Evangelio de Rabbula, Ascensión del Señor, s. VI.
El misterio de Cristo
Volvemos de nuevo la mirada a los protagonistas, para contemplar en cada uno la revelación del misterio.
Los ojos, ante todo, en el Señor que sube a los cielos. Majestuoso, es siempre el Dios y Hombre verdadero; el mismo que nació de la Virgen María, el Crucificado-Resucitado que sube ahora a la gloria, llevando en su humanidad la síntesis de todos los misterios, misterios de la carne, de la humanidad de Cristo, eternamente presentes en su cuerpo resucitado, y por eso capaces de hacerse presentes a la Iglesia. Los ángeles lo llevan en un círculo de gloria. Los que fueron testigos de su bajada a la tierra en la encarnación (la katábasis) son ahora los testigos de su elevación (analepsis) al cielo. En él se eleva toda nuestra naturaleza, toda la naturaleza, como en un triunfo cósmico de todo lo que por él y en él ha sido creado; lleva el color verde de nuestra tierra. Su mano traza una bendición, porque él es nuestro sacerdote y mediador, para transmitirnos la revelación y la vida permanente, para interceder por nosotros continuamente. Lleva en su mano el rollo de la palabra, el secreto del Padre, la profecía de la historia. El continúa siendo el único Maestro y revelador, la fuente de la verdad y de la vida, él que conoce el secreto de la historia; una historia en la que él está presente definitivamente y que él se reserva de poner en su punto final con su venida, porque él es el Señor y el Juez de la historia.
Lo invocamos con la oración de la Iglesia oriental:
“Después de haber concluido toda la divina economía de nuestra salvación y habiendo unido ya las criaturas celestiales y terrenales, has subido al cielo, a la gloria, oh Cristo, Dios nuestro; pero no te has alejado de aquellos que te aman, ya que te has quedado para siempre con nosotros y nos dices: Yo estoy con vosotros; nadie estará contra vosotros”
Contemplándolo en su Ascensión gloriosa, le cantamos con la hermosa antífona de la liturgia occidental romana de las vísperas de la Ascensión, inspirada en un antiguo texto bizantino:
“Oh Rey de la gloria, Señor de las potencias angélicas, que subes victorioso en este día de hoy; no nos dejes huérfanos; envíanos el Espíritu consolador que nos has prometido, el Espíritu de la Verdad, aleluya”.
La invisible presencia del Espíritu
La imagen de la Ascensión es ya como la anticipación del misterio de Pentecostés. Con el mismo esquema iconográfico vemos imágenes antiguas de este misterio en las que se ha añadido sobre la cabeza de la Virgen una paloma, y sobre las cabezas de los apóstoles una llama. En realidad es Cristo, elevado a la gloria, el que envía siempre, perennemente, sobre la Iglesia a su Espíritu.
Podemos contemplarlo ya invisiblemente presente como don de Cristo resucitado y glorioso, como esperado por la Iglesia y acogido por la comunidad apostólica. Está de una manera misteriosa presente en ese vértice místico de la Iglesia que es la Virgen María, la que lo acogió en la encarnación de Cristo; es El quien la cubre siempre con su sombra; es el Espíritu Santo y santificador. El Espíritu está en la Virgen, Esposa, Madre de Dios. Es la Toda-santa, con su vestido purpúreo y las estrellas que indican su virginidad antes, en, después del parto. Está en actitud orante de acogida, de ofrecimiento, de intercesión. Se revela en la fortaleza de su verticalidad que es signo de la garantía de la verdad, como Virgen fiel a la verdad y a la vida de Cristo.
El Espíritu está presente en la Iglesia apostólica que es el cuerpo de Cristo, unido, vivificado, animado por el Espíritu. Él es el artífice de la unidad y de la variedad de los carismas, el que mantiene aa la vez la comunión jerárquica y la riqueza carismática de la Iglesia, el que la enriquece con sus frutos y sus dones, el que la hace fuerte en los mártires, animosa en los apóstoles y misioneros, fiel en los consagrados, generosa en los que sirven con amor al prójimo.
