
“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque ocultando estas cosas a los entendidos, se las revelaste a los ignorantes” (Mt 11, 25)
Así me siento a veces, Señor.
Asombrado por la lógica de tu evangelio, pero poco incapaz para aplicarla.
Deseoso de amar sin límites, pero sin saber muy bien cómo salir de mi amor pequeño.
Sobrecogido por la verdad que se adivina en las bienaventuranzas, pero al tiempo seducido por esas otras promesas de este mundo.
Así me vivo, Señor, tratando de entenderte desde las entrañas y el corazón, de respirar al ritmo de tu latido en las vidas.
Queriendo reconocerte en el día a día. Y, reconociéndote, amarte y seguirte.
Fuente: Jesuitas de Castilla
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