
Hoy, 19 de noviembre, la iglesia mira con cariño a un lejano país, Antioquia, en Siria, para conmemorar el nacimiento para el cielo de SAN BARLAAM, quien muriera martirizado a finales del Siglo IV. Oriundo de esta importante ciudad, fue un cristiano de la Iglesia primitiva que vivió dispuesto a dar su vida por amor a Jesucristo. En tres homilías, conocidas solo en la traducción, San Basilio, San Crisóstomo y San Severo destacan sus virtudes y heroísmo en el martirio. Una Iglesia en Antioquia fue dedicada a este mártir. Unidos pues a la Iglesia de Siria, y a cuantos soportan el sufrimiento por amor a su fe en Cristo, brindemos nuestro más vivo aplauso a san Barlaam, mártir.
Meditación
Vivía en la ciudad de Antioquia que fuera fundada hacia el 300 antes de la venida del Señor. Pero pronto su importancia fue grande ya que llegó a ser la capital del reino de la Siria y la tercera ciudad más grande del Imperio romano. Era también la segunda Iglesia más importante de la Iglesia primitiva. Nicolás, uno de los siete primeros diáconos elegidos por los apóstoles, junto con Esteban, era precisamente de mi ciudad. Pero después del martirio de Esteban en Jerusalén se desató en esa ciudad una cruel persecución en contra de los cristianos que los obligó a refugiarse aquí, en Antioquia. Fue así cómo se realizó aquí la primera evangelización sistemática de los gentiles. Yo me beneficié de esta experiencia ya que pude conocer la fe de Cristo. Nos reuníamos para celebrar nuestra fe y para apoyarnos mutuamente. Nos empezamos a llamar cristianos. Vaya nombre. Era la primera vez que se usaba este nombre, que luego se fue extendiendo a otras localidades. Pero pronto, la persecución contra los cristianos iniciada en Jerusalén, llegó también aquí a Antioquia. Nos obligaban a ir a los templos paganos y sostener carbones encendidos con incienso en nuestras manos, en honor a los dioses paganos. Era un dolor terrible. Y cualquier movimiento que hiciéramos para evitar el sufrimiento se podría interpretar como un desmayo en nuestra fe cristiana y una aceptación de la pagana. No cabe duda, que en esos momentos experimenté la fuerza de la gracia sobrenatural que no solo hacía que dejara que me quemen las manos sino estaba dispuesto a ofrecer todo mi cuerpo. Los suplicios cada vez más fuertes, me hicieron contemplar el umbral de mi vida. Sabía que más allá me encontraría con el Maestro a quien conocí y tanto llegué a amar y desear estar con Él por la eternidad.
Radio Vaticano
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