Contemplando este icono podemos decir lo que un hermoso texto del Vaticano II afirma acerca del Espíritu Santo:
“Guía a la Iglesia hacia la verdad entera, la unifica en la comunión y en el servicio, la provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos, con los cuales la dirige; la embellece con sus dones. Rejuvenece la Iglesia con la fuerza del Evangelio, la renueva continuamente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo. Porque el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
Ven” (Lumen Gentium n. 4). La Iglesia vive bajo el signo del Espíritu que le viene de la Ascensión del Señor y la proyecta hacia la Parusía. La Iglesia es un perenne Pentecostés, una inefable receptividad del Espíritu de Cristo, el Resucitado que ha subido a los cielos.
La Virgen María, figura y madre de la Iglesia
En el centro del icono, según la antiquísima iconografía cristiana, está la Virgen María, Madre del Señor y Madre de los discípulos de Jesús, por la gracia del testamento recibido al pie de la cruz. Su presencia aquí no es casual. Ella es discípula con los discípulos, testigo de los misterios de Cristo, desde la Encarnación hasta la Resurrección y la Ascensión. Ella que acogió en su seno virginal al Hijo de Dios cuando bajó a la tierra del cielo, es testigo de su regreso al seno del Padre. Para ella también es la promesa de la venida del Espíritu Santo. Ella es misteriosamente la mujer a quien Jesús encomienda, como lo hizo desde la Cruz, a sus discípulos hasta que la fuerza del Espíritu Santo los haga adultos, los forme como cuerpo, los convoque en la unidad como iglesia. A la Virgen María se le encomienda la tarea de trasformar en familia, como Madre, el grupo de discípulos.
Así describe el significado de la presencia de la Madre de Dios un autor ortodoxo: “La Madre de Dios ocupa el lugar central, es el eje del grupo situado en el primer plano. Su figura se destaca sobre el fondo blanco de los ángeles; es el c entro prestablecido donde converge el mundo angélico y humano, la tierra y el cielo. Figura de la Iglesia, la Virgen está siempre representada debajo de Cristo. Su actitud es doble: como orante es la que intercede ante Dios; como purísima es la santidad de la Iglesia frente al mundo. Su inmutabilidad traduce la verdad inmutable de la Iglesia. La gracia y la ligereza casi trasparente de su figura contrastan con las figuras viriles de los apóstoles en movimiento que están alrededor. Su significado eclesial queda subrayado por la verticalidad de su figura proyectada hacia lo alto y por sus manos, dispuestas como ofrenda y súplica por el mundo” (Pável Evdokimov).
María es el elemento típicamente femenino de la Iglesia, su trasparencia, como su alma y su ser, al lado del elemento masculino de los apóstoles; dos elementos complementarios, fundidos en la unidad bajo el misterio de Cristo. Es la figura de la humanidad, del servicio, del ser más que del obrar, de la santidad como finalidad de la Iglesia.
María aparece en este icono como la Madre, modelo ejemplar y figura de la Iglesia. Es Madre por su presencia en medio de los apóstoles de su Hijo, que son también hijos suyos. Es modelo en su recepción del Espíritu Santo, en su perenne intercesión por la salvación del mundo, en la constante invocación de la venida del Espíritu sobre la tierra y la humanidad, en una epíclesis constante,, porque el mundo tiene sobre todo necesidad del Espíritu Santo. Es imagen de la Iglesia Esposa que dice hasta el final de los tiempos: “Ven, Señor Jesús”.
La liturgia oriental del día de la Ascensión canta la presencia de la Madre, gtestigo de la Encarnac ión del Verbo y de su gloriosa exaltación a los cielos: “tú que con tu Ascensión has colmado de gozo al grupo de los Apóstoles y a tu bienaventurada Madre que te engendró, haznos dignos de la gloria de tus elegidos, por sus oraciones y tu infinita misericordia”.
La Iglesia apostólica
La imagen de la Ascensión es también imagen de la Iglesia. Así aparece en sus rasgos fundamentales. Su cabeza invisible es Cristo, su modelo y figura la Virgen su fundamento los apóstoles; su simbolismo el del círculo, el de la comunión, el del racimo de los apóstoles. Una comunión que traduce el misterio de la Trinidad. La iglesia es humana, está en la tierra, se compone de personas concretas, con sus nombres, con sus rostros, con sus carismas. Pero en una inefable comunión que tiene sus raíces en el cielo, donde está Cristo, sin el cual la Iglesia no es lglesia, no es Cuerpo del Señor.
Los apóstoles, divididos en dos grupos iguales forman una unidad perfecta abrazados por los ángeles y manifiestan que son una comunión que refleja el misterio de la “pericóresis” o circumincesión trinitaria. Con su variedad y su movimiento indican la multiplicidad de los ministerios, la infinidad de las lenguas, la unidad de los pueblos en la verdad y del amor. Sus vestidos de varios colores del arco iris que son reflejo de un único amor.
