Sunday, April 20, 2014

Volver a Galilea por José Antonio Pagola


Los evangelios han recogido el recuerdo de tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos. El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.
No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.
Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: “Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?
En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de “resucitar” nuestra fe.
A orillas del lago de Galilea, empezó Jesús a llamar a sus primeros seguidores para enseñarles a vivir con su estilo de vida, y a colaborar con él en la gran tarea de hacer la vida más humana. Hoy Jesús sigue llamando. Si no escuchamos su llamada y él no “va delante de nosotros”, ¿hacia dónde se dirigirá el cristianismo?
Por los caminos de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos, cuanto antes, a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.
Si volvemos a Galilea, la “presencia invisible” de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su “presencia silenciosa” recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento.
José Antonio Pagola
20 de abril de 2014
Pascua de Resurrección (A)
Mateo 28, 1- 10
Buenas Noticias

Encuentros con la Palabra por Hermann Rodríguez S.J. “No tengan miedo”


El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados, apoyados, respaldados, afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.
Recuerdo una historia que me contó alguna vez el Padre Luis Carlos Herrera: “Viajando de Lima a Río de Janeiro una noche de junio, se desató de improviso una tempestad entre las nubes densas del Mattogrosso. Temblaba como una hoja el gigantesco aparato, en medio de fogonazos y relámpagos que causaban revuelo y nerviosismo entre todos los pasajeros. Yo leía El Relato de un Náufrago de García Márquez. Permanecí tranquilo en un primero momento, pero no fui capaz de seguir la lectura... Una niña, a mi lado, leía con pasmosa serenidad, recostada en su silla. Ni siquiera se ajustó el cinturón. Al arreciar la tormenta, le dijo la azafata: «¡Ponte el cinturón! ¿No te das cuenta del peligro en el que estamos en estos momentos?» La niña cerró el libro y dijo con tono sosegado: «Papá es el piloto. ¡Tranquila, señora, que él maneja muy bien!» Recordé las palabras de Jesús en la tormenta del lago: «¡Hombres de poca fe!» Al llegar a Río, al amanecer, no hubo ningún contratiempo. Bajamos apresurados la escalerilla... y vimos el abrazo y el beso de felicitación que la niña daba a su padre. Emocionados aplaudimos el hecho”.
“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.
Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, llenas de miedo, pero con mucha alegría por la noticia que habían acabado de recibir, se encontraron con el Resucitado, que les dijo casi lo mismo: “– No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán”. Tal vez este sea el mensaje más importante que nos trae la Pascua: “No tengan miedo”. No se dejen vencer por las dudas, por la desconfianza, por el temor. Jesús se hará presente en su vida ordinaria, en la cotidianidad de Galilea. Jesús estará junto a nosotros en el trabajo, en la vida de familia, en el encuentro con la misión. Las situaciones que vivimos, muchas veces nos pueden llenar de miedo, pero la presencia del resucitado nos invita a confiar en su presencia constante. No podemos olvidar nunca que «Papá es el piloto y él maneja muy bien».
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Encuentros con la Palabra
RD

Comentario al Evangelio por Javier Leoz. ¿ENCERRADOS? ¡DE NINGÚN MODO!



¿ENCERRADOS? ¡DE NINGÚN MODO!

Por Javier Leoz

1.- Hermanos, seguimos celebrando la alegría y el gozo inmenso de la Vigilia Pascual: ¡Ha resucitado el Señor! ¡Aleluya! ¡Feliz Pascua 2014! ¡El Señor ha pasado de la muerte a la vida! ¡Aleluya! ¿Acallar todo esto y dejar el protagonismo al Viernes Santo? ¡De ningún modo! ¡Puede más el sepulcro abierto que cruz teñida de sangre!

Hoy, amigos, con la Resurrección de Cristo, esta mañana nos trae una gran alegría: el día eterno que estamos llamados a disfrutar todos. Estamos alegres porque, la victoria de Cristo, nos trae una forma nueva a la hora de entender y comprender el mundo, las personas, la vida, el amor, la justicia, etc.

