Pluralismo e interdependencia, búsqueda de sentido, autonomía personal
1. El mundo en camino hacia la unidad
Visto globalmente, el mundo vive hoy un proceso de unificación, dada la interdependencia creciente en todos los ámbitos y niveles de la existencia. Interdependencia económica, política, cultural, científico‑técnica, social…; entre grupos, pueblos, continentes, planetaria en una palabra.
La tierra se ha convertido en una “aldea” en la que todos estamos junto a todos. La humanidad ha ido tejiendo una trama apretada de lazos económicos y comerciales, políticos y militares, hasta ecológicos…; tales que la misma supervivencia del planeta depende de todos. Las comunicaciones, en todas sus formas -del coche a la telemática-, han acercado a todos los seres humanos entre sí. ¿A qué precio?
El proceso de unificación creciente se da con profundas contradicciones. Asistimos a una enorme concentración de poder económico, que consolida las formas ya viejas de desequilibrio y dependencia y crea múltiples formas nuevas. Como ya dijo Pablo VI, “los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos”. El desequilibrio económico genera la dependencia: la mayor capacidad de unos grupos y pueblos para ser protagonistas de su progreso científico‑técnico y para generar cambios en sus condiciones de vida se traduce para otros grupos y pueblos en dependencia: acceden al progreso y al cambio… en la medida y con los ritmos y costos que los primeros determinan. También la información, y las comunicaciones, están en manos de los grandes poderes económicos. Poderes que condicionan decisiones políticas, formación de la opinión, administración de la justicia, aparatos militares…; con tendencia a subordinarlo todo y del todo a sus intereses.
Esta contradicción del proceso de unificación se agrava por otras características de esta hora: la aceleración de la historia que la revolución científico‑técnica produce, y la “alienación” de la base popular en la sociedad tecnocrática.
Está creciendo, como contrapartida, la conciencia de los valores culturales de cada pueblo, con independencia de las fusiones o divisiones políticas de los estados. Se están gestando modos diferentes de unidad política, económica y social, que suponen de una parte el crecimiento de alguna forma de conciencia o de cultura universal, mientras, por otra parte y al mismo tiempo, se afirma el valor de las culturas locales y regionales.
Todo esto hace más insoslayables y urgentes las preguntas sobre el desarrollo, sus nuevas posibilidades, su uso por parte nuestra. ¿Cómo orientarlo todo al bien de la humanidad? ¿En qué consiste ese “bien”? ¿Cómo llegar a algún consenso entre hombres y mujeres de tan diferentes culturas y cosmovisiones? ¿Cómo ponernos de acuerdo sobre el sentido de nuestra historia, más y más unificada, de nuestra cercanía más intensa, de nuestra responsabilidad más compartida? ¿Sabremos darnos unos a otros y aceptar todos ante todos normas válidas para nuestro con‑vivir?
2. En búsqueda de sentido
Si miramos la sociedad, en especial el Primer mundo (Europa, América del Norte, Australia, Japón…), nos encontramos con algunos hechos que indican que esta parte de la humanidad vive en busca de una respuesta a la cuestión del sentido de la vida.
La pregunta por el sentido de la vida es expresión de la peculiar forma de ser que comporta el ser humano; de la original forma de vida que es la vida humana. El ser humano no sólo es; no se contenta con vivir; aspira a una vida buena. Necesita incluir en el hecho de vivir, para que su vivir sea humano, que éste valga la pena, que tenga sentido. Puede estimar un fracaso vivir, si para ello tiene que sacrificar las realidades que dan valor a su vida. Por eso está dispuesto a sacrificar la vida a las razones de vivir.
La imagen del sentido aplicada a la vida humana contiene un rico significado: Esto supone que la vida humana: los hechos, las relaciones, las alegrías y sufrimientos…, como las frases y los gestos, contiene una significación. Dice algo de forma que quien la vive y la percibe debe saber interpretarla y que la falta de esa significación la convierte en absurda.
Hace tiempo que se viene calificando a nuestra sociedad occidental como una sociedad en crisis de valores, ideales y utopías que alguien ha resumido declarándola como una sociedad “enferma de sentido”. Síntoma de esa enfermedad sería la desproporción entre el desarrollo científico-técnico, el crecimiento económico y el aumento de poder, por una parte, y la pobreza en sabiduría, en educación de la conciencia, en sensibilidad hacia los valores del espíritu, por otra.
