Monday, May 12, 2008

Algo para pensar y orar en esta semana


Ustedes deben recordar la historia del sitio de la ciudad de Toledo durante la Guerra Civil.


La hambrienta guarnición que defendía la fortaleza estaba comandada por el Coronel Moscardó. El ejército que sitiaba la ciudad telefoneó al Coronel:


“Hemos capturado a su hijo. Lo fusilaremos a menos que Ud se rinda”.


Moscardó pidió hablar con su hijo. Cuando el hijo se puso al teléfono, su padre le dijo solo dos palabras: “Muere bien”.


De todo lo que tenemos que hacer en la vida, la tarea más difícil es morir bien. Las miles de muertes que hemos visto en televisión no nos preparan en nada; la muerte es presentada como el fracaso final de dramas que invaden nuestras pantallas.


Pero los recuerdos más reconfortantes de mis años como sacerdote son de las personas que me mostraron cómo era morir bien.


En un hospital de Nueva York fui llamado por un viejo irlandés: estaba desgastado por una vida de trabajo duro en los muelles, y sabía que se moría.


Solo en esa severa ciudad, se había alejado más que retirado de la Iglesia. Estaba tan contento de haber encontrado un sacerdote irlandés y de recibir los últimos sacramentos, que ambos terminamos llorando.


Recordaba su “Dios te salve, María”, y a medida que su energía se apagaba, repetía con alegría “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.


Muchos de su generación enfrentaron la muerte en Irlanda (“bás in Éireann”) como una bendición. Él tuvo la mejor muerte después de ésa.



Espacio Sagrado

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