Jesús nos seduce, y nos provoca,
nos instala y nos desinstala,
nos llena de calma y nos mete de lleno en la tormenta.
También el resucitado aparece de modo enigmático.
No se le reconoce, y cuando se le reconoce,
se vuelve a ir.
Te enciende por dentro, y luego no aparece,
se le adivina en algunos momentos y se le añora en otros.
Y quizás esa tensión es lo más necesario para mantenernos vivos tras sus huellas.
Fuente: Jesuitas de Castilla

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