Aquí recobra la Virgen María toda la fuerza de su ejemplaridad. La Iglesia es Madre y Virgen, con la fuerza del Espíritu, como la Virgen María es Virgen y Madre, con una maternidad que evoca también la paternidad de Dios. La Iglesia es jerárquica en su constitución, pero es también carismática en su santidad y en sus ministerios, como subraya la presencia de la Virgen, que no tiene ningún poder jerárquico pero es la síntesis de todos los carismas. La Virgen representa en medio de los apóstoles la iglesia de los fieles que poseen el sacerdocio común, que están unidos a Cristo y tienen que reflejar el rostro de Cristo por el Evangelio vivo, por la santidad de la vida de la que es cabal ejemplo la Madre de Jesús. Pero María es también ejemplo para la lglesia jerárquica; para que, como ella, traduzca su maternidad en fe, esperanza y amor.
La Iglesia es, como la Virgen, y con ella, la humanidad divinizada por la gracia del Espíritu; permanente intercesión e invocación (epíclesis) para que se renueve constantemente la gracia de Pentecostés; ofrenda viva que acoge y presenta el don recibido, con absoluta libertad y generosa participación.
También la tierra acoge la bendición de Cristo.
Para los Padres de Oriente, la gracia de la salvación es cósmica, envuelve también la creación, lugar de la presencia del Señor y de la irradiación de su gloria. En el paisaje del monte de los olivos, apenas dibujado, se percibe en el color marfil la luz recibida por el cosmos. La tierra ha sido morada del Verbo Encarnado, como ahora es el lugar donde están plantados los pies desnudos de los apóstoles. Los árboles hacen de este paisaje un recuerdo del paraíso. La naturaleza ha sido elevada con Cristo al cielo, pero ya en la tierra, a través de la sacramentalidad de la Iglesia, los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, el pan y el vino, el aceite y el agua, van a ser trasparencia de la presencia del Señor, van a ser llamados a colaborar, para que “lo que era visible en Cristo pase ahora a ser visible en los sacramentos de la Iglesia” (S. León Magno).
El icono de la Ascensión sugiere la lectura de un hermoso texto de san Juan de la Cruz (Cántico espiritual, estrofa 30), en el que describe la gloria de Cristo y la santidad de la Iglesia.
“De flores y esmeraldas, haremos las guirnaldas… este versillo se entiende harto propiamente de la Iglesia y de Cristo, en el cual la Iglesia, Esposa suya, habla con Él diciendo: haremos las guirnaldas; entendiendo por guirnaldas todas las almas santas engendradas por Cristo en la Iglesia, que cada una de ellas es como una guirnalda arreada de flores de virtudes y dones, y todas ellas juntas son una guirnalda para la cabeza del Esposo Cristo. Y también se puede enternder por las hermosas guirnaldas, que por otro nombre se llaman laureolas, hechas también en Cristo y la Iglesias, las cuales son de tres maneras: la primera, de hermosas y blancas flores de todas las vírgenes, cada una con su laureola de virginidad, y todas ellas juntas serán una laureola para poner en la cabeza de Cristo Esposo. La segunda, de las resplandecientes flores de los santos doctores, y todos juntos serán una laureola, para sobreponer en la de las vírgenes en la cabeza de Cristo. La tercer, de los encarnados claveles de los mártires, cada uno también con su laureola de mártir, y todos juntos serán una laureola para rematar la laureola del Esposo Cristo”.
La Iglesia tiene ya a Cristo como corona. Cristo tendrá a la Iglesia como corona de su gloria. Todo empieza con el misterio de la glorificación del Señor y está ya inscrito en el misterio de la Virgen María, en la gloria de su virginidad, en su humildad y en su sabiduría, en su amor hasta el martirio de la cruz.
Contemplando la gloriosa Ascensión del Señor cantamos el tropario de la fiesta con el acento místico de la Iglesia de Oriente:
“Has subido a la gloria, Cristo, Dios nuestro, y has llenado de alegría a los apóstoles con la promesa del Espíritu Santo; han sido confirmados en la fe con su bendición , porque tú eres el Hijo de Dios, el redentor del mundo”.
P. Jesús Castellano Cervera OCD
La belleza de los íconos