Tuesday, November 21, 2017

El valor de la confianza en el mundo digital por Sergio Redondo



Muchos de los avances que se dan en el panorama digital tienen relación con la capacidad de generar confianza. Y la verdad es que no debería sorprendernos, ya que Internet, a pesar de todas sus bondades en temas de comunicación, disminución de las distancias y mucho más, también posee una cara oculta que, de hecho, durante muchos años hizo que los usuarios fuesen renuentes a dar el salto al comercio electrónico. Y es que el valor de la confianza en el mundo digital es una cuestión a tener muy en cuenta.

Dar el salto a la compra online

Como decíamos, no ha sido fácil conseguir que los usuarios diesen el paso a efectuar sus transacciones comerciales en el ámbito de Internet. La compra online generaba desconfianza, no tanto en relación a la posible publicidad de los datos personales como al miedo al robo de datos bancarios, con todo lo que este riesgo llevaba aparejado.
Afortunadamente , han sido muchos los pasos que se han dado en pos de normalizar el hecho de comprar cualquier producto en un comercio electrónico en lugar de en un establecimiento físico, y todos ellos en torno a la confianza.
El sector, o más bien dicho, todo Internet tuvo que buscar una serie de elementos y procesos que de cara al usuario representasen señas de confianza y fiabilidad. De este modo, se avanzó en temas de protección de datos, se estableció la adopción de certificados de seguridad para que los dominios en los que se alojaban estos comercios online operasen bajo un protocolo de seguridad (SSL, el conocido https), se simplificaron los pasos tanto para efectuar la compra online como para establecer métodos de pago exentos de cualquier tipo de riesgo, se establecieron organismos certificadores con el objeto de actuar a modo de notarios y servir como garantes de la transparencia en los procedimientos etc.

¿Preferimos leer medios que ‘sean de nuestra confianza’?

Sin embargo, el valor de la confianza se fue afianzando cada vez más en todo el espectro digital, no solo en el de la venta, y así, muchos de los elementos antes comentados se han ido incorporando a otro tipo de webs, siempre con el punto de mira puesto en ofrecer al usuario una capa extra de confianza. Así por ejemplo tenemos el caso de Google que, además de ‘recomendar’ el paso a protocolo seguro como símbolo de confianza, en su propio navegador Chrome etiqueta como ‘no seguro’ o ‘seguro’ a los sitios webs por los que el usuario navega para que en todo momento pueda saber en qué nivel de seguridad se está moviendo.
En relación a esto, y más recientemente, hace unos días el propio Google anunció que estaba trabajando en nuevo proyecto, el Trust Project, encaminado a identificar y etiquetar aquellos contenidos que ofrecían una acreditada credibilidad. Para ello, dicho proyecto ha establecido ocho indicadores de confianza con los que las publicaciones pueden etiquetar sus contenidos de modo que faciliten al usuario reconocer ante qué tipo de contenido se encuentra.

Blockchain: la confianza lo es todo

Pero esta carrera de fondo por la confianza no se limita a Internet tal y como la conocemos hasta ahora, sino también a la que se supone es la próxima gran revolución: la cadena de bloques o blockchain.
Para poder explicar lo que es de un modo sencillo, tomaré una historia que escuché hace unos días en un seminario al que asistí:
Un grupo de amigos de la universidad se enfrentaban en pocos días a uno de los exámenes cruciales del semestre. Como habían estado más ocupados en otras cosas que en estudiar, decidieron probar a engañar al profesor para obtener algunos días de margen para prepararse mejor el examen. Así, el mismo lunes del examen se presentaron ante el profesor poco antes de comenzar el exámen con aspecto bastante desaliñado y le contaron que día antes habían ido a una boda de unos amigos que tenían fuera de la ciudad, y que cuando volvían del convite ya para casa tuvieron un terrible percance con el coche y tuvieron que pasar toda la noche en el hospital acompañando a unos amigos que habían resultado heridos, motivo por el que habían llegado hacía apenas unas horas y no habían podido repasar para el examen. El profesor les dijo que no se precoupasen y que dado el estado de shock en el que se encontraban podían irse para casa pero que podrían hacer el examen el lunes siguiente para que pudieran tener tiempo para preparárselo. Cuando llegó el siguiente lunes, el profesor repartió a cada uno de los alumnos en una clase distinta, y a todos ellos les dio una hoja con cinco preguntas iguales para todos:
  • ¿Quién se casaba?
  • ¿A qué hora fue el accidente?
  • ¿Cuántos coches estuvieron involucrados?
  • ¿Marca y modelo del coche en el que viajabais?
  • ¿Nombre de los amigos heridos?
Y al final de la hoja de examen les puso la siguiente nota: Si contestáis todos igual a estas preguntas tendréis un sobresaliente.
De este modo, el profesor se aseguraba saber si los alumnos le habían contado la verdad o si le habían mentido, ya que si la historia era cierta, todas las respuestas de esos alumnos debían ser bastante similares si no exactamente iguales.
La cadena de bloques o blockchain consiste en exactamente lo mismo: se trata de no tener que recurrir a un tercero de confianza para confirmar la credibilidad de una transacción (como puede ser en el ejemplo consultar a la Guardia Civil, llamar al hospital, etc.), sino que al validar esta de una forma distribuida entre muchos nodos implicados (lo que serían los alumnos), los cuales ofrecen una misma versión de dicha transacción, esta queda acreditada.
Sin duda, las aplicaciones de esto abarca un amplio rango de sectores: transacciones comerciales, certificado de documentos, identificación personal, gestiones administrativas… o la que hasta ahora es su aplicación más conocida: Bitcoin y el resto de criptomonedas.

