegaleses, malienses, nigerianos, cameruneses, togoleses, benineses… que conducen taxis, realizan tareas de limpieza, hacen de albañiles, venden sus mercancías en kioskos o encima de una tela en plena calle ... en definitiva, que se ganan la vida realizando lo que suelen ser las tareas de inmigrantes en todos los países del mundo, es decir, los trabajos que los habitantes del país de acogida son más reticentes a realizar.
Muchos de ellos han entrado en Gabón de forma clandestina (sí, también aquí llegan pateras con africanos de otros países) y una vez en el país conseguir la tarjeta de residencia es difícil y –suponiendo que se reúnan todos los documentos necesarios- puede costar por lo menos 700.000 francos CFA, algo más de mil euros, cantidad que está al alcance de muy pocos. Así que la mayor parte de ellos viven en el país durante muchos años sin documentos de residencia y para ellos la llegada de la Navidad o de cualquier otra fiesta como la Pascua, la Independencia del país o una festividad musulmana supone la supina molestia de un aumento repentino de controles.
Los grupitos de gendarmes suelen aparecer sin previo aviso hacia las siete de la mañana, cuando la mayor parte de la gente acude al trabajo, y desde las seis de la tarde, cuando vuelven a sus casas o aprovechan para ir a hacer las compras del día al mercado. El taxista sin los papeles en orden, cuando avista a los uniformados, da media vuelta en la calle a toda velocidad con una maniobra digna de una película de James Bond y busca alguna callejuela para perderse sin ser cazado. La mamá que vuelve de echarle horas en las casas donde barre, cocina y plancha por cien euros al mes, se echa a un lado e intenta perderse entre la multitud para no pasar por el control. Peor lo tienen los que van en alguno de los abarrotados “taxi-buses” a los que algún gendarme echa el alto para pedir la documentación a los pasajeros. Ahí sí que no hay escapatoria, o mejor dicho sí la hay: tras tragar la saliva y aguantar el rapapolvo del guripa que te amenaza con meterte en la cárcel en espera de expulsarte a tu país, el desafortunado inmigrante acabará por untar la mano que le amenaza con unos 10.000 francos, acción que casi siempre termina con una admonición a ponerse en regla por parte de quien le habla como si le perdonara la vida: “por esta vez se la paso, pero la próxima vez…”
Servidor de ustedes, que al ganarse la vida en Naciones Unidas está con los papeles en regla y tiene tarjeta diplomática, se ha visto más de una vez de frente a un gendarme que le mira con ojos incrédulos con mi pieza de identidad en la mano mientras estoy apretujado en la furgoneta-taxi de regreso del trabajo . “¿Y su coche?”, me suelen preguntar. “Es que le hacía falta a mi jefe hoy para ir a cenar fuera y se lo he tenido que ceder”, suelo responder a quien probablemente no me crea nunca si le digo que no tengo vehículo propio ni tampoco utilizo ninguno de mi oficina.
Bromas aparte, para un inmigrante extranjero que tiene que estar en su trabajo a las siete y media, encontrarse con estos controles le suele suponer que no tendrá más remedio que retrasar su llegada hasta que los gendarmes se hayan ido, generalmente con los bolsillos bien llenos, lo cual le supondrá tener problemas con su jefe. Además, desde hace algunos meses, los servicios de envío y recepción de dinero de agencias como Western Union ponen como condición obligatoria para que un extranjero pueda realizar cualquier transacción estar en posesión de visado válido o tarjeta de residencia. Lo que es curioso es que en los carteles que invitan a utilizar sus servicios dicen que basta con el pasaporte u otro documento válido de identidad, pero cuando uno se acerca a la ventanilla si no tiene los papeles en regla se encontrará con que no le dejan ni mandar ni recibir dinero.Cualquiera puede imaginarse lo que esto supone para personas que han trabajado hasta el agotamiento para que sus hijos en otro país africano puedan comer bien por Navidad o comprarse unos regalos y a los que se niega el derecho de enviar este dinero a sus familiares. Esto obliga a muchos inmigrantes a recurrir a conocidos para que puedan hacerlo en su lugar, con el inconveniente de no saber nunca si se podrán fiar de la persona a la que confían su dinero.
Cuando paso por las animadas calles de mi barrio en Libreville y veo la triste estampa de los gendarmes que echan la bronca al incauto inmigrante al que acaban de pillar sin papeles, pienso en que tal vez sería una estampa digna de la huida a Egipto de Jesús y sus padres. Y no puedo evitar una gran tristeza al pensar que la proximidad de la Navidad, para muchas personas aquí, no es ni de lejos una ocasión para vivir unos días con algo más de alegría.
José Carlos Rodríguez
En clave de África
RD

