Wednesday, August 26, 2026

Fernando Ordóñez: “El poder tecnológico ya no se pone enfrente: se mete adentro”


 ¿Qué ocurre cuando el poder deja de estar frente a nosotros y comienza a instalarse dentro de nuestras decisiones cotidianas? Esta es una de las preguntas que Fernando Ordóñez, profesor de Filosofía y doctor en Letras de la Universidad de la República (Udelar), llevará al primer conversatorio del ciclo “Magnifica Humanitas: pensar el presente y el futuro desde la opción por los pobres y por la Tierra”, organizado por Amerindia.

 

El encuentro, previsto para el 28 de agosto, abordará el tema “El poder tecnológico, la inteligencia artificial y la Teología de la Liberación”, en diálogo con los desafíos planteados por la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV.

 

Para Ordóñez, el debate más allá de preguntarse qué pueden hacer las personas con la inteligencia artificial, debe interrogar también qué está haciendo la tecnología con las propias personas.

 

Poder que ya no necesita imponerse

 

Desde su perspectiva filosófica, Ordóñez considera que la irrupción de la inteligencia artificial está modificando la manera tradicional de comprender el poder. Si antes era posible identificarlo en figuras o instituciones concretas: “el patrón, el Estado, el que daba las órdenes”, ahora su funcionamiento puede ser mucho más silencioso.

 

Lo nuevo, y lo inquietante, es que el poder tecnológico ya no se pone enfrente: se mete adentro”, sostiene. A su juicio, la tecnología no necesita necesariamente ordenar o convencer, porque puede intervenir previamente en el campo de posibilidades desde el cual las personas toman sus decisiones.

 

La selección de noticias, las palabras que aparecen como sugerencias, las personas con las que se establece contacto e incluso determinados recuerdos pueden estar mediados por sistemas tecnológicos. Todo ello, sostiene, ocurre con tal sutileza que puede generar la sensación de que las decisiones continúan siendo completamente autónomas. “El poder tecnológico es el primer poder de la historia que no necesita convencerte ni obligarte, porque trabaja un piso más abajo, ahí donde se forman las ganas y las ideas”.

 

Por eso, propone cambiar la pregunta habitual sobre la tecnología. No basta con preguntarse qué hacer con una herramienta determinada. También es necesario interrogarse por sus efectos sobre quienes la utilizan: “¿Qué me está haciendo esta herramienta a mí mientras la uso?”.

 

Para Ordóñez, esta pregunta suele quedar relegada precisamente porque la tecnología ofrece comodidad. “La máquina es cómoda, y la comodidad es el mejor anestésico que se inventó jamás”, plantea.

 

Cuestionar lo que se presenta como inevitable

 

Frente a la expansión de la inteligencia artificial, el filósofo propone comenzar por poner en duda una palabra que suele aparecer asociada a los cambios tecnológicos: “inevitable”.

 

Aseveraciones como “esto ya es así”, “no se puede parar” o “es el futuro”, explica, pueden funcionar como argumentos para desactivar la capacidad crítica. “Nada de lo que hace la tecnología es inevitable; todo es una decisión que tomó alguien, en algún lado, por algún interés”, señala.

 

De ahí surge una primera pregunta: ¿quién decidió esto y a quién beneficia? Para Ordóñez, recuperar al sujeto detrás de los procesos tecnológicos permite volver visibles las relaciones de poder que pueden quedar ocultas detrás de expresiones aparentemente neutrales, como cuando se dice simplemente que “se recopilan datos”.

Una segunda pregunta tiene que ver con la libertad: ¿la tecnología hace a las personas más libres o solamente más cómodas? El profesor considera que ambas cosas no son equivalentes y que uno de los riesgos consiste precisamente en acostumbrarse a confundirlas. Pero existe una tercera pregunta que considera todavía más decisiva: ¿quién queda afuera?

 

La inteligencia artificial también tiene una geografía

 

La reflexión de Ordóñez incorpora una dimensión social y ambiental. El desarrollo de la inteligencia artificial, recuerda, requiere recursos materiales, energía, infraestructura y trabajo humano que muchas veces permanecen fuera del relato de innovación tecnológica.

 

Toda esta maravilla se sostiene sobre minas, sobre ríos evaporados, sobre gente del Sur que etiqueta datos por centavos para entrenar a la máquina que después la va a volver prescindible”, explica. Por eso, propone mirar a quienes no aparecen en la imagen del progreso tecnológico y cuestionar quiénes asumen sus costos. “Una tecnología no se juzga por lo que les da a los que ya tienen; se juzga por lo que les hace a los que no tienen nada”, sostiene.

 

Esta perspectiva permite vincular el debate sobre inteligencia artificial con una de las intuiciones centrales de la Teología de la Liberación: mirar la realidad desde quienes sufren sus consecuencias. Para Ordóñez, la pregunta por la tecnología también debe incluir a los trabajadores precarizados, las comunidades afectadas por el extractivismo y los territorios que soportan los costos ambientales de los sistemas digitales.