Para vivir esta realidad, como el discípulo, hemos de aventurarnos y asomarnos al sepulcro. Es decir; si tenemos ojos para tantas cosas del mundo, ¡cómo no los vamos a tener para asombrarnos ante el acontecimiento de la Pascua de Resurrección!

¿Qué existe el dolor? ¿Qué nos sacuden sucesos que enturbian nuestra felicidad? ¿Qué no todo marcha bien? ¡Por supuesto! Pero, la Resurrección de Cristo, nos da la fuerza necesaria para dar luz a esas situaciones. La Resurrección de Cristo no nos resuelve de un plumazo todo aquello que atenta a nuestro bienestar, pero nos sitúa por encima para que seamos capaces de enfrentarnos y darle solución.


2.- En este día de Pascua damos gracias a Dios por tres cosas fundamentalmente:

Primero: porque su Resurrección es motivo de esperanza. Porque el horizonte de nuestra existencia, con la claridad de la Pascua, se hace más risueño, creativo, emprendedor y –sobre todo- invitados a disfrutar lo que Jesús para nosotros conquista: la vida de Dios.

Segundo: su Resurrección es una razón para cambiar en aquello que haga falta. La cuaresma, entre otras cosas, pretendía generar en nosotros un cambio y a mejor. ¿Lo hemos conseguido? ¿Cómo está nuestra oración? ¿Nuestra relación con los demás? ¿Nuestra vida personal? A la luz de la Pascua, queridos amigos, se ve más necesario que nunca un cambio de actitudes y de forma de ser. A Pascua reluciente, vida resplandeciente. Ojala alejemos de nosotros aquello que nos impide ser “pascuas” nuevas. Es decir; pasos convencidos, abiertos, generosos, comprensivos, perdonadores, orantes, etc.

Tercero: su Resurrección nos empuja a dar testimonio de su presencia real y misteriosa. No nos podemos quedar enganchados a la cruz, ni entre sollozos recogidos en el sepulcro. Nuestra vivencia de la Pascua nos hace saltar de alegría y, sobre todo, conscientes de una gran misión y de un gran pregón: ¡Ha resucitado! Desde luego, un cristianismo de segunda, temeroso, vergonzante y tímido no es el fruto de la Pascua.


3.- El abrir los ojos y contemplar el sepulcro vacío implica, además, llenar el corazón de la presencia de Cristo Resucitado. ¿Seremos capaces de transmitir la gran verdad de nuestra fe en todos nuestros ambientes? Hoy, en millones de campanarios, voltearán enloquecidas las campanas que anuncian la Resurrección de Aquel que es su Señor. ¿Voltearán nuestras gargantas? ¿Sonarán nuestras voces? ¿Expresarán nuestros cantos el meollo y el núcleo de nuestra fe cristiana? Sí, amigos, es el momento de acabar de hacer preguntas. Lo que hemos visto y oído en estos días de la Semana Santa ha acabado en un final feliz (iba a decir casi en un final de película donde vence el bueno). Pero ahora falta el final. Y, en ese final, vemos que la muerte ya no es el final del camino. Y que, por lo tanto, en ese “no final” Jesús nos ha metido a todos nosotros para que tengamos vida y en abundancia. ¿La recogemos?

Quedarán guardados (en museos y estancias especiales) los conjuntos escultóricos de la Semana Santa pero lo que nunca puede quedar en el olvido es lo que Cristo nos ha conseguido: ¡VIDA PARA TODOS! ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!


4.- ¡ABRÉME LOS OJOS, SEÑOR!

También yo, en el amanecer de esta jornada

con el alma atenazada por la penumbra

pero con el corazón inquieto

me he acercado hasta el lugar donde creía y me dijeron

se encontraba tu cuerpo amarrado entre vendas, sudarios

o desfigurado por los sucesos de estos últimos días.

