La exclamación del Apóstol Tomás resuena en la conciencia colectiva de los cristianos desde hace 20 siglos. ¡Señor mío y Dios mío! Se ha convertido en oración íntima y frecuente de muchos. Tomás rompía su incredulidad en el cenáculo con esa explosión de amor y de fe. Nos recuerda otra frase muy importante del Pregón Pascual: ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Ciertamente nunca pensamos nosotros que la culpa pudiera ser feliz. Pero así es la misericordia de Dios. Por otro lado, Jesús Resucitado dijo a Tomás algo que nos atañe a todos nosotros: ¡Bienaventurados los que crean sin ver! Sigamos, pues, la Pascua con la alegría y la fuerza de la Conversión.Betania
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