
Sería absurdo afirmar que quien cree en Dios es mejor persona que quien no cree. Tendríamos todo un batallón de ateos y agnósticos sacando la ropa sucia de la Iglesia a pasear, con el único objeto de demostrar que ovejas descarriadas las hay con fe y sin ella.
Lo curioso es que no es la fe quien hace mejores personas. Es la gracia de Dios y la esperanza de vivir por Él, con Él y en Él. Y eso es todo un aprendizaje a lo largo de la vida; en palabras paulinas: “No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero.” De manera que sólo la gracia que se nos otorga por la oración y los sacramentos y también por el noble ejemplo de otras muchas personas, puede mejorar nuestra débil condición.
Enseñar a hacer el bien es propio de creyentes. La bondad y la malicia forman parte de la sociedad y de todo ser humano. El esfuerzo por someter el orgullo, la vanidad, la envidia, puede ser un empeño titánico al que muchos renuncian en el camino, agotados por alcanzar un virtuosismo que está lejos de su temperamento.
“Sin Dios todo es posible” decía el blog de la Cigüeña de la Torre. Yo añadiría, que sin Dios el mal es mucho más frecuente. Con Dios existe la debilidad humana y el error; pero si hay maldad desde luego no se está con Dios, se está con el pecado. Eso que ahora se procura no mencionar, por aquello de no crear sentimientos de culpabilidad, ni traumas de diván psicoanalista. Pero que existe y se manifiesta en nuestras relaciones con la mentira, el rencor, las zancadillas, la falta de misericordia y caridad.
Digamos claramente que las borracheras, la imprudencia, la ira, y un largo etcétera exigen revisión de vida a un cristiano. Pero es penoso reconocerse tan débil, tan frágil que volvemos una y otra vez a tropezar con la misma piedra. De manera que algunos renuncian al bien y a la bondad porque quieren alcanzarla como un deportista consigue los cien metros libres. Se olvidan de la oración y del abandono confiado en las manos de Dios.
El rostro del bien nos agrada a creyentes y no creyentes. Hay quien lleva unas dosis de bondad en su corazón como el ADN, para ellos probablemente sea más fácil alcanzar el ideal de santidad que todo cristiano debe aspirar a tener. Pero quién se atreve hoy a hablar de exigencias personales, en un mundo donde todo lleva la impronta de lo inmediato y placentero. Por eso es tan importante la educación en la infancia y que luego persista el hábito del bien, aún que cueste.
Para nosotros los cristianos es una cuestión fundamental, de la que muchos se aprovechan. Pero nadie puede negar que el Evangelio en estado puro y el decálogo favorece una sociedad mucho más fraterna. Desde luego el problema siempre será no responder al mal con mal, vencer el orgullo, el deseo de revancha. Pero el modelo sigue siendo un crucificado que nos enseña a que aún en el aparente fracaso de la muerte en la cruz, ahí se encuentra oculta la gracia de la Resurrección.
De manera que el mal no tiene la última palabra, aunque aparentemente a los ojos de toda la humanidad, así pueda parecer. Porque para un cristiano, el mal es vencido siempre por la gracia. Si no tuviéramos esperanza nuestra fe no tendría sentido, pero porque sabemos que nos hemos fiado de Cristo, podemos afirmar que vale la pena saber que hemos sido rescatados del pecado, del mal y que si confiamos en la gracia de la oración y los sacramentos viviremos unidos al bien, a Dios.
¿Seremos mejores que quienes no creen?. No se trata de eso, sino de saber que con toda seguridad seremos miembros positivos de la sociedad, porque nuestra ley es el amor y donde hay amor “sobreabunda la gracia”.
Del Blog "Diálogo sin fronteras"
El periodista Digital
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