Más, cual ha sido mi sorpresa, Señor,

cuando al cruzarme con María Magdalena

con Simón Pedro y con Juan

me han dicho que, no tenga prisa,

que tu losa no está ya ni sellada ni centrada

que la piedra de tu sepulcro se encuentra movida

y que abra bien los ojos para la gran sorpresa que me espera



¡ABREME LOS OJOS, SEÑOR!

Pues quiero verte para nunca más perderte

Porque, después de avanzar hasta tu sudario

necesito certezas para comprender

y gritar al mundo que ¡Creo! ¡Creo! ¡Y mil veces creo!

Que has vuelto para devolvernos vida abundante

Que, a partir de hoy, la asignatura difícil de la muerte

ha sido resuelta y superada por el Maestro que más enseñó

con palabras de amor y con gestos de humildad

con milagros y promesas felizmente cumplidas.



¡ABREME LOS OJOS, SEÑOR!

Quiero, sin temor ni temblor,

y aunque algunos me digan lo contrario

asomarme y ver el vacío que tu triunfo

sobre la muerte ha dejado.

Quiero, con la emoción de los discípulos

y de la mano de Santa María Virgen

comprender y creer que, era cierto,

¡Has resucitado! ¡Lo has hecho por nosotros!


¡ABREME LOS OJOS, SEÑOR PARA VERTE Y NUNCA PERDERTE!

Betania

Comentario al Evangelio por José María Vegas, cmf. Ya amanece, aunque aún está oscuro


Ya amanece, aunque aún está oscuro

Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela porque queríamos ver la luz, asistir al amanecer de la nueva creación. Pero, ¿quién nos ha avisado que debíamos permanecer en vela?
Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.
María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, que sobrevive a la  muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.   
La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.
De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.
El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.
El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).
Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén,; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).
En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.
El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3), a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2), que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.
Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.
No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”
Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.
Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.
Pero hoy nos invita a meditar sobre la propia fe, tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos (volver a Emaús), alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida. 
El mensaje de la Pascua nos dice que, pese a los muchos signos de muerte, es posible “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo! María Magdalena, el discípulo amado, Pedro, miles de generaciones de cristianos nos han transmitido la posibilidad de hacer también nosotros esta experiencia vida.  

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.
Ciudad Redonda

La alegría de soñar - Pascua de Resurrección, Ciclo A



El Equipo Eucaristía y la Editorial Verbo Divino promueven "Quiero ver": una presentación diferente para cada domingo y festividades del año.

Resucitó el Señor - Cristóbal Fones, Sj

Comentario al Evangelio por José María Maruri S.J. DIOS HA CREADO AL HOMBRE PARA LA VIDA INACABABLE



DIOS HA CREADO AL HOMBRE PARA LA VIDA INACABABLE

Por José María Maruri SJ

1.- Andamos a hachazos con los tabúes. Somos hombres libres, no podemos permitir tabúes que nos hagan seres reprimidos y hemos arremetido con el tabú del sexo, destrozando la dignidad humana y la familia. Y el tabú del porro y la droga. Queremos echar atrás y no podemos. Y el tabú de padres y maestros, y cada vez es más fuerte la autoridad policial.

Pero hay un tabú del que nadie se atreve hablar: la muerte. Porque sólo hablar de él nos transforma en seres reprimidos. Se habla de apresurar la muerte, mediante la eutanasia, de aquellos que son “inútiles”. Se les pone cuanto antes bajo la pesada losa del tabú de la muerte, sin librarles de él.


2.- Sólo ha habido un hombre en la Historia que se ha atrevido a hablar contra el tabú de la muerte. Es aquel que se ha llamado a sí mismo: Verdad y Vida, Resurrección y Vida. El que ha prometido Vida Eterna al que cree en Él. Él es el único que nos puede prometer que esta vida nos conducirá, a través de la muerte, a otra Vida Inacabable. Él mismo pasó por esa experiencia.

A lo largo del Viernes Santo todo se va oscureciendo. Va perdiendo luz y vida:

—Desaparece el flash de los milagros.

