En la primera lectura se presenta a Amós, quien reconoce que no es profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos; no es de casta distinguida, pero el Señor lo quitó de pastorear el rebaño, como hará con David, y lo envió: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel” (Am 7, 15).
En el Evangelio que se proclama este domingo, aparece Jesús enviando a los Doce en unas condiciones menesterosas: sin pan, ni alforja, ni dinero, ni túnica de repuesto, pero con autoridad sobre los malos espíritus, con bastón y sandalias (cf Mc 6, 7-9).
Por las referencias bíblicas señaladas se constata que Dios sigue llamando a quienes constituye en mediaciones para anunciar la conversión, y para que se manifieste de dónde les viene la fuerza, tanto Amós como los Apóstoles experimentan por una parte la debilidad y por la otra, la fuerza del Señor.
El salmo, como nexo interleccional, indica la actitud necesaria y adecuada ante la posibilidad de la llamada y del envío que Dios quiera comunicarnos: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”, con la confianza en la providencia y en la respuesta fecunda: “El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto” (Sal 84).
En este contexto, te invito a que personalices la segunda lectura, de la carta de San Pablo a los Efesios, en la que se nos explicitan los beneficios recibidos de la creación, de la redención y de la santificación, y tomes la decisión confiada que te sugiere.
Dios te ha elegido en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que seas santo e irreprochable ante Él por el amor. Te ha destinado a ser su hijo. Has recibido la redención, el perdón, los tesoros de su gracia. Has sido marcado por el Espíritu Santo (cf. Ef 1, 3-14).
No importa que no lleves pan, Cristo se ha ofrecido como Pan de vida; ni que no lleves túnica de repuesto, Jesús nos dejó la suya al pie de la cruz. No te importe no llevar dinero, el mayor tesoro es la confianza interior y la certeza de la Providencia. La mejor alforja es la que cada día te dispone el Señor con su promesa de acompañamiento. Apóyate en el bastón de la cruz, y cálzate con las sandalias del amor. Recuerda que el padre de la parábola entrega al hijo pequeño túnica, sandalia, anillo, y le ofrece un banquete. Nunca ganaremos a Dios en generosidad.
Angel Moreno
Buenafuente del Sistal.
Ciudad Redonda
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