Coda final

El valor de la confianza es clave en todo el entramado digital. Es lo que nos permite seguir adelante en todo este bullicio de código, perfiles, redes y cierta tendencia al futurismo.
Me gustaría terminar con un breve párrafo de un libro de David Amerland, The tribe that discovered Trust que, en mi opinión, define y resume muy bien todo esto de la confianza en Internet como elemento cohesionador:
APRENDEMOS CÓMO SE CONSTRUYEN LAS REPUTACIONES Y SE CREA LA AUTORIDAD. VEMOS CÓMO LA CONFIANZA NACE, SE COMPARTE, SE PROPAGA, SE PIERDE Y SE RECUPERA. EN LUGAR DE DESPOJARNOS DE NUESTRA HUMANIDAD, NUESTROS SERES DIGITALES DESPOJAN A ESTA DE SUS REACCIONES INSTINTIVAS E IRREFLEXIVAS Y NOS OBLIGAN A SER MÁS REFLEXIVOS EN NUESTRAS ACCIONES. MÁS CONSIDERADOS EN NUESTRAS ELECCIONES. LLEGANDO MÁS LEJOS EN NUESTRAS AMBICIONES Y VIENDO MÁS ALLÁ DE NUESTRA PLANIFICACIÓN.

 Sergio Redondo
entreParéntesis

Tu YO sagrado



En los seres humanos se encuentra una energía divina. El poder de esta energía impregna todo nuestro ser...

Algo para pensar y orar en esta semana. La intuición del niño


Si tengo algo que deseo decir, y que es muy difícil de aceptar por los adultos,

entonces lo escribiré en un libro para niños…
Los niños aún no se han encerrado por miedo a lo desconocido,
a la revolución, o al desbande que busca la seguridad.
Ellos son aún familiares con el vocabulario del mito, que aún no nace.

Madeleine L’Engle
¿Qué era lo que yo amaba cuando era niña/o? ¿En qué creía, y a qué me comprometía, antes que algún adulto me dijera a qué debía comprometerme, o qué debería creer o amar? ¿Lo puedo recordar después de tanto tiempo? Salvo que mi niñez haya sido horrorosa en algún sentido – y algunas han sido – yo disfruté el tiempo, aunque corto, en que confiaba en mi intuición de niño, cuando me comunicaba fácilmente con mi espíritu y con Dios.
Ginny Kubitz Moyer, Jessica Mesman Griffith, Vinita Hampton Wright, and Margaret Silf

Espacio Sagrado

LECTURAS PARA EL DÍA DE HOY Y REFLEXIÓN AL EVANGELIO DE HOY por Fray Manuel Santos Sánchez



Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Macabeos 6,18-31

En aquellos días, a Eleazar, uno de los principales escribas, hombre de edad avanzada y semblante muy digno, le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida. Los que presidían aquel sacrificio ¡legal, viejos amigos de Eleazar, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera, haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey, para que así se librara de la muerte y, dada su antigua amistad, lo tratasen con consideración.
Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la Ley santa dada por Dios, respondió todo seguido: «iEnviadme al sepulcro! Que no es digno de mi edad ese engaño. Van a creer muchos jóvenes que Eleazar, a los noventa años, ha apostatado, y, si miento por un poco de vida que me queda, se van a extraviar con mi mal ejemplo. Eso seria manchar e infamar mi vejez. Y, aunque de momento me librase del castigo de los hombres, no escaparía de la mano del Omnipotente, ni vivo ni muerto. Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble por amor a nuestra santa y venerable Ley.»
Dicho esto, se dirigió en seguida al suplicio. Los que lo llevaban, poco antes deferentes con él, se endurecieron, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar.
Él, a punto de morir a fuerza de golpes, dijo entre suspiros: «Bien sabe el Señor, que posee la santa sabiduría, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y los sufro con gusto en mi alma por respeto a él.»
Así terminó su vida, dejando, no sólo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.

Salmo

Sal 3,2-3.4-5.6-7 R/. El Señor me sostiene

Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios.» R/.

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo. R/.

Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»
Él bajó en seguida y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»
Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»
Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Reflexión del Evangelio de hoy

Prefirió “una muerte honrosa a una vida de infamia”  

Nos encontramos ante Eleazar, buen judío, hombre recto, coherente con su fe hasta las últimas consecuencias. Más allá de no comer carne prohibida, que hoy para nosotros no tiene tanta importancia, tenemos que quedarnos con que él veía en ese gesto ser fiel al Señor, su Dios. Comer carne prohibida era ir en contra de su Dios. Por eso Eleazar se mantuvo en ser fiel a la ley y a Dios. Hasta no hizo caso a algunos amigos que querían salvar su vida a base de una trampa, de una mentira. Quiso dar testimonio ante todos los creyentes y no creyentes, de la importancia de no ir nunca en contra de Dios. Antes Dios que su vida. Mejor dicho, antes Dios y su fidelidad a él, porque ahí estaba su vida, que renunciar a Dios y mantenerse con vida. Porque para él vivir yendo en contra de Dios es no vivir.
Es la misma dialéctica de los mártires cristianos de todos los tiempos. Vivir renunciando a Jesús, renunciando al Dios de Jesús, nuestro Padre, no es vivir, por eso entregan su vida, sabiendo además que “en la otra orilla” les espera Dios para invitarles al banquete de su amor por toda una eternidad. 

 Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador

¡Cómo nos cuesta reconocer al verdadero Jesús! Solemos quejarnos de las altas jerarquías de la religión judía, que se escandalizaban de ver a Jesús acercarse, como es el caso de Zaqueo, pecador y ladrón reconocido, a personas de conducta no recomendable. Y, con frecuencia, caemos nosotros en el mismo defecto farisaico. Bien sabemos cómo se defendía Jesús. De mil maneras, nos dice que viene dispuesto a echar una mano a quien lo necesite, haya hecho lo que haya hecho, que no viene a condenar, sino a salvar, decidido a buscar a la oveja que se ha despistado y se ha perdido. Como los buenos médicos busca a los múltiples y variados enfermos aquejados de diversas enfermedades, como la falta de luz, de sentido, de esperanza, o la sobredosis de ansia de dinero, de prestigio, de odio, de venganza… Para ello nos ofrece una medicina que solo Él posee, la medicina de su amor, de su perdón, de su comprensión, de su pan de vida, de… Los cristianos tenemos la experiencia de que es una medicina divina eficaz, capaz de curarnos todas nuestras dolencias. “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.
Celebramos hoy la presentación de la Santísima Virgen. Es una fiesta que nació en Oriente, el año 543, con ocasión de la dedicación de la basílica de Santa María la Nueva en Jerusalén. Se supone que María fue presentada en el Templo como lo fue su hijo Jesús.
Fray Manuel Santos Sánchez
Convento de Santo Domingo (Oviedo)

Reflexionando sobre la lectura del día de hoy por Espacio Sagrado


La Presencia de Dios

Me recuerdo que, mientras estoy aquí, frente a mi computador, Dios me contempla con amor y espera mi presencia.
Hago una pausa y reflexiono sobre esto ...


La Libertad

“Soy libre”
Cuando leo estas palabras escritas
Me producen un sentimiento de asombro.
Sí, una maravillosa sensación de libertad.
Gracias, Señor.


La Conciencia

En la seguridad que Dios me ama incondicionalmente,
recuerdo honestamente lo hecho en el día anterior, lo sucedido y mis sentimientos.
Tengo algo que agradecer? Doy las gracias...
Hay algo que lamento? Pido perdón...

¿Qué es la revisión de consciencia?

Si es verdad que Dios actúa en cada detalle de nuestras vidas, ¿cómo comenzamos a reconocer su actuar, y nuestras reacciones?
Al final del día, especialmente antes de dormir, nuestra mente, sin un esfuerzo consciente de parte nuestra, tiende a recordar algunos de los eventos del día, en forma tan vívida, que si el día ha sido lleno de sucesos, podemos tener dificultades para dormir. Podemos encontrarnos repitiendo una discusión, o pensando cómo debíamos haber contestado bien una pregunta, y así sucesivamente.
La Revisión de Consciencia se basa en esta tendencia natural de la mente. Nos puede ayudar a ser más alertas a la Presencia de Dios y su accionar en nuestras vidas, y a preocuparnos más en darnos cuenta cuando estamos cooperando con la Gracias de Dios, y cuando la estamos rechazando. 

La Palabra de Dios

Mateo 12:46-50
En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: "Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo." Pero él contestó al que le avisaba: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Y, señalando con la mano a los discípulos dijo: "Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre."


Escuchando La Palabra

Lee este texto lentamente, varias veces, y percibe si alguna palabra, o frase, se destaca de las demás, y quédate con ella por el tiempo que quieras, antes de seguir leyendo.
Este ejercicio es como probar un dulce. No trates de analizar la frase, tal como no se debe mascar un dulce para que dure más, o que tampoco examinarías en qué consiste el dulce antes de probarlo.
A menudo una frase atraerá la atención de nuestro subconsciente, antes de nuestra mente consciente se dé cuenta de la razón de esa atracción. Por eso es bueno quedar meditando esa frase lo más posible, sin tratar de analizarla.
Pueden aparecer muchas distracciones en mi mente; pero algunos pensamientos, lejos de ser distracciones, pueden convertirse en la sustancia de mi oración. Es como si la frase de la Escritura fuera una linterna, que ilumina la corriente de mis pensamientos, memorias, reflexiones, sueños, esperanzas, ambiciones y temores, y mi oración llega a ser una mezcla de la Palabra y de mis pensamientos y sensaciones profundas.

Reflexiones sobre la lectura de hoy

  • María agregó la garantía de que Jesús vio lo que ella ya valoraba en su corazón y le dio un mayor motivo para regocijarse; ella sabía su propio valor en su ser y en su quehacer. Le pido a Dios que me afirme en lo que soy y en lo que puedo hacer.
  • Jesús siempre habla de la invitación al reino de Dios como ésta siendo amplia e inclusiva. Le doy gracias a Dios por la generosidad que me ve incluida/o en su plan de amor.

Conversación

Como me ha llegado la Palabra? Me ha dejado indiferente?

Me ha consolado, o me ha impulsado a actuar en otra forma?

Imagino a Jesús mismo, sentado o de pie, cerca de mí.
Me vuelvo hacia Él y le abro mi corazón.