Otro mundo nace por José Arregui


“Hay otro mundo más cálido y fraterno, y mucho más real. Otro mundo se anuncia en las ruinas de este mundo. Otro mundo está naciendo cada día en este mundo entre dolores de parto, desde la lucha y la ternura.”
“Son lucecitas prendidas en los corazones y en los árboles. Es la verdadera Navidad.”
Ya lucen los adornos de Navidad en las calles y en las casas. El árbol y el Belén están preparados para recibir a Jesús, para hacerlo nacer. Cuando digo Jesús, no digo unos dogmas, sean los que fueren. Digo una vida y una esperanza que renuevan el mundo. Digo el nombre de lo que ya es en el fondo de todo, y la profecía de lo que será plenamente si hacemos que sea.
Hagamos que sea. No importa lo que creas, pero abre los ojos y lo más profundo de tu ser. Que tus ojos se alegren como los de un niño al ver las luces, el árbol y el Belén, y puedan mirarlo todo con la luz del corazón. Que tu corazón, a pesar de todo, siga latiendo en paz, en la Paz que todo lo crea y transforma.
No lo tenemos fácil, ciertamente. La enésima mujer ha sido asesinada por la violencia machista. Más de tres mil inmigrantes han perecido (¡asesinados!) en lo que va de año en aguas del Mediterráneo, y ni se sabe cuántos han sido “devueltos en caliente” para morir sin agua ni tierra. La enésima Cumbre del clima ha concluido sin afrontar la emergencia planetaria, limitándose a salvar la cara con un vaporoso acuerdo en tiempo de descuento. Luis Alberto González acaba de ser despedido de su instituto, porque el Obispado de Canarias le ha retirado la licencia para ser profesor de religión, por haber contraído matrimonio homosexual (no estaría mal que el papa Francisco intervenga para dejar bien claro lo que significa eso de “acoger con misericordia a los homosexuales”).
Sigo. Nos dicen que la crisis ha terminado, pero lo cierto es que los ricos son ahora mucho más ricos, mientras los pobres son mucho más pobres y mucho más numerosos, y por pura lógica deducimos que la crisis la inventaron los ricos, ya sabemos para qué. Las 85 personas más ricas del mundo aumentan su fortuna en un millón de dólares por minuto. Seis de cada diez jóvenes del Estado español planean emigrar en busca de futuro. Crean puestos de trabajo sin aumentar el sueldo total repartido. La corrupción invade el sistema político, que rinde culto a Mamón, y seguro que lo conocido hasta hoy no es más que el pico de un iceberg que tal vez nunca conoceremos pero que existe y nos hunde. Los poderes financieros nombran Gobiernos, rigen a los partidos políticos, controlan a los medios de comunicación, y a eso lo llaman democracia y libertad. Los Estados Unidos y Europa negocian a nuestras espaldas un tratado (TTIP) para que las grandes empresas sigan gobernando a los Estados a su antojo.
Y muchas más cosas. Baja el precio del petróleo, no porque sí, sino para hundir a Rusia, Brasil, Venezuela o Irán, peligrosos rivales del sistema dominante. Los poderosos apelan a los derechos humanos cuando les conviene, y torturan y matan sin escrúpulo cada vez que les interesa y pueden (mírese a Guantánamo, mírese al Medio Oriente, mírese a África, “pecado del Occidente”). El ébola ya no interesa, porque ya no hay blancos contaminados. Y mientras todo esto ocurre, nos distraen con las travesuras (o vaya Ud. a saber qué) del pequeño Nicolás… He ahí nuestro mundo.
Pero no. Hay otro mundo más cálido y fraterno, y mucho más real. Otro mundo se anuncia en las ruinas de este mundo. Otro mundo está naciendo cada día en este mundo entre dolores de parto, desde la lucha y la ternura. Un abuelo me lo acaba de contar, lleno de ilusión: hace unos días, en un Hospital de Madrid, le nació un nieto rechonchete, adorable, un “regalo de Dios” que tiene a toda la familia “loca de contenta”; tiene síndrome de Down.
Acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz Malala Yousafzai, joven paquistaní de 17 años, que fue tiroteada por extremistas talibanes a causa de su militancia en favor de la educación de las niñas en su torturado país. Innumerables movimientos sociales levantan la voz y las manos por ese otro mundo en este mundo, donde todos los seres seamos más libres y hermanos, y más felices con menos.
Son lucecitas prendidas en los corazones y en los árboles. Es la verdadera Navidad. Es el mundo que Jesús veía llegar, un Adviento imparable. Es el mundo que esperó, es decir, que imaginó e hizo nacer de la cuna a la cruz, de la cruz a la cuna y a la pascua. Nosotros también podemos. Si sabemos mirar esas luces con ojos de niño, si nos dejamos alegrar con corazón de niño, entonces también nosotros podremos. Y aunque perdamos ganaremos, como Jesús, María y José.
Eukleria

