El puerto de Brindisi, signo de intercambio y diálogo con el mundo, sirve de fondo a la celebración eucarística presidida por el Papa. Una imagen simbólica en la cual el Santo Padre se ha detenido, con calor y fantasía, en las palabras pronunciadas antes del rezo del Ángelus: un lugar con gran significado, el puerto, porque habla de seguridad y de proyectos, de descanso y de partidas. Es así la vida del hombre y es así la vida de la Iglesia. Lugar que describe también la misma apertura, confirmada a lo largo de los siglos, de la Iglesia de Brindisi al diálogo, al encuentro y la paz.
La Iglesia encarna esta universalidad en el diseño universal de salvación que muestra a todos los pueblos: éste es el signo del Padre – ha afirmado el Papa Benedicto XVI en su homilía- que aparece en el nuevo rostro de la Iglesia marcada por Pentecostés. Este signo se convierte también en el cumplimiento de las actividades más grandes con pobreza y humildad. Y lo más grande son los frutos del amor a Dios y al prójimo. Es el diseño de Dios, confirma el Papa: difundir a la humanidad y al cosmos entero el amor generador de vida. Pero el Papa subraya que este proyecto se basa solamente en el respeto de la libertad. Sin libertad no hay amor, sin amor no hay Iglesia y no hay Cristo.
Cuando hay amor y libertad, la Iglesia se convierte en un espacio de acogida y mediación del amor de Dios, de este modo, aparece realmente como una medalla única de dos caras: sobre una la santidad, sobre la otra la misión. Desde aquí surge el deber de afrontar las tareas escritas del ser de la Iglesia y de la vida del hombre: confortados por una estrella que indica el camino: es la Estrella de María
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