La Iglesia Católica de Japón, con sus Obispos a la cabeza, inició y prosiguió la Causa de Beatificación de un grupo de mártires del siglo XVI, que representan a toda la sociedad japonesa. Este grupo de 188 Mártires serán beatificados, en Nagasaki (Japón), el 24 de noviembre de 2008. Entre estos 188 mártires, hay jóvenes y ancianos, niños que ofrecieron su vida junto con sus padres, familias enteras, hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y laicos. Este grupo de mártires, según el deseo de la Iglesia de Japón, es un modelo a seguir por todos los cristianos japoneses, que verán en ellos la realización de su vida de fe.
En este grupo hay representantes de todas las regiones de Japón. Entre ellos hay cuatro sacerdotes: Pedro Kibe, Julián Nakaura, Tomás Kintsuba Jihyoe, y Yuuki Ryosetsu. El P. Pedro Kibe, que es como el líder de todo el grupo, era jesuita, que había cruzado el continente hasta llegar a Roma y, después de ser ordenado sacerdote allí, volvió a Japón para ayudar a sus compatriotas perseguidos durante 9 años, hasta que fue apresado y martirizado en el tormento de la fosa (con la cabeza bajo tierra y los pies colgados de unos postes). El P. Julián Nakaura, también jesuita, había sido uno de los cuatro jóvenes que habían sido enviados a Roma para visitar al Papa, en nombre de todos los católicos de Japón, en 1582. Después de ser abrazado por el Papa, volvió a Japón, entró en la Compañía de Jesús en la que fue ordenado sacerdote, y dedicó su vida a confortar a los cristianos perseguidos, hasta que murió martirizado también en el tormento de la fosa, en Nagasaki. El P. Kintsuba era agustino, que había sido ordenado sacerdote en Manila, y volvió a Japón para ayudar a sus hermanos de Nagasaki en la persecución. Tenía una habilidad especial para ocultar a los cristianos perseguidos, hasta el punto de que los perseguidores llegaron a creer que tenía poderes sobrenaturales. Finalmente, él también fue martirizado. El P. Yuuki era también jesuita, perteneciente al clan de los Ashikaga, una familia de la nobleza, que dio también su vida por la fe. Junto a estos sacerdotes hay también un hermano jesuita, Nicolás Keian.
Entre las familias martirizadas, las hay de personas mayores que, ante la falta de sacerdotes, habían confortado a otros fieles en la fe. Familias también formadas por jóvenes con sus niños pequeños, como la de Hashimoto en Kyoto, que animaban a sus hijos pequeños a seguirles firmes en la fe que les habían enseñado siempre, hasta dar la vida por Jesucristo. Estos niños murieron agarrados a sus padres en medio de las llamas del fuego que los consumía. Estas familias, ante la proximidad del martirio, se animaban unas a otras para guardar su fe hasta el final, sin doblegarse ante los tormentos.
En este grupo hay también catequistas, que en distintas iglesias de Japón supieron testimoniar con la entrega de sus vidas lo que habían enseñado a los otros en la catequesis. El papel de los laicos en la Iglesia es algo que en Japón se ha vivido siempre: la falta de sacerdotes ha hecho que auténticos seglares cristianos hayan sentido la responsabilidad de formar a otros y ayudarles a mantener su fe en medio de las dificultas, hasta llegar a dar la vida por ella. Así lo hicieron muchos de este grupo de mártires. Muchos de este grupo de 188 mártires eran laicos entregados al servicio de la Iglesia. Este grupo de mártires es un ejemplo para ver el papel que los laicos tienen en la Iglesia Católica.
La importancia que la familia tiene en la conservación y transmisión de la fe en Cristo es algo que queda patente en este grupo de 188 mártires japoneses. Las familias cristianas japonesas han sido, desde el siglo XVI, los verdaderos transmisores de la fe a sus hijos y a los demás familiares. Y dentro de la familia, el papel de la mujer brilla de un modo especial entre estos mártires: ellas eran las que muchas veces infundían una fuerza increíble en aquellos que las veían dar la vida con una fortaleza increíble.
En esta época de la globalización, es necesario presentar el Evangelio como un medio de vida que abarca a todos. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, sacerdotes y laicos, todos tienen cabida en esta Fe cristiana, hasta el punto de llenar el corazón de fortaleza que sea capaz de entregar la vida por defenderla y testimoniarla ante el mundo entero. Este grupo de 188 mártires japoneses son un ejemplo incomparable para todos.
Fernando G.ª Gutiérrez, S. J.
Jesuitas de Andalucía y Canarias
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