Por David Llena
Eso es Pentecostés. En el marco Anunciación-Natividad, juega ya su papel el Espíritu Santo, que es quien hace concebir con su fuerza a Jesús en el seno de María. Esa criatura, la Promesa esperada, el Salvador, nació a los 9 meses, el día que le corresponde nacer a todo ser humano, ya que Cristo no vino a abolir las leyes si no a darles plenitud. Ese Espíritu es el que hace concebir a la Iglesia (cuerpo de Cristo) en la oscuridad del Cenáculo. María estuvo presente en ambos acontecimientos, en las dos venidas del Espíritu, en los dos nacimientos: El de Jesús y el de la Iglesia.
La Iglesia como obra del Espíritu Santo y como Madre de los cristianos, es concebida y a su vez concibe y da Vida a todos los bautizados. Así en el seno de la Iglesia y por la fuerza del Espíritu se produce continuamente el milagro de la Vida, porque Dios quiere, porque Dios llama, porque Dios quiere seguir salvando a los hombres.
Es Navidad, porque nace la Iglesia y como Jesús debe crecer de la mano de María, que ahora ejerce como Madre de la Iglesia. Sus consejos, sus ruegos continúan siendo escuchados por miles de hombres y mujeres que han hecho de la Virgen, esa Madre que quiso Cristo dejarnos.
Y María, señala a la Iglesia y nos dice como en Caná, haced lo que Él os diga. Y es que la Iglesia es Cristo, donde se mezclan y unen multitud de personas mediante la definitiva Alianza. Donde todos estamos injertados por la Sangre y alimentados por el Cuerpo. Todos uno con Cristo, Todos uno en Cristo.
Preparémonos para recibir al Espíritu, como en Adviento preparábamos el camino al Señor. Esta vez no veremos a Dios hecho hombre en un pesebre, pero debemos estar atentos como aquellos Magos de Oriente a las señales que nos lleven a Jesús y desechar aquellas que nos alejen de Él. Y recordemos que hoy Jesús no está en un pesebre sino en la Eucaristía y en los pobres.
Betania
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