Conclusión


Gloria al Padre,
Gloria al Hijo,
Gloria al Espiritu Santo,
como era en el principio,
es ahora, y siempre será,
por los siglos de los siglos
Amen

De Espacio Sagrado

Palabras de amor, obras de justicia por José María Rodríguez Olaizola sj



«No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida».
Estas palabras son parte del mensaje que el papa Francisco ha promulgado con motivo de la I Jornada Mundial de los Pobres. Con el título «No amemos de palabra, sino con obras», se trata de una invitación a acercarnos a la vida de los pobres, con la intención de compartir y de encontrarnos. El evangelio nos urge, nos recoloca y nos invita a acercarnos a los más pobres, a los que sufren a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. Y en ese compartir, habrá intercambio. Por una parte, bienes que han de administrarse de manera diferente. Por otra, el desprendimiento y la libertad que nos hace libres y nos enseña a vivir. No hay teorías. No hay demasiados matices. No hay excusas ni alternativas. He ahí una de las exigencias más radicales y más constantes del evangelio. Un Dios que se hace pobre. Un Jesús con los más pobres. Una misión entre los pobres. Una comunidad abierta a los pobres. Una bienaventuranza que nos ayuda a ver lo esencial. Una vocación que nos abre al encuentro.
Ojalá pongamos nuestros talentos al servicio de la causa de los más débiles, los más frágiles, los más golpeados por la vida. Ojalá cada uno sepamos amar con las palabras, pero sobre todo con las obras. Ojalá descubramos formas de transformar las estructuras que invisibilizan, que apartan o que excluyen. Ojalá creamos, de verdad, que ese proyecto merece la pena y es posible. Ojalá, en fin, esta jornada sirva para que los 365 días del año se conviertan, para nosotros, en ocasión para la compasión, el encuentro y la conversión profunda a los valores evangélicos más radicales.
José María Rodríguez Olaizola sj
pastoralsj

Dime una Palabra por Luis Fernando Crespo SM. María


21 de noviembre
Presentación de la Virgen

Zac 2, 14-17 Alégrate y goza
Me alegro y gozo en ti, señor, porque habitas en medio de mí y eres más íntimo que mi propia intimidad, porque me llamas, me sostienes, me bendices, me perdonas, porque tu misericordia es grande conmigo, bendito seas, Jesús, fruto del vientre de María, la Virgen, tu madre, la que se goza también en el señor, su Salvador.
Luis Fernando Crespo SM
Dime una Palabra

Sunday, November 19, 2017

Fco. “Los pobres son nuestro pasaporte al paraíso” misa de la primera Jornada Mundial de los Pobres. Video y audios


En la misa de la primera Jornada Mundial de los Pobres, Francisco advirtió sobre el «gran pecado de la indiferencia; es deber evangélico cuidar a los que sufren»; el Pontífice reza por la tripulación del submarino argentino “Ara de San Juan”

GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«En el pobre, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y, sediento, nos pide amor»; «la omisión es también el mayor pecado contra los pobres —afirmó Francisco. Aquí adopta un nombre preciso: indiferencia». Y añadió: «todos somos mendigos de lo esencial, del amor de Dios, que nos da el sentido de la vida y una vida sin fin. Por eso hoy también tendemos la mano hacia Él para recibir sus dones», porque «para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y “el que acumula tesoro para sí” no se hace “rico para con Dios”». Y es por este motivo que «nadie puede considerarse inútil, ninguno puede creerse tan pobre que no pueda dar algo a los demás». En la homilía de la misa celebrada en ocasión de la primera Jornada Mundial de los Pobres, el Papa reflexionó sobre las Sagradas Escrituras para lanzar un llamado a los fieles que llegaron de todo el mundo a la Plaza San Pedro: «No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Amar al pobre significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales». Y advirtió que «no hacer nada malo no es suficiente, porque Dios no es un revisor que busca billetes sin timbrar, es un Padre que sale a buscar hijos para confiarles sus bienes y sus proyectos». Y es triste «cuando el Padre del amor no recibe una respuesta de amor generosa de parte de sus hijos, que se limitan a respetar las reglas, a cumplir los mandamientos, como si fueran asalariados en la casa del Padre». En su meditación, el Papa advirtió sobre la tentación de considerarse ajenos al prójimo en dificultades pensando «No es algo que me concierne, no es mi problema, es culpa de la sociedad». Una actitud que consiste en «mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, es cambiar de canal cuando una cuestión seria nos molesta», y también «indignarse ante el mal, pero no hacer nada. Dios, sin embargo, no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien». Pero, precisó el Papa, «Dios no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien». Por ello se preguntó: «¿cómo podemos complacer al Señor de forma concreta?». «Cuando se quiere agradar a una persona querida, haciéndole un regalo, por ejemplo, es necesario antes de nada conocer sus gustos, para evitar que el don agrade más al que lo hace que al que lo recibe —afirmó. Cuando queremos ofrecer algo al Señor, encontramos sus gustos en el Evangelio». 