Thursday, December 25, 2014

Al final ¿dónde y cuándo nació Jesús? por Juan Arias


La Navidad es una bella y tierna leyenda ya que Jesús no nació ni el 24 de diciembre, ni en Belén, ni en un pesebre


La Iglesia bautizó como cristiana la gran festividad pagana de los romanos

Jesús estuvo casado sin duda con la Magdalena que no era, como sostuvo durante siglos la Iglesia, una prostituta o endemoniada

Cada año, al acercarse la Navidad hay siempre quien me pregunta, recordando mis estudios bíblicos: “¿Donde nació de verdad Jesús?” ¿Es verdad que no nació en Belén sino en la minúscula aldea de Nazaret, en la región de Galilea?
¿Es cierto que no nació el 24 de diciembre? ¿Se sabe lo que hizo hasta aparecer en público con 30 años? ¿Estaba casado? ¿Tuvo hijos? ¿Por qué lo mataron? ¿Por revolucionario político o por desafiar el poder del Templo judío?
La Navidad tal y como la viven los cristianos, católicos, protestantes o evangélicos es hoy más bien una leyenda según los expertos en estudios bíblicos. Una bella y tierna leyenda creada, para que se cumplieran las profecías según las cuales el Mesías debería ser de la estirpe de David que había nacido en Belén.
En realidad Jesús y toda su familia eran de Nazaret. Todos judíos. La leyenda del nacimiento de Jesús cuenta que, nació en invierno, en un pesebre, entre animales que le ofrecían calor, adorado por tres reyes de Oriente que le llevaron de regalo oro, incienso y mirra.
Junto con la de su nacimiento en Belén nació también la leyenda de la huida a Egipto porque el rey Herodes quería matar al niño. Como no consiguió encontrarlo, habría mandado matar a todos los niños menores de dos años. Una historia preñada de simbolismos que acaba gustando a pequeños y grandes.
La leyenda del nacimiento de Jesús es silenciada por dos de los cuatro evangelios canónicos: el de Marcos, considerado el más antiguo, y el de Juan. Ellos inician el relato de la vida de Jesús cuando era ya adulto. Dan por hecho que Jesús y toda su familia eran oriundos de la aldea de Nazaret tan pequeña que no aparece en los mapas de aquel tiempo. Tan rural, que en ella se hablaba un dialecto del arameo, la lengua oficial. El hebreo se había convertido en una lengua de culto. Tan insignificante en aquel tiempo que los fariseos, ante la fama que iba ganando el profeta, se preguntaban “si en Nazaret podía nacer algo bueno”.
El judío Jesús que daría origen al futuro cristianismo nació sin cantos de ángeles, sin magos llegados del Oriente para adorarlo, sin pesebre y sin ser perseguido por Herodes. No nació el 24 de diciembre, por el simple hecho de que en ninguno de los textos evangélicos se habla de esa fecha. Fue escogida por la Iglesia más tarde porque los cristianos querían celebrar la festividad de su nacimiento.
Se decidió que fuera el 24 de diciembre porque era la gran fiesta de Roma, la fiesta al dios Sol. La Iglesia bautizó como cristiana la gran festividad pagana de los romanos.
Otro de los argumentos de los biblistas para defender que Jesús nació en Nazaret se refiere al hecho de que a los judíos se les designaba o por el nombre del padre o por el del lugar del nacimiento. Jesús debería haberse llamado o Jesús de José o Jesús de Belén, algo que no aparece en ningún texto evangélico. En ellos, en todos, se le llama siempre Jesús de Nazaret.
Una cosa es cierta: nadie sabe lo que Jesús hizo hasta los 30 años que es cuando aparece en público. Se ha querido defender últimamente que Jesús era analfabeto. Nada más falso. Si acaso, el misterio radica en saber como sabía tanto tras haber vivido hasta entonces encerrado en el pequeño pueblo de Galilea trabajando como carpintero o peón de albañil.