Aunque sea verdad que esa búsqueda de sentido se realiza en ámbitos, como por ejemplo, el “nacionalismo”, la sexualidad, el culto al cuerpo, el bienestar material, la música y deportes, …. pero más que la pérdida de esos valores y de sentido ante lo que realmente nos encontramos es la nueva forma de vivirlos. Dos aspectos, en esa situación de cambio, parecen imponerse a los demás:
El paso de una situación en que las Iglesias monopolizaban para la masa del pueblo la oferta de sentido último, a otra en que se han multiplicado las instancias a las que acuden las personas como donadoras de sentido.
La tendencia cada vez más numerosa de personas que tiende a sustituir la búsqueda de un sentido último para la vida por la atención a los fines y las motivaciones inmediatas para cada una de las acciones, proyectos y decisiones, olvidando que lo que falta es el sentido de los sentidos; la Roma a la que conducen todos los caminos; la sinfonía en la que todos los sentidos llegan a tener voz.
La “enfermedad de sentido” que sufre nuestra sociedad occidental sería, según algunos, el resultado del abandono de la tutela de la religión. Tal juicio conlleva unos prejuicios implícitos, casi nunca justificados, y conduce a previsiones extraordinariamente negativas sobre el futuro del mundo moderno:
El primero de los cuales consiste en afirmar, seguramente con razón, que sólo Dios puede procurar un sentido último a la vida humana y a la historia, pero suponiendo que “Dios” no tiene otro significado que el que las religiones le atribuyen, y que éstas constituyen el único camino para su reconocimiento efectivo por el ser humano.
El segundo prejuicio consiste en creerse y hacer creer que las religiones no tienen la menor responsabilidad en la situación de crisis de la religión, de Dios y del sentido de las sociedades occidentales.
Ante esta situación algunos argumentan destacando el surgimiento y la presencia en la sociedad occidental, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, de los nuevos movimientos religiosos o de nuevas formas de religiosidad. Éstas constituirían la demostración de la permanencia en las personas de esa necesidad que, a falta de los cauces que constituían las religiones tradicionales, se estarían abriendo nuevos cauces espontáneos, tal vez silvestres, para la vivencia de lo sagrado, como nueva forma de alianza entre sentido de la vida y religión.
Sin negar la posible pertinencia de tal observación, hay que referir otro hecho que parece más importante en el contexto de las sociedades secularizadas. Si miramos la conciencia profunda del ser humano, que da lugar a una peculiar experiencia personal y que, tras las crisis de las religiones comienza a manifestarse en formas perfectamente seculares. Cuando la persona se abre a un “sentido de misterio” que nos circunda, que se anuncia en los límites de la razón y en el hecho de que, cuanto más progresan nuestros conocimientos científicos, tanto más se dilata el horizonte…; la experiencia ética y estética; las relaciones interpersonales…, finalmente, el misterio que es cada sujeto para sí mismo. De este misterio se alimenta permanentemente la cuestión del sentido de la vida.
La novedad de la situación actual está en que, a lo largo de los siglos, la religión ha ocupado todo el campo de la atención y la conciencia humana a la hora de plantearse los problemas fundamentales de la vida, porque la experiencia religiosa englobaba todas las otras formas humanas de experiencia de la Trascendencia.
Hoy, en cambio, la secularización de las sociedades y la crisis de las religiones están haciendo insignificante o inaceptable para muchos la formulación del problema del sentido en términos religiosos y, sobre todo, la respuesta religiosa al mismo. Por más grave y triste que nos resulte a los sujetos religiosos, “Dios”, es decir, la palabra religiosa para el misterio del ser humano y que da lugar a la pregunta por el sentido, puede estar siendo para no pocas personas un obstáculo para identificar y para nombrar la Trascendencia por la que se sienten envueltas o habitadas y por la que son calladamente atraídas. El hecho ha sido probablemente percibido y vivido en otras épocas por grupos minoritarios de personas. En la nuestra tiene la particularidad de que afecta a masas enteras de personas, muchas de las cuales, al confundir a Dios con la representación religiosa que de Él ofrecemos los sujetos religiosos y resultarles ésta inaceptable, pueden caer en la tentación de dar a Dios por muerto, cayendo en la tentación de instalarse en formas de vida y hasta en una cultura de la intrascendencia que les lleva a reducir el problema del sentido a la búsqueda de objetivos inmediatos para las múltiples acciones de su vida.