Entonces el Pontífice invocó al Señor, «que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos», para que «nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos». Después de la lectura del Evangelio, Jorge Mario Bergoglio subrayó que «tenemos la alegría de partir el pan de la Palabra, y dentro de poco de partir y recibir el Pan Eucarístico, que son alimento para el camino de la vida. Todos lo necesitamos, ninguno está excluido». Y es por ello que debemos «la mano hacia Él para recibir sus dones», exhortó. Precisamente los dones son el argumento de la parábola del Evangelio: nos dice que nosotros somos «destinatarios de los talentos de Dios, “cada cual según su capacidad”». Y, recomendó el Papa, «en primer lugar, debemos reconocer que tenemos talentos, somos “talentosos” a los ojos de Dios. Por eso nadie puede considerarse inútil, ninguno puede creerse tan pobre que no pueda dar algo a los demás. Hemos sido elegidos y bendecidos por Dios, que desea colmarnos de sus dones, mucho más de lo que un papá o una mamá quieren para sus hijos». Y Dios, «para el que ningún hijo puede ser descartado, confía a cada uno una misión». Según Jorge Mario Bergoglio, Dios, «como Padre amoroso y exigente que es, nos hace ser responsables». De hecho, «en la parábola vemos que cada siervo recibe unos talentos para que los multiplique». Pero «mientras los dos primeros realizan la misión, el tercero no hace fructificar los talentos; restituye sólo lo que había recibido». Y dice: «“Tuve miedo —dice—, y fui y escondí tu talento en la tierra; mira, aquí tienes lo que es tuyo”. Este siervo recibe como respuesta palabras duras: “Siervo malo y perezoso”».El Pontífice se preguntó qué es lo que no le ha gustado al Señor: «para decirlo con una palabra que tal vez ya no se usa mucho y, sin embargo, es muy actual, diría: la omisión. Lo que hizo mal fue no haber hecho el bien. Muchas veces nosotros estamos también convencidos de no haber hecho nada malo y así nos contentamos, presumiendo de ser buenos y justos». 


Pero de esta manera «corremos el riesgo de comportarnos como el siervo malvado: tampoco él hizo nada malo, no destruyó el talento, sino que lo guardó bien bajo tierra». Efectivamente, recordó el Papa, «el siervo malvado, a pesar del talento recibido del Señor, el cual ama compartir y multiplicar los dones, lo ha custodiado celosamente, se ha conformado con preservarlo. Pero quien se preocupa sólo de conservar, de mantener los tesoros del pasado, no es fiel a Dios. En cambio, la parábola dice que quien añade nuevos talentos, ese es verdaderamente “fiel”, porque tiene la misma mentalidad de Dios y no permanece inmóvil: arriesga por amor, se juega la vida por los demás, no acepta el dejarlo todo como está. Sólo una cosa deja de lado: su propio beneficio. Esta es la única omisión justa». 


Francisco citó nuevamente el pasaje evangélico del día, en el que Jesús dice: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». Y explicó: «estos hermanos más pequeños, sus predilectos, son el hambriento y el enfermo, el forastero y el encarcelado, el pobre y el abandonado, el que sufre sin ayuda y el necesitado descartado», en sus rostros «podemos imaginar impreso su rostro; sobre sus labios, incluso si están cerrados por el dolor, sus palabras: “Esto es mi cuerpo”». Por ello, «cuando vencemos la indiferencia y en el nombre de Jesús nos prodigamos por sus hermanos más pequeños, somos sus amigos buenos y fieles, con los que Él ama estar». Y «Dios lo aprecia mucho, aprecia la actitud que hemos escuchado en la primera Lectura, la de la “mujer fuerte” que “abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre”». Esta es «la verdadera fortaleza: no los puños cerrados y los brazos cruzados, sino las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor». 


En los pobres «se manifiesta la presencia de Jesús, que siendo rico se hizo pobre». En ellos, pues, «en su debilidad, hay una “fuerza salvadora”. Y si a los ojos del mundo tienen poco valor, son ellos los que nos abren el camino hacia el cielo, son “nuestro pasaporte para el paraíso”». Y «para nosotros un deber evangélico cuidar de ellos, que son nuestra verdadera riqueza, y hacerlo no sólo dando pan, sino también partiendo con ellos el pan de la Palabra, pues son sus destinatarios más naturales. Amar al pobre significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales». Francisco insistió en ello, porque «nos hará bien» recordarlo.  

De hecho, concluyó, «acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo». Y esto es lo único que «dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece». Hoy, exhortó, «podemos preguntarnos: “¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?”. Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo. Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da». 


Al final de la Misa, el Papa recitó el Ángelus y rezó incluso «por la tripulación del submarino militar argentino con el que se ha perdido contacto». Además, insistió el Papa, «quiero hoy recordar de manera particular a las poblaciones que viven una dolorosa pobreza a causa de la guerra y de los conflictos. Por eso renuevo a la comunidad internacional un apremiante llamamiento a comprometer todo esfuerzo posible para favorecer la paz, en particular en Oriente Medio. Dirijo un pensamiento especial al querido pueblo libanés y rezo por la estabilidad del País, para que pueda continuar siendo un “mensaje” de respeto y convivencia para toda la Región y para el mundo entero». 


Dios, aseguró el Pontífice, nos estima enormemente, y esta conciencia «nos ayuda a ser personas responsables en cada una de nuestras acciones». Esto nos debe «infundir valor, mientras el miedo inmoviliza siempre y a menudo nos lleva a tomas decisiones equivocadas. El miedo desanima tomar decisiones, induce a refugiarse en soluciones seguras y garantizadas, y así no se acaba haciendo nada bueno». Y «para salir adelante en la vida y crecer en el camino de la vida, hay que tener confianza, no debemos pensar que Dios es un patrón malo, duro y severo que quiere castigarnos. Si dentro de nosotros existe esta imagen equivocada de Dios, entonces nuestra vida no podrá ser fecunda, porque viviremos con el miedo y esto no nos llevará a nada constructivo». 