En efecto, a los 30 años Jesús se muestra capaz de discutir con los doctores de la ley, conocía los textos sagrados del judaísmo, varias culturas como la griega o la de los gnósticos y otras religiones como el budismo.
Jesús era culto y hasta intelectuales como Nicodemo iban a encontrarse con él de noche, a escondidas, para discutir temas filosóficos como el de la metamorfosis indispensable para poder dar un salto cuántico del frío culto a la ley a la libertad de espíritu del nuevo Reino por él anunciado.
Nacen así las hipótesis de que en vez de haberse quedado en Nazaret hubiese podido viajar a Egipto y hasta a la India durante su juventud. Conocía bien la cultura griega. Cuando los apóstoles le presentan un grupo de griegos que querían conocerle, usa con ellos de una fina ironía. A sabiendas de que para ellos la belleza corporal era fundamental y criterio de poder, Jesús les cuenta la parábola de la simiente, la cual si no se pudre en la tierra y no se la cubre de estiércol, no nacerá ni dará frutos. Lo opuesto a los puros criterios de la estética de la belleza griega.
¿Qué si Jesús estaba casado? Pocos teólogos y expertos en cuestiones bíblicas tanto católicos como protestantes lo ponen hoy en duda. Era práctica inconcebible para un judío de su tiempo no tener familia y descendencia ya que el judaísmo se transmite de madre a hijo.
Tan fuerte era ese motivo que en la Biblia a los patriarcas cuyas esposas eran estériles, Dios les pedía que se acostasen con una de las esclavas para darles descendencia. Fue el caso, por ejemplo, de Abraham casado con Sara que no podía procrear.
¿Con quién estaba casado? Sin duda con la Magdalena, que no era, como sostuvo durante siglos la Iglesia, una prostituta o endemoniada. Con mucha probabilidad era una conocedora de la doctrina gnóstica, como aparece en algunos evangelios de aquella secta. A ella confiaba sus mayores secretos, algo que despertaba los celos de Pedro: “¿Por qué a ella y no a nosotros?”, se pregunta en uno de los evangelios gnósticos.
De no haber sido su mujer no hubiese sido a ella a quien se le apareció el día de la resurrección, antes aún que a su madre. Pedro se quedó perplejo preguntándose por qué no se les había aparecido a ellos, sus discípulos, ya que además las mujeres no contaban nada, ni eran creíbles en aquel tiempo. Ni siquiera como testigo ante un juez.
Fue siempre ese hecho el gran quebradero de cabeza de Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia, que se murió sin entender por qué Jesús no se apareció antes que a nadie a Pedro, que era el jefe del grupo de apóstoles y lo hizo a una mujer.
¿Entonces, si no nació en Belén ni el 24 de diciembre vale la pena celebrar la Navidad? Sí, porque esa leyenda lleva en su entraña la añoranza del ser humano de pararse una vez al año para celebrar la vida, para apostar por la paz, un paréntesis para el perdón y la aceptación de los otros, sobretodo de los diferentes.
¿No fue por ser diferente, por no doblegarse al poder tirano e injusto, por predicar el perdón, bendecir a prostitutas y endemoniados y tocar a leprosos por lo que Pilatos mandó clavarlo aún joven en una cruz? Dónde y cuándo nació importa menos.
Mi amigo Jorge Perelló me escribe para felicitarme la Navidad, que dice “existe sólo para los rechazados”, y añade: “el resto es leyenda, historia y hasta superstición”.
Es cierto, pero en ese caso en la Navidad cabemos todos ya que de un modo u otro todos somos de algún modo rechazados por alguien, pobres de algo, solitarios, exiliados, a veces de nosotros mismos y a la vez buscadores de esa paz que el mundo rechaza porque es más fácil matar o mandar matar, que amar y perdonar.
Por eso, a pesar de todo,
¡Feliz Navidad!
Juan Arias
El País

