El Papa afirmó que "con la muerte se concluye la experiencia terrena, pero a través de la muerte se abre también para cada uno de nosotros, más allá del tiempo, la vida plena y definitiva. (...) Para los creyentes, el encuentro del moribundo con la Fuente de la Vida y del Amor representa un don que tiene un valor para todos, que enriquece la comunión de todos los fieles". En este sentido, subrayó que además de los parientes próximos, toda la comunidad ligada a la persona que muere debería participar en los últimos momentos de su existencia. "Ningún creyente -dijo- debería morir en la soledad y en el abandono".
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