Dios, subrayó Jorge Mario Bergoglio, «no es un patrón severo e intolerante, sino un padre lleno de amor y ternura, de bondad». Por ello, «podemos y debemos tener una inmensa confianza en Él. Jesús nos muestra la generosidad y la premura del Padre en muchos modos: con su palabra, con sus gestos, con su acogida hacia todos, especialmente hacia los pecadores, los pequeños y los pobres». De hecho, «sus advertencias indican su interés por que no desperdiciemos inútilmente nuestra vida». Y «la parábola de los talentos nos llama a una responsabilidad personal y a una fidelidad que se convierte también en la capacidad de volvernos a poner constantemente en camino por nuevas vías, sin enterrar el talento, es decir los dones que Dios nos ha encomendado, y de los que nos pedirá cuentas». Y después pidió que la Virgen Santa «interceda por nosotros, para que permanezcamos fieles a la voluntad de Dios haciendo que den frutos los talentos con los que nos ha dotado, así seremos iguales a los demás y, en el último día, seremos acogidos por el Señor, que nos invitará a participar de su alegría». 


Después de haber recitado la oración mariana, el Papa recordó que «hoy recurre también el Día mundial en recuerdo de las víctimas de accidentes de tráfico, instituida por la ONU. Aliento a las instituciones públicas en el compromiso de la prevención, y exhorto a los automovilistas a la prudencia y al respeto de las reglas, como primera forma de tutela de sí mismos y de los demás». 

Vatican Insider

Santa Misa con ocasión de la Jornada Mundial de los Pobres




Primera Jornada mundial de los pobres. Misa con el Papa: “Todos somos mendigos de lo esencial, del amor de Dios”


Escuchar audio aquí

Homilía del Papa, escucharla aquí

Tenemos la alegría de partir el pan de la Palabra, y dentro de poco de partir y recibir el Pan Eucarístico, que son alimento para el camino de la vida. Todos lo necesitamos, ninguno está excluido, porque todos somos mendigos de lo esencial, del amor de Dios, que nos da el sentido de la vida y una vida sin fin. Por eso hoy también tendemos la mano hacia Él para recibir sus dones.
La parábola del Evangelio nos habla precisamente de dones. Nos dice que somos destinatarios de los talentos de Dios, «cada cual según su capacidad» (Mt 25,15). En primer lugar, debemos reconocer que tenemos talentos, somos «talentosos» a los ojos de Dios. Por eso nadie puede considerarse inútil, ninguno puede creerse tan pobre que no pueda dar algo a los demás. Hemos sido elegidos y bendecidos por Dios, que desea colmarnos de sus dones, mucho más de lo que un papá o una mamá quieren para sus hijos. Y Dios, para el que ningún hijo puede ser descartado, confía a cada uno una misión.
En efecto, como Padre amoroso y exigente que es, nos hace ser responsables. En la parábola vemos que cada siervo recibe unos talentos para que los multiplique. Pero, mientras los dos primeros realizan la misión, el tercero no hace fructificar los talentos; restituye sólo lo que había recibido: «Tuve miedo —dice—, y fui y escondí tu talento en la tierra; mira, aquí tienes lo que es tuyo» (v. 25). Este siervo recibe como respuesta palabras duras: «Siervo malo y perezoso» (v. 26). ¿Qué es lo que no le ha gustado al Señor de él? Para decirlo con una palabra que tal vez ya no se usa mucho y, sin embargo, es muy actual, diría: la omisión. Lo que hizo mal fue no haber hecho el bien. Muchas veces nosotros estamos también convencidos de no haber hecho nada malo y así nos contentamos, presumiendo de ser buenos y justos. Pero, de esa manera corremos el riesgo de comportarnos como el siervo malvado: tampoco él hizo nada malo, no destruyó el talento, sino que lo guardó bien bajo tierra. Pero no hacer nada malo no es suficiente, porque Dios no es un revisor que busca billetes sin timbrar, es un Padre que sale a buscar hijos para confiarles sus bienes y sus proyectos (cf. v. 14). Y es triste cuando el Padre del amor no recibe una respuesta de amor generosa de parte de sus hijos, que se limitan a respetar las reglas, a cumplir los mandamientos, como si fueran asalariados en la casa del Padre (cf. Lc 15,17).
El siervo malvado, a pesar del talento recibido del Señor, el cual ama compartir y multiplicar los dones, lo ha custodiado celosamente, se ha conformado con preservarlo. Pero quien se preocupa sólo de conservar, de mantener los tesoros del pasado, no es fiel a Dios. En cambio, la parábola dice que quien añade nuevos talentos, ese es verdaderamente «fiel» (vv. 21.23), porque tiene la misma mentalidad de Dios y no permanece inmóvil: arriesga por amor, se juega la vida por los demás, no acepta el dejarlo todo como está. Sólo una cosa deja de lado: su propio beneficio. Esta es la única omisión justa.
La omisión es también el mayor pecado contra los pobres. Aquí adopta un nombre preciso: indiferencia. Es decir: «No es algo que me concierne, no es mi problema, es culpa de la sociedad». Es mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, es cambiar de canal cuando una cuestión seria nos molesta, es también indignarse ante el mal, pero no hacer nada. Dios, sin embargo, no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien.
Entonces, ¿cómo podemos complacer al Señor de forma concreta? Cuando se quiere agradar a una persona querida, haciéndole un regalo, por ejemplo, es necesario antes de nada conocer sus gustos, para evitar que el don agrade más al que lo hace que al que lo recibe. Cuando queremos ofrecer algo al Señor, encontramos sus gustos en el Evangelio. Justo después del pasaje que hemos escuchado hoy, Él nos dice: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Estos hermanos más pequeños, sus predilectos, son el hambriento y el enfermo, el forastero y el encarcelado, el pobre y el abandonado, el que sufre sin ayuda y el necesitado descartado. Sobre sus rostros podemos imaginar impreso su rostro; sobre sus labios, incluso si están cerrados por el dolor, sus palabras: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). En el pobre, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y, sediento, nos pide amor. Cuando vencemos la indiferencia y en el nombre de Jesús nos prodigamos por sus hermanos más pequeños, somos sus amigos buenos y fieles, con los que él ama estar. Dios lo aprecia mucho, aprecia la actitud que hemos escuchado en la primera Lectura, la de la «mujer fuerte» que «abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre» (Pr 31,10.20). Esta es la verdadera fortaleza: no los puños cerrados y los brazos cruzados, sino las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor.
Ahí, en los pobres, se manifiesta la presencia de Jesús, que siendo rico se hizo pobre (cf. 2 Co 8,9). Por eso en ellos, en su debilidad, hay una «fuerza salvadora». Y si a los ojos del mundo tienen poco valor, son ellos los que nos abren el camino hacia el cielo, son «nuestro pasaporte para el paraíso». Es para nosotros un deber evangélico cuidar de ellos, que son nuestra verdadera riqueza, y hacerlo no sólo dando pan, sino también partiendo con ellos el pan de la Palabra, pues son sus destinatarios más naturales. Amar al pobre significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales.
Y nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo. Sólo esto dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece. Hoy podemos preguntarnos: «¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?». Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo. Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y «el que acumula tesoro para sí» no se hace «rico para con Dios» (Lc 12,21). No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Que el Señor, que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos, nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos.
Raúl Cabrera - SPC