LEONARDO BOFF: Navidad: fiesta de la humanidad de Dios y de la comensalidad



 La Navidad está llena de significados. Uno de ellos ha sido secuestrado por la cultura del consumo que, en vez del Niño Jesús, prefiere la figura del vejete bonachón, Papá Noel, porque es más llamativo para los negocios. El Niño Jesús, por el contrario, habla del niño interior que llevamos siempre dentro de nosotros, que siente necesidad de ser cuidado y que, una vez que ha crecido, tiene el impulso de cuidar. Es ese pedazo de paraíso que no se ha perdido totalmente, hecho de inocencia, de espontaneidad, de encanto, de juego y de convivencia con los otros sin ninguna discriminación.

Para los cristianos es la celebración de la “proximidad y de la humanidad” de nuestro Dios, como se dice en la epístola a Tito (3,4). Dios se dejó apasionar tanto por el ser humano que quiso ser uno de ellos. Como dice bellamente Fernando Pessoa en su poema sobre la Navidad: «Él es el eterno Niño, el Dios que faltaba; el divino que sonríe y que juega; el niño tan humano que es divino».

Ahora tenemos un Dios niño y no un Dios juez severo de nuestros actos y de la historia humana. Qué alegría interior sentimos cuando pensamos que seremos juzgados por un Dios niño. Más que condenarnos, quiere convivir y entretenerse con nosotros eternamente.

Su nacimiento provocó una conmoción cósmica. Un texto de la liturgia cristiana dice de forma simbólica: «Entonces las hojas que parloteaban, callaron como muertas; el viento que susurraba, quedó parado en el aire; el gallo que cantaba se calló en medio de su canto; las aguas del riachuelo que corrían, se estancaron; las ovejas que pastaban, quedaron inmóviles; el pastor que erguía su cayado quedó como petrificado; entonces, en ese preciso momento, todo se paró, todo se silenció, todo se suspendió: nacía Jesús, el Salvador de las gentes y del universo».

La Navidad es una fiesta de luz, de fraternidad universal, fiesta de la familia reunida alrededor de una mesa. Más que comer, se comulga con la vida de unos y otros, con la generosidad de los frutos de nuestra Madre Tierra y del arte culinario del trabajo humano.

Por un momento olvidamos los quehaceres cotidianos, el peso de nuestra existencia trabajosa, las tensiones entre familiares y amigos y nos hermanamos en alegre comensalidad. Comensalidad significa comer juntos reunidos en la misma mesa como se hacía antes: toda la familia se sentaba a la mesa, conversaban, comían y bebían, padres, hijos e hijas.

La comensalidad es tan central que está ligada a la aparición del ser humano en cuanto humano. Hace siete millones de años comenzó la separación lenta y progresiva entre los simios superiores y los humanos, a partir de un antepasado común. La singularidad del ser humano, a diferencia de los animales, es la de reunir los alimentos, distribuirlos entre todos comenzando por los más pequeños y los mayores, y después los demás.

La comensalidad supone la cooperación y la solidaridad de unos con otros. Fue ella la que propició el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que fue verdad ayer, sigue siendo verdad hoy. Por eso nos duele tanto saber que millones y millones de personas no tienen nada para repartir y pasan hambre.

El 11 de septiembre de 2001 sucedió la conocida atrocidad de los aviones que se lanzaron sobre las Torres Gemelas. En ese acto murieron cerca de tres mil personas.

Exactamente en ese mismo día morían 16.400 niños y niñas con menos de cinco años de vida; morían de hambre y de desnutrición. Al día siguiente y durante todo el año doce millones de niños fueron víctimas del hambre. Y nadie quedó horrorizado ni se horroriza delante de esta catástrofe humana.

En esta Navidad de alegría y de fraternidad no podemos olvidar a esos que Jesús llamó “mis hermanos y hermanas menores” (Mt 25, 40) que no pueden recibir regalos ni comer alguna cosa. Pero no obstante este abatimiento, celebremos y cantemos, cantemos y alegrémonos porque nunca más estaremos solos. El Niño se llama Jesús, el Emanuel que quiere decir: “Dios con nosotros”. Viene bien a la ocasión este pequeño verso que nos hace pensar sobre nuestra comprensión de Dios, revelada en Navidad:

Todo niño quiere ser hombre.
Todo hombre quiere ser rey.
Todo rey quiere ser ‘dios’.
Solo Dios quiso ser niño.
Feliz Fiesta de Navidad del año de gracia de 2014.