—Desaparecen los gritos alegres de los que proclamaban Hijo de David.

—Con los tormentos, la humanidad de Jesús va perdiendo colorido.

—Los soldados oscurecen sus ojos vendándolos con un trapo.

—En el Calvario el sol se oscurece.

—Y llegan las tinieblas definitivas a la oscuridad de un sepulcro abierto en piedra. Cerrado como una losa y sellado.


3.- Jesús no escamotea. La muerte la pasa y la vence. No nos enseña a morir dignamente, sino a convertir esa misma muerte en un paso entre dos vidas. Un puente que une la orilla de la vida mortal con la vida eterna. Al transformar esa muerte en el mero traqueteo del tren cuando entra en agujas de la estación eterna y definitiva de esa tierra nueva que no acaba. Una muerte que simboliza la transformación del grano de trigo en una maravillosa cosecha. Transformación de un gusano de seda en una maravillosa mariposa llena de vida.


4.- Por eso, ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

—No es en el sepulcro.

—No es en la oscuridad.

—No es en la tristeza.

—en caras largas.

—No es todo lo que paraliza al hombre donde el Señor Dios está.

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.


5.- A Dios se le encuentra. No en la inmovilidad del cadáver, sino en la agitación de aquellas mujeres que corren a dar la buena noticia a los Apóstoles.

--A Dios lo encuentra María no dentro del sepulcro sino en medio de una explosión de flores y plantas en el jardín.

--A Dios se lo tropiezan los caminantes de Emaús al aire libre cuando van deprisa siguiendo su camino.

--A Dios lo palpan los Apóstoles en una reunión de hermanos en el cenáculo y no en la soledad de la tumba.

Es en medio de la vida donde está Dios. Como siempre estuvo Jesús en el bullicio del templo o en banquetes de amigo, que por eso le llamaron comilón y borracho. Dios quiere la felicidad del hombre y lo ha creado, no para la muerte, sino para la vida.


6.- Este es el mensaje de la Resurrección: en la muerte hay vida:

—Como en la muerte de la semilla está la fecundidad de una planta.

—Como la explosión de una estrella en el espacio produce luz para millones de años.

Tanto en la muerte de Jesús, como en la nuestra, hay una explosión de vitalidad que tiende al infinito.


6.- Si creemos esto, entonces ¿a qué vienen esas caras? ¿Por qué nos aburre ser cristianos? ¿Por qué quisiéramos no haber tenido Fe? ¿Por qué llevamos a rastras nuestra vida cristiana?

Vida es movimiento que nace dentro. El canto rodado de los ríos se mueve porque le empujan. Eso no es vida. Vida es la del salmón que nada contracorriente para dejar, allá en lo alto, un nuevo principio de vida. ¿Nos movemos o nos arrastran? ¿Vivimos como peces en pecera respirando con dificultad para amanecer una mañana, panza arriba, sin vida?

Betania

ORACIÓN: OJOS PASCUALES Escrito por Florentino Ulibarri



¿Quién me dará unos ojos
vivos,
despiertos,
profundos,
alegres,
limpios,
hondos,
claros
y transparentes?

¿Quién me dará unos ojos
abiertos,
sabios,
honestos,
atentos,
llorosos,
prudentes,
tiernos
y acogedores?

Porque los que ahora tengo
están ciegos,
sucios,
tristes,
heridos,
pitañosos,
enfermos,
solos
y sin horizonte.

¿Quién me dará unos ojos
nuevos,
evangélicos,
pascuales,
para verte
y ver lo que Tú nos ofreces
día y noche
a raudales
y gratis?

¡Dame, Señor, unos ojos nuevos
que te vean y te revelen!
¡Dame unos ojos pascuales!

