“La Palabra de Dios es como un canto a varias voces, en cuanto Dios la pronuncia en muchas formas y en diversos modos (cf. Hb 1, 1), dentro de una larga historia y con diversidad de anunciadores, pero donde aparece una jerarquía de significados y de funciones”, con estas palabras define el documento de preparación del Sínodo de Obispos a la Palabra de Dios.
Debemos aprovechar la oportunidad que tenemos para acercarnos a este canto a varias voces que nos ha sido dado para alcanzar el conocimiento de Dios y seguir sus pasos para la Vida eterna. Pero si tenemos que decir cosas bellas de la Palabra de Dios, bastaría con acudir a la misma Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es alimento para nuestra vida cristiana en la medida que aprendemos a escucharla. Uno se alimenta de la Palabra cuando la escucha y cuando la practica. La Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4, 12). La Palabra acompaña al hombre desde la creación hasta el fin de su peregrinación en la tierra.
Aprovechemos, insisto, este momento para abrir la Sagrada Escritura y entrar dentro del Misterio de Dios Amor, de Dios Entrega, de Dios Santificador y hagamos familiar este encuentro. Es preciso conocer a Dios para amarle y de qué mejor manera que de propia Palabra que ilumina la vida del hombre, indicándole el camino a seguir especialmente a través del Decálogo (cf. Es 20, 1-21), que Jesús ha sintetizado en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,37-40). Las Bienaventuranzas (cf. Lc 6, 20-26) constituyen el ideal de la vida cristiana vivida en la escucha de la Palabra de Dios, que escruta los sentimientos de los corazones, inclinándolos hacia el bien y purificándolos de aquello que es pecaminoso.
Cuando entramos en comunión con el Señor a través de su Palabra viva y eficaz debemos -como Moisés- “sacarnos las sandalias de los pies” (Ex 3,5), es decir, despojarnos de todo cuanto impida una comunicación viva con Dios. El alimento de la Palabra nos pide tener, como Moisés, un profundo respeto ante la presencia real del Señor que sale a nuestro encuentro por su Palabra. Nos invita a creer en lo que nos dice y, para que esto sea posible, crear en nosotros y entre nosotros un clima de oración propicio para la escucha.
El Documento de trabajo del Sínodo cita el texto de Isaías que os recuerdo: “Así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, hasta que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié» (Is 55,11). Os invito a todos a leer con serenidad y asiduidad la Palabra de Dios, podréis tener la seguridad que por medio de ella podréis descubrir cuál es el plan de Dios sobre ti mismo, sobre la Iglesia, sobre el mundo de los hombres y de las cosas. La Iglesia ha considerado siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradición.
Haced silencio interior para escuchar a Dios, buscad un lugar apropiado para sumergirnos en la lectura pausada, “lejos de los ruidos habituales, fuera de las urgencias que impone la vida: ¡hay que darse tiempo y un corazón con ganas de escuchar a Dios!”. Que Dios os bendiga.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín
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