Monday, October 27, 2008

Al término del Sínodo sobre la Palabra de Dios, el Papa anuncia su viaje a África

El anuncio realizado ayer de la próxima visita de Benedicto XVI a Camerún y Angola en marzo de 2009 es una excelente noticia para la Iglesia africana. Personalmente, tuve la suerte de seguir muy de cerca la vista de Juan Pablo II a Uganda en 1993 y pude comprobar cómo fue un verdadero “confirmar en la fe a sus hermanos”, como corresponde al ministerio de Pedro.


Este anuncio se ha realizado al término del Sínodo de los obispos sobre la Palabra de Dios, que ha terminado –entre otras conclusiones- con un llamamiento a un mayor protagonismo de los laicos por lo que se refiere a la predicación del Evangelio. En este sentido, muchas comunidades cristianas africanas tendrían mucho que enseñar a nuestras iglesias de vieja tradición. Creo que no es exagerado afirmar que en la mayor parte de las parroquias en países africanos la transmisión y la vivencia de la fe día a día se hace gracias a los laicos, particularmente a los catequistas.


En muchas ocasiones, esto se debe a la escasez de clero. En las cuatro parroquias en las que yo trabajé durante mis 20 años en el norte de Uganda teníamos entre 50 y 70 comunidades rurales que seguir, una tarea imposible para dos o tres sacerdotes si no fuera por el entusiasmo que derrochan los catequistas y otros líderes laicos, los cuales dan catequesis, visitan las familias, animan pequeñas comunidades de base y dirigen la oración dominical. Pero también se debe al hecho de que, desde los comienzos de la evangelización, los misioneros apostaron fuertemente por los laicos. En Uganda, por ejemplo, la fe creció y se fortaleció gracias a la sangre de los 22 jóvenes que fueron martirizados entre 1885 y 1886 por negarse a abandonar su fe ante un rey que veía cómo el nuevo mensaje cuestionaba su autoridad y sus modos de vida tradicionales. En el Norte de Uganda, dos jóvenes catequistas –Daudi Okelo, de 16 años, y Jildo Irwa, de 15- derramaron también su sangre en 1917 por predicar el evangelio en medio de un ambiente de esclavismo, violencia y peligros. A pesar de las advertencias de los misioneros, no quisieron abandonar su puesto en el poblado de Paimol, a donde pidieron ir nada más ser bautizados. “¿No nos habéis enseñado que tenemos que estar dispuestos a morir por Jesucristo?”, respondieron a los sacerdotes italianos que intentaron sacarlos de allí ante el peligro que corrían sus vidas. Juan Pablo II los beatificó en el años 2002.


Como suele suceder siempre, las circunstancias históricas explican muchas cosas. En África, los misioneros llegaron en el siglo XIX y a principios del XX con el catecismo –que se apresuraron a traducir a las lenguas locales- no con la Biblia, que era más el libro de los protestantes. Sin embargo, poco a poco llegaron las traducciones, primero del Nuevo Testamento, más tarde de la Biblia completa, a menudo en versiones conjuntas con otras confesiones cristianas, lo que ha facilitado el entendimiento entre cristianos de distintas iglesias. Este “revival” bíblico, sin embargo, ha llegado algo tarde y no ha podido impedir que las sectas evangelistas se ceben en cristianos con pocos conocimientos bíblicos que reciben la Biblia como un recetario de soluciones inmediatas a problemas cotidianos extraordinariamente complicados.


Y cuando la gente de a pie en África tiene acceso directo a la Palabra de Dios, ellos –los que comen una vez al día, escapan de guerras y sufren epidemias- tienen una poderosa intuición para captar detalles profundos que a menudo se escapan a un clero con frecuencia demasiado alejado de la realidad. Aún me río cuando me acuerdo de un sacerdote ugandés que tras largos años de estudios en Alemania (donde realizó una tesis doctoral sobre el filósofo Emmanuel Kant), aterrizó en un pueblecito donde predicaba a sus descalzos aldeanos poniendo como ejemplos las autopistas de peaje o los ascensores de los rascacielos. Huelga decir que duró poco allí, y terminó de canciller en el obispado, donde rellenaba papeles sobre casos de matrimonios, cuya problemática no entendía ni por el forro.


Cuando los laicos en África entran en contacto con la Biblia, a menudo la entienden mucho mejor que un clero demasiado alejado de la realidad. Cuando Jesús dice “no andéis preocupados por qué comeréis o cómo vestiréis”, esta frase la entiende mucho mejor una persona que literalmente sólo tiene un puñado de maíz y algunas verduras secas para comer ese día él y su familia, y hace años que no se compra una camisa porque el poco dinero que tiene no le alcanza para sustituir las únicas dos vestimentas remendadas de las que dispone. Uno de los momentos que no se me olvidarán nunca fue un día en que oí predicar a un laico sobre la vista de Jesús a Marta y María. Para aquel hombre estaba claro. A él, como a todos sus oyentes debajo del árbol donde rezaban, sus padres le habían enseñado que cuando un huésped viene se deja lo que uno tiene entre manos en aquel momento y se sienta con él para escucharle y charlas sin prisas. Sin duda, el Evangelio le decía más que su párroco europeo, siempre con prisas y sin tiempo para escuchar a nadie.


José Carlos Rodríguez
Del blog "En clave de África"
Periodista Digital

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