CON LAS CARTAS EN LA MANO por Javier Leoz


“Difícil, pero no imposible” Es una frase que, aun por repetida, no deja de ser iluminadora de una gran verdad: quien la sigue, la consigue. Imposible resulta alcanzar la montaña más alta del mundo (el Everest) si, de antemano, el montañero se esconde y se queda conforme en el collado más pequeño… al lado de la llanura.

1. Y es que, el Señor, nos ha dado gran capacidad para salir de nosotros mismos. Para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. ¿Por qué nos asustan esos grandes picos donde, la fe, todavía no ha prendido con fuerza? ¿Por qué preferimos quedarnos al lado de los evangelizados y no salir al encuentro de los que aún no conocen la fuerza reveladora de Cristo?
Interrogantes que, junto a otros muchos, sólo esperan una respuesta: ¡Dios me ha dado mucho o poco y, por lo tanto, he de devolverle con creces tantas gracias que puso dentro de mí!

2.- Cobardía y miedo son dos grandes enemigos que intentan paralizar nuestra vida cristiana. Pero, la ausencia física del Señor, reclama nuestra responsabilidad. ¿Qué estamos dispuestos a hacer por El? ¿Qué talentos están produciendo nuestras familias cristianas que han sido regadas con el sacramento del Bautismo y que, constantemente, son beneficiadas con multitud de gracias sacramentales? ¿Respondemos con generosidad a tantos regalos por parte de Dios y de la Iglesia misma?

3.- Debemos y mucho a Dios. Pero, por las circunstancias en las que nos encontramos, creemos que todo se lo debemos al hombre, al progreso, a la sociedad, a los amigos, al golpe de suerte (o incluso al horóscopo que nos predecía nuestro futuro inmediato)…y olvidamos saldar cuentas, o decir “gracias”, a Aquel que ha confiado tanto en nosotros y ha puesto un inmenso capital divino en nuestras entrañas: Dios.

--Seamos agradecidos. Miremos un poco a nuestro foro interno. ¿Cuántas de los proyectos que hemos iniciado no se deben a la mano de Dios? ¿Cuántas cartas hemos tenido en la mano y, a la hora de jugar, lo hemos hecho pensando más en nosotros que en los demás, mirando más al mundo que pensando en Dios?

--Jugar en limpio. He ahí el dilema también de nuestra vida cristiana. En limpio y con las cartas que Dios nos ha dado. Porque no solamente hay que jugarse la vida por Dios (a veces con mínimos y otras con índices de heroicidad), también lo hemos de hacer nítidamente. Sabedores de que, al final, el Señor quiere recoger algo de aquello que nos confió. ¿Le daremos espinas y no frutos? ¿Tal vez sólo intereses y no parte de la fortuna que le corresponde? ¿Sólo justificaciones de nuestra debilidad y no valentía en nuestro actuar?

--No nos crucemos de brazos. No tengamos temor a que, en la bolsa de los valores del mundo, no se evalúen demasiado las acciones del Reino de los Cielos. Entre otras cosas, y por muchas razones, porque al final lo único que permanece y se mantiene en alza son las valías eternas; aquellas que no caducan, que trascienden todo, que lo superan todo y que se convierten en bonos de salvación.


4.- 

 ¡TENGO TANTO MIEDO, SEÑOR!

De invertir tiempo, ideas y sudor,
esfuerzo e ilusión, y como respuesta
encontrar sólo el vacío o la  incomprensión.
¿Por qué me has dado tanto, Jesús?
Con menos talentos divinos,
se vive la vida más fácilmente y  mejor
Con más comodidad y sin tantos  riesgos

¡TENGO  TANTO MIEDO, SEÑOR!

De no estar a la altura que Tú me  marcas
de no dar la talla en el campo de  batalla:
en la familia, o en el trabajo
en la enfermedad o en la salud
en la palabra o en la obra

¡TENGO  TANTO MIEDO, SEÑOR!