Leonardo Boff
Koinonia 

La Buena Noticia de hoy


Iglesia de a pie

Las mejores imágenes de la Navidad




(-SÓLO VÍDEO-) El Nacimiento es uno de los acontecimientos más representados en la Historia del arte. Desde El Greco hasta Murillo pasando por Rubens, muchos han intentado retratar la ternura de la mirada de la Virgen o la entereza de San José.

Así es la tarjeta de felicitación de Navidad del Papa Francisco este año



"Mis ojos han visto tu salvación", se lee en la felicitación firmada por Franciscus


“Viderunt oculi mei salutare tuum”. "Mis ojos han visto tu salvación" es la frase que se lee al abrir la tarjeta de Navidad 2014 del Papa Francisco. Se trata de un verso del Cántico de Simeón, tomado del Evangelio de Lucas.

La ilustración escogida por el pontífice es un grabado en madera de Victor Delhez ( 1902-1985 ), un profesor de Bélgica que vivió en Argentina. 

Gianni Cardinale describe en el periódico católico italiano Avvenire la tarjeta de Navidad que este año enviará el Papa Francisco a sus conocidos y colaboradores.  

Cardinale explica que la incisión, tal como el utilizado para las tarjetas de cartón del pasado saludo de Pascua, está tomada del libro - muy querido por el Papa Bergoglio- Los Cuatro Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo, publicado en 1956 en Buenos Aires por Guillermo Kraft. 

Aleteia

Así es la tarjeta de felicitación de Navidad del Papa Francisco este año



Esta es la tarjeta con la que el Papa felicita la Navidad a todos sus colaboradores y conocidos. Es un grabado en madera de Víctor Delhez, un artista belga del siglo XX que vivió en Argentina la mayor parte de su vida.

Se trata de un Nacimiento inusual en donde el buey y la mula aparecen delante de la Sagrada Familia y no detrás. 

San José acoge a los pastores que vienen a ofrecer sus regalos mientras la Virgen parece absorta contemplando al Niño. Lo más característico de los personajes es que sus facciones están muy marcadas por la pobreza. Delgados y descuidados, los pastores se presentan tal y como son ante el Niño-Dios que nace en este humilde pesebre.

En el reverso de la imagen está el escudo del Papa, su firma y la frase del Evangelio de San Lucas: "Mis ojos han visto tu salvación”.  

Uniones prematrimoniales bendecidas por Juan Masiá Clavel S.J.