No podemos olvidar, sin embargo, que la crisis de las religiones no está suponiendo el fin de la “religión”. Que nuevas formas de experiencias de la Trascendencia están haciendo accesibles a no pocos de nuestros contemporáneos nuevas formas de acceso, no expresamente reconocidas como tales y no explícitamente religiosas, a Dios.
Ante esta nueva situación, es posible que la tarea más urgente para sujetos religiosos y no religiosos, para creyentes y no creyentes, sea confrontar nuestras formas diferentes de plantear el problema del sentido de la vida y buscar juntos, a través del diálogo y la colaboración, formas de organización de la sociedad, de relación con la naturaleza, de ordenación de la economía, de creación de culturas, que garanticen a la humanidad un futuro en el que se mantenga despierta la necesidad de sentido y se abran caminos a la búsqueda de respuestas
3. Autonomía de la persona
Las religiones tradicionales surgen de la irrupción en la vida humana de la Trascendencia, de una realidad radicalmente anterior y superior al ser humano, que provoca en éste una ruptura de nivel existencial y le orienta hacia el reconocimiento de un más allá absoluto de sí mismo como medio indispensable para su salvación.
La modernidad, en cambio, y de forma más radical la postmodernidad, está definiendo una forma de vivir y de entender la vida que mantiene la referencia a la categoría tradicional de lo sagrado, pero que remite con ella a lo humano en aquellas dimensiones de profundidad, de valor y dignidad que supera los aspectos inmediatos y pragmáticos. El hombre es la realidad sagrada por excelencia, la medida de todas las cosas. Lo sagrado designa así el aura que rodea al sujeto, la dimensión de profundidad de su conciencia, la inviolabilidad de su dignidad, la sublimidad de la belleza que es capaz de gustar.
El factor cultural determinante es, pues, el nacimiento de la subjetividad y el desarrollo del individualismo que le siguió a partir de la época moderna, juntamente con la opción que ha comportado, cada vez más decidida, por la autonomía del sujeto, de su razón, de su libertad.
A partir del Renacimiento comienza un proceso, que en nuestros días es un hecho de conciencia colectiva, en el que el fundamento de la persona no va a estar en los dictados de la autoridad ni en las ideas compartidas por la tradición, ni siquiera las recibidas de una pretendida revelación. El sujeto necesitará hacer por sí mismo la experiencia de lo que acepte.
La experiencia de la propia subjetividad, la perfecta individualización del yo, la plena disposición de sí mismo, el sentido de la libertad como plena soberanía, es decir, la más consecuente afirmación de la propia individualidad, van a pasar a ser la base, la “creencia”, el a priori fundamental sobre el que descansará todo el proyecto humano.
El individuo como centro entra en crisis a causa de todos los proyectos abortados (científicos, políticos), las ideologías que caen, el progreso mismo que no llega a colmar su ansia de felicidad, llega a pensar que las utopías no son posibles. El individuo se convierte más en una cuestión que una afirmación.
En la post-modernidad, el individuo continúa siendo el centro, no como una afirmación prometedora sino coma una cuestión, que expresa su fragilidad más que su poder.
Autonomía evoca con cierta frecuencia la idea de abandono del campo comunitario y el paso al individualismo. Pero no es ese su verdadero sentido. La autonomía indica la capacidad progresiva de actuar y de comprometerse, no por razones externas a mí (”yo debo”; “es necesario”; “se me obliga”…), sino por los valores que siento en el corazón, que se han convertido en míos, y que cada vez hago más míos.
Esta autonomía de la persona estamos constatando las consecuencias y las transformaciones que ese cambio radical operará en terrenos tan diversos como la forma de vivir el matrimonio y la familia, la manera de vivir y pensar el amor, y la muerte. Pero es evidente que esa reordenación del mundo y de la realidad en torno al sujeto, su conciencia de sí, su dignidad, su autonomía, no puede dejar de influir en el ámbito religioso. La consecuencia está siendo el cuestionamiento de la tradición, las autoridades, las normas impuestas por otros y la misma revelación, que constituían la base de la forma de ser de la Iglesia…
Para la reflexión personal y diálogo:
¿Qué nos llama la atención? y ¿por qué?
¿Qué consecuencias tienen estos desafíos para nuestra vida personal, familiar, como ciudadanos, creyentes…?
Del blog "Por un mundo mejor"
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