De gastar por el camino lo que Tú me  has dado
aquello que pienso que es mío y no  tuyo
De quemarme por brindarme y  ofrecerme
o cansarme de sembrar sin recoger  nada a cambio

¡TENGO  TANTO MIEDO, SEÑOR!

De que regreses y, tu fortuna, la  encuentres mal empleada
por mi falta de valentía o audacia
por mi cobardía o desinterés
por mi timidez o mi falta de  seguridad

¡CUÁNTO  MIEDO TENGO, SEÑOR!

De no invertir mi vida como, Tú en  la cruz, lo hiciste:
con silencio, grandeza y dolor
con perdón, humildad y sacrificio
con fe, esperanza o misericordia

¡CUÁNTO  MIEDO TENGO, SEÑOR!

De mirarme a mí mismo,
y viendo lo mucho que me has dado
creer que no merece la pena  arriesgarlo todo:
por Dios y por el hombre
por la Iglesia y por el mundo
por mis hermanos y por mí mismo

¡CUÁNTO  MIEDO TENGO, SEÑOR!

Que vengas…y me pilles con el pie  cambiado
lejos de tus caminos y, con mis  talentos,
sin haberlos utilizado a fondo.


Betania

ENCUENTROS CON LA PALABRA por HERMANN RODRÍGUEZ SJ. “(...) a cada uno según su capacidad”


Hace unos días me llegó este mensaje por el correo electrónico: “Aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que ese era el último día de su vida. Me aproximé y le dije: – ¡Buen día, abuelo! Él extendió su silencio. Me senté junto a su sillón y luego de un misterioso instante, exclamó: – ¡Hoy es día de inventario, hijo! – ¿Inventario? – pregunté sorprendido. – Si... ¡El inventario de las cosas perdidas! – me contestó con cierta energía y no sé si con tristeza o alegría. Y prosiguió: – En el lugar de donde yo vengo las montañas quiebran el cielo como monstruosas presencias constantes. Siempre tuve deseos de escalar la más alta, nunca lo hice, no tuve tiempo ni la voluntad suficiente para sobreponerme a mi inercia. Recuerdo también a Mara, aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo, sin yo saberlo. ¿Sabes algo? También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero mis padres no pudieron pagarme los estudios. Además, el trabajo en la carpintería de mi padre no me permitía viajar. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas! Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se humedecieron sus ojos. Y continuó: – En los treinta años que estuve casado con Rita, creo que sólo cuatro o cinco veces le dije: "Te amo". Luego de un breve silencio, regresó de su viaje mental y mirándome a los ojos me dijo: – Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo.
Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo y casi divertido: – ¿Sabes qué he descubierto en estos días? – ¿Qué, abuelo? Aguardó unos segundos y no contestó. Sólo me interrogó nuevamente: –¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre? La pregunta me sorprendió y sólo atine a decir, con inseguridad: – No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle mal. ¿Tener malos pensamientos, tal vez? Su cara reflejaba una negativa. Me miró intensamente, como marcando el momento y en tono grave y firme me señaló: – El pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.
Al día siguiente regresé temprano a casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas. El expresarnos nos deja muchas satisfacciones, así que no tengas miedo, y procura hacer lo que sabes que es bueno... antes de que sea demasiado tarde. Dile a ese ser: "Te amo, perdóname, me equivoqué”. Dile a Él: “Me arrepiento, Señor, por favor perdóname".
Muchas veces nos quedamos mirando a los que recibieron más, o a los que recibieron menos... Las monedas que hemos recibido, no son para guardarlas en un hoyo, sino para hacerlas producir, en la medida de nuestras capacidades. Carpe diem, decían los antiguos… Hay que aprovechar el día, cada día y hacer lo que tenemos que hacer.
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Encuentros con la Palabra
RD

Búsqueda creativa por José Antonio Pagola


A pesar de su aparente inocencia, la parábola de los talentos encierra una carga explosiva. Es sorprendente ver que el tercer criado es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su único error consiste en no hacer nada: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro.
El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.
El gran pecado de los seguidores de Jesús puede ser siempre el no arriesgarnos a seguirlo de manera creativa. Es significativo observar el lenguaje que se ha empleado entre los cristianos a lo largo de los años para ver en qué hemos centrado con frecuencia la atención: conservar el depósito de la fe; conservar la tradición; conservar las buenas costumbres; conservar la gracia; conservar la vocación...
Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa, asegurar la pertenencia a la Iglesia... Todo puede ser explicable, pero, ¿no es con frecuencia una manera de desvirtuar el Evangelio y congelar la creatividad del Espíritu?
Para los dirigentes religiosos y los responsables de las comunidades cristianas puede ser más cómodo "repetir" de manera monótona los caminos heredados del pasado, ignorando los interrogantes, las contradicciones y los planteamientos del hombre moderno, pero ¿de qué sirve todo ello si no somos capaces de transmitir luz y esperanza a los problemas y sufrimientos que sacuden a los hombres y mujeres de nuestros días?
Las actitudes que hemos de cuidar hoy en el interior de la Iglesia no se llaman "prudencia", "fidelidad al pasado", "resignación"... Llevan más bien otro nombre: "búsqueda creativa", "audacia", "capacidad de riesgo", "escucha del Espíritu", que todo lo hace nuevo.
Lo más grave puede ser que, lo mismo que el tercer criado de la parábola, también nosotros creamos que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando en realidad estamos defraudando sus expectativas. El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sino aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.
33 Tiempo ordinario - A
(Mateo 25,14-30)
19 de noviembre 2017

José Antonio Pagola
Buenas Noticias
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