La Ascensión del Señor (A), Mateo 28, 16-20
HACER DISCÍPULOS DE JESÚS
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 30/04/08.- Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza
que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia
para cumplir fielmente su misión.
El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los debe llevar a
olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas
conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y
acogiendo a los más olvidados. Es eso precisamente lo que han de seguir trasmitiendo.
Entre los discípulos hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los
discípulos «se postran». Sin duda, quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la
indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo
conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús pronto se apagaría.
Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les
falta. El resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el
cielo y en la tierra». Si se apoyan en él, no vacilarán.
Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar
doctrina». No es sólo «anunciar al resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de
cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del resucitado», «proclamar el evangelio»,
«implantar comunidades»…, pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer
discípulos» de Jesús.
Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús, que conozcan su mensaje, sintonicen con
su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo.
Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la
enseñanza de «todo lo mandado» por él, son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les
promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean
pocos. Ni aunque sean sólo dos o tres.
Así es la comunidad cristiana. La fuerza del resucitado lo llena todo con su Espíritu. Todo
está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. El sigue vivo en sus
comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo…
humanizando la vida.
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