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

LECTURAS PARA EL DÍA DE HOY



¡Feliz Pascua a todos, hermanos! Bienvenidos a esta Eucaristía de Pascua, plena de alegría y gozo. Anoche celebrábamos la Vigilia Pascual. Y esta Misa de Pascua –esta mañana-- es eco de aquella. El mensaje de es claro: “No busquéis entre los muertos al que vive". ¡Dios lo ha resucitado! Ya llega nuestra alegría, es tiempo de resucitar, de salir de la noche, de liberarnos de tantas esclavitudes como nos oprimen. La Resurrección de Cristo nos dice que ya todo es esperanza. Aceptemos de verdad el anuncio de la Pascua, que da paso a ese rayo de luz que trae la buena noticia, y sobre todo pidamos a Jesús Resucitado que nos ayude a remover la losa que paraliza nuestras almas y nos libere del peso que aplasta nuestros corazones. ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!



DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles: 10, 34. 37-43
Hemos comido y bebido con Cristo resucitado.La primera lectura, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra –ya— a Pedro lleno del Espíritu Santo y narrando ante el pueblo la vida de Jesús. Es útil este texto para este día de la Resurrección del Señor, donde se hace mas presente, entre nosotros, la presencia del Espíritu, como le ocurrió a San Pedro.
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: "Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.
Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que Él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de que resucitó de entre los muertos.
Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en Él reciben, por su medio, el perdón de los pecados". 
Palabra de Dios

SALMO
Del salmo 117El Salmo 117 era utilizado por los judíos contemporáneos de Jesús como himno procesional y hacia referencia al triunfo de los Macabeos y la restauración del culto a Dios en el Templo. Para nosotros es un cántico solemne de acción de Gracias al Padre por la Resurrección de su Hijo.
R/. Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya.
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno,
porque tu misericordia es eterna.
Diga la casa de Israel:
"Su misericordia es eterna". R/.
La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es nuestro orgullo.
No moriré, continuaré viviendo para contar
lo que el Señor ha hecho. R/.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor,
es un milagro patente. R/.

SEGUNDA LECTURA 

Colosenses: 3, 1-4
Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo.La resurrección de Jesús termina con la muerte y si creemos esto nosotros algún día resucitaremos. Y, sin embargo, va a ser así. Toda la doctrina de Pablo se basa en la resurrección y el cambio futuro de nuestra condición humana. Y así se explica en la segunda lectura procedente de la Carta de San Pablo a los Colosenses.
Hermanos: Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos, juntamente con Él.
Palabra de Dios
O bien:
1 Corintios: 5, 6-8
Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.
Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad.
Palabra de Dios


EVANGELIO
San Juan: 20, 1-9
Él debía resucitar de entre los muertos.
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto".
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del señor

O bien:
San Lucas: 24, 1-12
¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Después de la resurrección Jesús cambiará de aspecto y ni siquiera María Magdalena le reconoce, tal como narra el Evangelio de San Juan. Y se va a cumplir en él lo que el mismo Jesús, una vez, cuando ciertos saduceos quieren tenderle una trampa hablan de esa mujer cuyos maridos van muriendo sucesivamente. Él alude a la naturaleza de ese cuerpo glorificado al equiparar a los que viven en la gloria con la naturaleza de los ángeles. El fue el primero en recibir el cuerpo glorificado. Después le seguiremos todos nosotros.
El primer día después del sábado, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Estando ellas todas desconcertadas por esto, se les presentaron dos varones con vestidos resplandecientes. Como ellas se llenaron de miedo e inclinaron el rostro a tierra, los varones les dijeron: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. Recuerden que cuando estaba todavía en Galilea les dijo:
'Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite' ". Y ellas recordaron sus palabras.
Cuando regresaron del sepulcro, las mujeres anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María (la madre de Santiago) y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían desvaríos y no las creían.
Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se asomó, pero sólo vio los lienzos y se regresó a su casa, asombrado por lo sucedido.
Palabra del Señor

O bien, : 

San Lucas: 24, 13-35
Quédate con nosotros, porque ya es tarde.
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?".
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?". Él les preguntó: "¿Qué cosa?". Ellos le respondieron: "Lo de Jesús, el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él sería el libertador de Israel, y, sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a Él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?". Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a Él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, Él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!".
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra de Dios