 

Dignidad humana frente a la lógica de los datos

 

En este punto, filosofía, inteligencia artificial y Teología de la Liberación encuentran un terreno común. Ordóñez cuestiona una concepción de lo humano que reduce a las personas a datos y mide su valor en función de su productividad o de aquello que puede ser anticipado sobre ellas. Frente a esta lógica, reivindica una afirmación de la fe cristiana y de la Teología de la Liberación: “La dignidad no se gana ni se mide: se tiene por existir, y punto”.

 

El más pobre, el más improductivo, el que la máquina descartaría por ‘poco rentable’, tiene la misma dignidad infinita que cualquiera”, asegura Ordóñez. En el contexto actual, añade, defender esa dignidad puede convertirse incluso en “un acto de rebeldía”.

 

También la libertad requiere ser replanteada. Si una máquina puede anticipar determinados comportamientos y, además, influir para que ocurran, la libertad deja de ser algo que pueda darse simplemente por supuesto. “La libertad deja de ser un dato de la naturaleza y pasa a ser algo que hay que defender, que cuidar, que reconquistar”, explica.

 

Pobres y Tierra: un mismo grito

 

La justicia, en su análisis, introduce otra dimensión: la geografía del poder tecnológico. “Quién pone los servidores y quién pone los muertos, quién diseña y quién carga” son preguntas que, a su juicio, permiten identificar quiénes se benefician y quiénes soportan los costos. En esta perspectiva, la opción por los pobres y el cuidado de la Tierra no aparecen como asuntos separados. Ordóñez sostiene que el extractivismo que afecta a las comunidades también tiene consecuencias sobre los ecosistemas.

 

“La Teología de la Liberación siempre pensó desde el reverso de la historia, desde el que sufre”, recuerda. Y añade: “Dios se asoma primero en el clamor del que sobra. Hoy ese clamor es el del pobre y el de la Tierra, que son —yo estoy convencido— un solo grito”.

 

Para el filósofo, existe una continuidad entre las formas de explotación social y el deterioro ambiental: “El mismo extractivismo que despoja al campesino seca el río y calienta el aire”.

 

La filosofía como herramienta para desmontar los relatos del poder

 

Ordóñez no concibe el aporte de la filosofía como una búsqueda de respuestas definitivas frente a la tecnología. Su función, explica, consiste más bien en ayudar a formular mejor las preguntas y a cuestionar aquellos discursos que presentan determinadas opciones tecnológicas como si fueran inevitables o neutrales.

 

Las tecnologías, antes que máquinas, son relatos: nos cuentan quiénes somos y quién sobra”, señala. Y precisamente porque son relatos, pueden ser discutidos, cuestionados y transformados.

 

Esta mirada será parte del diálogo que Amerindia propone en el marco del ciclo de conversatorios, concebido como un espacio para analizar los desafíos sociales, culturales, políticos y tecnológicos del presente desde la perspectiva de la teología latinoamericana de la liberación y a la luz de Magnifica Humanitas.

 

No demonizar la tecnología, sino preguntarse para qué se utiliza

Ordóñez aclara que su crítica no pretende demonizar la tecnología ni promover una actitud de rechazo frente a la inteligencia artificial. Reconoce sus posibilidades para curar, conectar, enseñar y contribuir al cuidado de la casa común.

 

El problema nunca es la herramienta, es el dueño de la herramienta y para qué la usa”, sostiene. Por ello, “no se trata de apagar nada ni de tenerle miedo al futuro. Se trata de no entregar, por comodidad o por fascinación, lo único que no deberíamos entregar nunca: la capacidad de preguntarnos si esto que estamos construyendo nos hace más humanos o menos”.

 

Y esa pregunta, subraya, no puede delegarse en una máquina: “La tenemos que hacer entre todos”. Para Ordóñez, esta tarea colectiva guarda además una relación con la manera de hacer teología: “Pensando la fe juntos, cada uno poniendo su tramo, como en aquella muralla que se reconstruye sin que nadie tenga el plano completo”.

 

Invitación a pensar juntos

 

Ordóñez invita a participar en el conversatorio del 28 de agosto como un espacio abierto de reflexión: “A venir a pensar juntos, sin miedo y sin recetas”.

 

No vamos a salir con el problema resuelto —desconfíen del que promete eso—, pero sí, ojalá, con mejores preguntas y con la sensación de que no estamos solos frente a esto”, señala.

 

Va a ser una conversación de las que valen la pena: de esas en las que uno llega con una idea y se va con tres dudas nuevas, que es la mejor señal de que se pensó de verdad”, invita.

 

El encuentro forma parte del ciclo “Magnifica Humanitas: pensar el presente y el futuro desde la opción por los pobres y por la Tierra”, que Amerindia desarrollará entre agosto y noviembre de 2026 para poner en diálogo la encíclica del Papa León XIV con algunos de los principales desafíos del mundo contemporáneo.

 

Inscríbase a los conversatorios: https://forms.gle/TzzzaqbrBfPjxTFj8 


AMERINDIA

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