
Rosario Bofill
Directora de la revista El Ciervo
En enero, El Ciervo preguntó a 16 laicos qué opinaban del estado actual de la Iglesia. Seguramente lo recordarán, eran tres preguntas: qué conservaría, qué suprimiría y qué añadiría a la Iglesia. Si contemplamos nuestra sociedad podríamos dividir a los ciudadanos en cuatro grupos: un grupo a quienes no sólo no les interesa la Iglesia, sino que les irrita; otro grupo sería los que la han dejado, porque creen que no responde a la que es su misión; un tercero que se sienten Iglesia y les duele porque la quieren (sería como el grito de Miguel de Unamuno, “quiero a España porque me duele”) y un cuarto sería los que la actitud de la Iglesia ahora les parece adecuada y se encuentran a gusto en ella.
No sé si porque me encuentro en el tercer grupo, creo que es el más numeroso. Y si la Iglesia cambiara se les añadirían los del segundo grupo, incluso con agrado. Lo cierto es que, en general, hay un desengaño, una decepción, un comprobar que lo que predica no se adapta a los Evangelios ni a los tiempos. Había unas cuantas cosas que salían en casi todas las respuestas que se publicaron en El Ciervo: exceso de poder, olvido de la Iglesia de los pobres, inadecuación a los problemas de los tiempos actuales, ostentación en ceremonias y actos públicos, necesidad de la supresión del cardenalato y del Estado del Vaticano, excesivo centralismo del papa y la curia, reconocer el papel de la mujer (¡qué atrasada está la Iglesia en esto también!), la mirada recelosa a los avances de la ciencia. Esencialmente estas eran las quejas, o peticiones, de los cristianos que respondieron.
He traído a colación aquel número por las muchas coincidencias de temas y de intención que tiene con un cuaderno que acaba de salir de Cristianismo y justicia con el título: “¿Qué pasa en la Iglesia?” Los autores son cuatro jesuitas: Xavier Alegre, Josep Giménez, José Ignacio González Faus y Josep Maria Rambla. El cuaderno quiere responder a esa desazón que invade a muchos cristianos. Les recomiendo la lectura del cuaderno, es el número 153.
Afirman los autores que nuestra Iglesia no es la Iglesia de los pobres. La predilección de Dios por los oprimidos no se refleja en su actuación. Vivimos además en una Iglesia demasiado jerarcocentrista. Citan unas palabras valientes y clarividentes del teólogo Yves Congar que no me resisto a transcribir: “La curia no comprende nada, sus miembros están mantenidos en la ignorancia de la realidad, y en la sujeción de la política a una eclesiología simplista y falsa, en la cual todo deriva del Papa. No conciben la Iglesia más que como una enorme administración centralista y ellos están en el centro”. Congar dixit! Gracias.
Otra conclusión de los autores del cuaderno la vemos hoy bien reflejada nuestra sociedad: “La Iglesia no acaba de encontrarse bien en la democracia”. Oportuna afirmación que completan con sus comentarios. Además, señalan, se habla en nuestra Iglesia del ecumenismo, se habla pero no se adelanta. Los acuerdos se realizan pero quedan olvidados. Y como última reflexión ésta: la Iglesia se adaptó a las culturas de la época de su creación pero le cuesta adaptarse a las culturas actuales.
Lo que respondían nuestros encuestados es tan coincidente con las opiniones de los cuatro jesuitas que una se pregunta si el diagnóstico de lo que sucede no está en la mente y en el corazón de muchos cristianos. Los autores han escrito con autoridad y conocimiento y por ello se agradece tanto su estudio breve y serio al alcance de todos. He aquí sus declaraciones de intención: “En modo alguno pretendemos ser la única palabra en el seno se la comunidad creyente, ni esperamos la aceptación universal de todo lo que hemos dicho. Queremos ser en la Iglesia sólo una palabra por la cual reivindicamos el derecho de ser pronunciada, el respeto y que no se vea desautorizada simplemente por el hecho de ser molesta”.
La sabiduría, la prudencia, la honradez con que ha sido escrito el cuaderno, no hacen más que dar aliento a tantos cristianos que viven con angustia ciertas actuaciones de la jerarquía. Les damos gracias por su sinceridad. ¿Sería posible que, cardenales, obispos, el propio Papa, cuantos dirigen la Iglesia, meditaran estas confesiones de auténticos cristianos con la misma honradez con que han sido escritas?
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