LA ESPIRITUALIDAD, FORMA DE VIDA por Vicente Martínez


Extirpad la levadura vieja para ser una masa nueva" 1Cor 5,7)
20 de abril, Domingo de Pascua de Resurrección
Lc 24, 13-35
Yaron Zilberman nos transporta a esta reflexión cuando nos sentamos en la butaca ante la gran pantalla para asistir al desarrollo de su película El último Cuarteto. En ambas –película y espiritualidad- se explora el cotidiano vivir de los protagonistas: sus luces y sombras, las diferentes maneras de enfrentarse a las respectivas existencias –encuentros y desencuentros- de plantearse e intentar resolver los problemas que más nos preocupan, inquietan o satisfacen.
Corría el siglo XIII a.C. sobre un Asia Menor políticamente inestable. Los griegos deciden atacar Troya y rescatar a la bella Helena raptada por Paris en Esparta. Ulises diseña la estrategia: un caballo gigante de madera en cuyo vientre se oculta un grupo de guerreros. Lo dejan ante la muralla, mientras su flota simula una retirada. Los troyanos lo toman por una ofrenda a los dioses y lo introducen en la ciudad. Por la noche salen los soldados del vientre del animal, abren las puertas a su ejército y la ciudad es arrasada.
Las culturas suelen acabar fulminadas habitualmente por alguna de estas causas: falta de evolución, agresiones externas de enemigos más poderosos, agresiones internas. Quizás hoy la más amenazante, al menos para Occidente, sea esta última. Una especie de virus hospitalario de clara sintomatología, aunque de difícil tratamiento. Su manifestación más patente, la pérdida de las raíces que le dieron esencia y existencia. (¿Estará Ulises de regreso y volverá a repetirse el mitológico ardid del caballo de Troya – o tal vez de los jinetes del Apocalipsis- hasta cumplirse de nuevo el antiguo vaticinio de Hécuba?)
Parece evidente el claro y suicida propósito de algunas "mentes próceres" entre la autodenominada "progresía", propiciadoras de una tal "hecatombe". Véase, a modo de ejemplo, la incapacidad del Parlamento Europeo para reconocer en el texto de la fracasada Constitución las raíces cristianas –y también las esencias- de nuestra identidad cultural. A título ilustrativo, el testimonios de personas nada sospechosas de oscurantismo, André Comte-Sponville, ateo confeso desde el punto de vista de la religión, y autodefinido "ateo cristiano" desde el de la cultura.
En el prólogo de su última obra "L'esprit de l'atheisme", escribe: "Me eduqué en el cristianismo. No guardo ni amargura, ni ira, sino todo lo contrario. Debo a esta religión, y por lo tanto a esta Iglesia (en este caso la Católica) una parte esencial de lo que soy, o de lo que intento ser". Reconoce que los valores –morales, culturales y espirituales- de nuestra sociedad, tienen su origen histórico en las grandes religiones; particularmente en los tres grandes monoteísmos, en lo que a nuestra civilización se refiere: "De modo particular, en nuestros países, por las Iglesias Católica y Protestante".
¿Habrá llegado el momento en que se cumpla el anuncio de Hebé en Las Indias galantes de Rameau, hace casi trescientos años? En él se pronostica la derrota del Amor frente a la Guerra:
Para remplazar los corazones que os arrebata Bellone,Hijos de Venus, lanzad vuestras saetas más seguras;¡Orientad los placeres hacia climas lejanos,Cuando Europa los abandone!
Nunca como en estos días de Pascua de Resurrección, mientras nos 'acercamos a nuestra aldea' y 'él finge seguir adelante', sea al momento de decir a Jesús "Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va de caída". Como lo será igualmente que nos digamos unos a otros: "¿No se abrasaba nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?" Porque toda espiritualidad es escuela de vida para quienes frecuentan sus aulas.