(Cuestionario del Sínodo. Pregunta 27: “acompañamiento en la evolución hacia el sacramento del matrimonio”; pregunta 41: “elementos positivos en las convivencias de hecho”; pregunta 42: Crece el número de quienes después de haber vivido juntos durante largo tiempo piden la celebración del matrimonio en la Iglesia”; p.43_ “afrontar estas situaciones de forma constructiva”).
En la práctica pastoral comprobamos el resultado de acompañar a las parejas desde los primeros pasos de su convivencia de hecho hasta la formalización del matrimonio canónico, pasando por el rito prematrimonial de esponsales. Estas parejas, por ser creyentes, desean ver bendecida su unión, aunque las circunstancias (adquisición del piso, consolidación del empleo, situaciones familiares) aconsejen retrasar la formalización de su unión.
Vale para estos casos la misa de esponsales como promesa mutua de contraer matrimonio. En ella reciben la bendición sobre el comienzo del proceso de su unión, que culminará más tarde en la celebración de la boda canónica.
No se requieren trámites burocráticos, ni parroquiales, ni civiles. Es una bendición, como tantas otras en el ritual de bendiciones; o lo que se llama un “sacramental”, por ejemplo, agua bendita para santiguarse o una aspersión para bendecir una morada.
Sobre la cohabitación no debe entrometerse quien acompaña pastoralmente, respetando las decisiones en conciencia de los “cónyuges en camino hacia el matrimonio”.
Esta práctica pastoral presupone:
1) Una teología del matrimonio como proceso; distinguir entre una boda, que dura un momento, y la comunión de vida y amor, que dura años.
2) Una revisión de la moral sexual; más bien una moral de las relaciones (recíprocas, amorosas, justas, respetuosas), centrada en el reconocimiento y promesa mutua para unirse y crecer de modo auténticamente humano (unio consummatur modo humano: la unión se consuma de manera apropiada al ser humano).
Como ejemplo, el caso siguiente, vivido en el centro de atención pastoral a inmigrantes:
“Satoru y María (nombres ficticios de dos jóvenes creyentes: japonés y extranjera) se conocieron al asistir a celebraciones en el centro de acogida a inmigrantes. María es empleada del hogar y ahorra dinero para enviar a la familia en su país. Satoru es alumno de postgrado; para costearse sus estudios, hace horas como repartidor eventual; frecuenta además el voluntariado.
Tomando café con ambos después de la misa, me comentan que se han instalado en un estrecho apartamento de aquel barrio. “Asómese a verlo, padre, y de paso nos bendice la casa”, dice María. “Con gusto, le digo, pero bendecir solo la casa, sabe a poco. Mejor bendeciros a vosotros”. Se miran los dos sonrientes, y María me dice: “Para dentro de un año ya podrá ser la boda, pero ahora no estamos en condiciones”. “No me refiero a la boda, le contesto, sino al comienzo del camino hacia el matrimonio. Puesto que ya convivís, es natural como creyentes que sois, que queráis ver bendecida vuestra unión, con mucho mayor motivo que ver bendecida vuestra casa”.
“¿Y eso se puede hacer?”, pregunta Satoru. “Pues claro, si bendecimos el agua para el bautismo, y bendecimos el óleo para rezar con los enfermos, y bendecimos la cosecha en septiembre, y bendecimos a los animales de compañía, y bendecimos a los peregrinos al empezar su viaje... ¿qué nos impide bendecir el comienzo de la convivencia de una pareja que se quiere y que empieza a recorrer el camino hacia su matrimonio? Ya sabéis que la boda es un momento, pero el matrimonio es un camino. Ese camino de la unión matrimonial empieza antes de la boda, continúa después y dura mucho, confiamos en que dure toda la vida. Por eso me habréis oido decir en la homilía de la boda de vuestros amigos (y lo repetiré también en la vuestra cuando llegue el día) que Dios os bendice para que sigáis juntos “hasta que esa vida juntos os termine de unir” (que, dicho así, es mucho mejor que decir: “hasta que la muerte os separe”).
“Muy bien, padre, usted no pierde oportunidad para dar el sermón”, dice Satoru riendo. “Pues punto final al sermón y fijemos la fecha. ¿Cuando os viene bien?”. “El fin de semana próximo viene del pueblo la madre de Satoru. Podemos venir con ella a la iglesia”. “Mejor que vaya la igesia a vuestra casa, ¿no decíais que querías la bendición de la casa?”. “De acuerdo, así la madre cocinará alguna cosilla”.
Aquel domingo por la tarde nos reunimos los cuatro en el pequeño apartamento y, sentados en el suelo de esterilla japonesa de tatami, celebramos la eucaristía. En el ofertorio, María y Satoru se dieron el sí para empezar su camino prematrimonial. Después de la misa merendamos con el dulce casero de la madre y un vino de la tierra de María. No podía faltar la foto para enviarla a la familia lejana. Unas semanas después María me comentó la sorpresa de su familia: “¡Qué boda más extraña!, dijeron”. Tuvo que explicarles por carta que la boda sería más adelante. “No iba a darles todas esas explicaciones del padre Juan sobre el camino prematrimonial. Pero mi abuela parece que lo entendió, dice que en su tiempo a eso le llamaban la toma de dichos y el pedir la mano”.

En cambio, Satoru tuvo problema cuando se lo contó al cura de la otra parroquia del barrio, que dijo: “Eso no se puede hacer y tampoco se puede hacer lo que hacéis vosotros, que estáis ya viviendo juntos. Hay que esperar hasta después de la boda para acostarse”. Le tranquilicé a Satoru: “No te preocupes, lo que ocurre es que ese padre dio clase en el Seminario y todavía ahora que está jubilado sigue leyendo más el Derecho Canónico que el Evangelio de Jesús. Lo que Jesús quiere es que María y tú os queráis más y mejor. Para eso os bendijo al empezar vuestro camino...”
Juan Masiá Clavel S.J.
Convivencia de religiones
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