PEQUEÑOS BIG BANGS

Somos pequeños Big Bangs –Litle Bangs-
que con nuestras explosiones
alumbramos nuevas formas de existencia.

Todo ser humano, toda criatura
está llamada a alumbrar algo en el mundo.
Será la impronta que dejará a su paso por él.
Será portadora de alguno de sus rasgos y, a la vez, su diferencia sustancial.

Cuando engendra algo nuevo
hay que respetar su singularidad,
nutrirla para que alcance la plenitud
de lo que está llamada a ser.
Es irrepetiblemente ella
y no podemos confundirla con nosotros.
Tal confusión arrastra la vida
hacia atrás
en lugar de impulsarla
hacia su madurez.

Javier Melloni SJ

Vicente Martínez
Fe Adulta

Misa Pascua Resurrección, fotos y video completo. Bendición Urbi et Orbi: Clama por la paz... Discurso Francisco y video completo


Easter Mass



The Holy Father presides over the Holy Mass of Easter Day, St. Peter's Square



Francisco clama por la paz en Siria, Ucrania, Centroáfrica, Nigeria, Venezuela, Irak y Palestina





El Papa imparte la bendición Urbi et Orbi y clama por "derrotar el flagelo del hambre"




"En Jesús el amor ha vencido al odio, el bien al mal, la vida a la muerte, la verdad a la mentira"




(Jesús Bastante).- "Te rogamos Señor glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente". Francisco felicitó la Pascua a todos los fieles, en San Pedro y el mundo, e impartió la bendición Urbi et Orbien una mañana soleada y tras una profunda Eucaristía en la que hubo un especial recuerdo a los ortodoxos, que hoy también celebran la Resurrección.
"Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo", subrayó el Papa, quien tuvo un especial recuerdo para los afectados por el virus del Ébola y por las víctimas de "todas las guerras". Desde Siria a Irak, pasando por África, Ucrania, Venezuela y el eterno conflicto palestino-israelí.
Mañana soleada en Roma para celebrar la Resurrección de Jesús. Decenas de miles de personas (alrededor de 150.000) abarrotaban la plaza de San Pedro, donde Francisco presidió la Misa de Pascua.
Se leyó el Evangelio en latín y en griego, pues hoy se celebra la Pascua en dos ritos. Oriente y Occidente celebran en común, como un sueño de una hermandad que sigue siendo posible si colocamos a Jesús en el centro.
Fue una ceremonia multiétnica, con guiños a Corea, China, África, a todos los rincones del mundo. Una noticia universal bien merecía una celebración mundial.
No pronunció Francisco homilía en la misa, pues posteriormente vendría la tradicional -no tanto con Francisco- bendición Urbi et Orbi. Una bendición que, como ocurrió el pasado año, no se impartió en distintos idiomas, sino únicamente en italiano.
Antes, tras la misa, el Papa se subio al Papamóvil para saludar brevemente a los presentes. No había tiempo para detenerse, pero sí -así lo quiso Francisco- para que le vieran de cerca los fieles.
"Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices", añadió Bergoglio, quien pidió "hacernos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono", señaló el Papa antes de impartir su bendición.

El mensaje que los cristianos llevan al mundo, señaló Francisco, "es que Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios lo resucitó y constituyó rey de la vida. En Jesús el amor ha vencido al odio, el bien al mal, la vida a la muerte, la verdad a la mentira".
"Por eso decimos a todos: venid y vereis. En cada situación humana marcada por el pecado, la fragilidad y la muerte, la buena noticia no es una palabra, sino un testimonio de amor gratuito y fiel, es salir de uno mismo para salir al encuentro del otro, estar al lado de los heridos por la vida, y compartir con quienes carecen de lo necesario". Porque "el amor es más fuerte, el amor da la vida, hace florecer la esperanza en el desierto".
"Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialemente a los niños, mujeres y ancianos, que a veces son sometidos a la explotación y el abandono", apuntó, incidiendo especialmente por las víctimas del Ébola en Nigeria, y por los que tienen que emigrar para buscar una vida más digna "y muchas veces no tienen libertad de profesar su fe".
"Te rogamos Señor glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente. Te suplicamos en particular por Siria, la amada Siria, que cuantos sufren las conseuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria y las partes en conflicto dejen de usar la fuerza para causar muerte, sobre todo entre la población inerme, y tengan la audacia de negociar la paz, desde hace demasiado tiempo anhelada".
También pidió Francisco consuelo para "las víctimas de la violencia fratricida en Irak, y que sostengas las esperanzas que suscitan las negociaciones ente israelíes y palestinos". Junto a ello, los enfrentamientos en República Centroafricana, Nigeria, Sur Sudán y Venezuela.
"Que por tu resurrección, que hoy celebramos junto a otras iglesias, te pedimos que ilumines iniciativas de paz en Ucrania, para que todas las partes implicadas, lleven a cabo todo esfuerzo para impedir la violencia y construir con espiritu de unidad y diálogo el futuro del país", añadió el pontífice argentino.

Discurso íntegro del Papa
Queridos hermanos y hermanas, Feliz Pascua.
El anuncio del ángel a las mujeres resuena en la Iglesia esparcida por todo el mundo: « Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí. Ha resucitado... Venid a ver el sitio donde lo pusieron» (Mt 28,5-6).
Esta es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es este: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.
Por esto decimos a todos: «Venid y veréis». En toda situación humana, marcada por la fragilidad, el pecado y la muerte, la Buena Nueva no es sólo una palabra, sino un testimonio de amor gratuito y fiel: es un salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, estar al lado de los heridos por la vida, compartir con quien carece de lo necesario, permanecer junto al enfermo, al anciano, al excluido... «Venid y veréis»: El amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto.
Con esta gozosa certeza, nos dirigimos hoy a ti, Señor resucitado.
Ayúdanos a buscarte para que todos podamos encontrarte, saber que tenemos un Padre y no nos sentimos huérfanos; que podemos amarte y adorarte.
Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices.
Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono.
Haz que podamos curar a los hermanos afectados por la epidemia de Ébola en Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia, y a aquellos que padecen tantas otras enfermedades, que también se difunden a causa de la incuria y de la extrema pobreza.
Consuela a todos los que hoy no pueden celebrar la Pascua con sus seres queridos, por haber sido injustamente arrancados de su afecto, como tantas personas, sacerdotes y laicos, secuestradas en diferentes partes del mundo.
Conforta a quienes han dejado su propia tierra para emigrar a lugares donde poder esperar en un futuro mejor, vivir su vida con dignidad y, muchas veces, profesar libremente su fe.
Te rogamos, Jesús glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente.
Te pedimos por Siria: que cuantos sufren las consecuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria; que las partes en causa dejen de usar la fuerza para sembrar muerte, sobre todo entre la población inerme, y tengan la audacia de negociar la paz, tan anhelada desde hace tanto tiempo.
Te rogamos que consueles a las víctimas de la violencia fratricida en Irak y sostengas las esperanzas que suscitan la reanudación de las negociaciones entre israelíes y palestinos.
Te invocamos para que se ponga fin a los enfrentamientos en la República Centroafricana, se detengan los atroces ataques terroristas en algunas partes de Nigeria y la violencia en Sudán del Sur.
Y te pedimos por Venezuela, para que los ánimos se encaminen hacia la reconciliación y la concordia fraterna.
Que por tu resurrección, que este año celebramos junto con las iglesias que siguen el calendario juliano, te pedimos que ilumines e inspires iniciativas de paz en Ucrania, para que todas las partes implicadas, apoyadas por la Comunidad internacional, lleven a cabo todo esfuerzo para impedir la violencia y construir, con un espíritu de unidad y diálogo, el futuro del País.Te rogamos, Señor, por todos los pueblos de la Tierra: Tú, que has vencido a la muerte, concédenos tu vida, danos tu paz.





























Urbi et Orbi