Por Gabriel González del Estal
1.- El temor, y hasta el pánico, ante la muerte, es un sentimiento primario muy humano, pero no es cristiano. No queremos decir que lo cristiano sea inhumano, sino que hay muchos sentimientos humanos espontáneos y primarios que deben ser corregidos y enriquecidos por la reflexión cristiana. Los sentimientos humanos primarios no son siempre, afortunadamente, los más humanos. El hombre, a diferencia de los animales, debe saber contradecir a los sentimientos primarios y guiarse, en muchísimos momentos, por la fe y la razón. La fe y la razón deben estar continuamente poniendo freno a algunos sentimientos primarios y robusteciendo y enriqueciendo a otros. De lo contrario viviríamos todavía en la selva y en la guerra de todos contra todos. En este sentido, decimos que el sentimiento primario de pánico ante la muerte debe ser corregido y enriquecido por la reflexión cristiana.
2.- En el evangelio de la fiesta de este día Jesús les dice a sus discípulos que no tiemble su corazón, que crean en Dios y que crean también en él. Les dice esto en el sermón de la última cena, cuando sabe que la muerte le está acechando ahí mismo, a la salida del cenáculo. Jesús, en el huerto de los olivos, no es que no sintiera un sentimiento primario de miedo y pánico ante la muerte, es que su fe y su amor al Padre fueron más fuertes que su temor. Con sentimiento primario dijo: que pase de mí este cáliz, pero su fe y su amor al Padre le impulsaron rápidamente a decir: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús de Nazaret vivió siempre con la esperanza firme y cierta de que tenía que morir en esta tierra, antes de ir, definitivamente, a la casa de su Padre. Esta esperanza cierta, esta vivencia, del gozo inmenso que tendría para siempre en la casa del Padre, es lo que le hacía vencer, humanamente hablando, el temor y el pánico, como sentimiento humano primario, ante la muerte. Así también nosotros, los cristianos, tenemos la esperanza firme y cierta de que Jesús nos ha preparado ya un sitio en la casa de su Padre donde, después de esta vida, gozaremos con él de la presencia eterna y gozosa de Dios.
3.- La fiesta cristiana de los difuntos se celebraba en otros tiempos en un ambiente de luto y gran dolor, de rezos y plegarias continuadas por el eterno descanso de las almas que todavía estaban padeciendo en el purgatorio. Era un día en el que uno se levantaba y se acostaba pensando en el cementerio. Hasta tres misas seguidas decíamos casi todos los sacerdotes. Hoy día la fiesta de los difuntos va perdiendo ese carácter lúgubre y penitencial de otros tiempos y se ha ido acercando progresivamente, en su significado, a la fiesta de todos los santos. Ahora, nuestros cementerios se llenan de flores en el día de todos los santos, más que en el día de todos los difuntos. En el fondo de todo esto está, creo yo, un cambio en la sensibilidad y en la fe cristiana del hombre cristiano de hoy. De la fe en un Dios principalmente justiciero hemos pasado a la fe en un Dios principalmente compasivo y misericordioso. Es la misericordia de Dios la que ha salvado a nuestros seres queridos, más que nuestras obras. Por eso, tendemos a creer y a esperar que nuestros fieles y queridos difuntos ya están gozando de la presencia de Dios, y ya son por consiguiente santos. Por eso, como digo, las dos fiestas se han casi identificado y celebramos más solemnemente la fiesta de los santos que la de los difuntos. Celebremos nosotros también esta fiesta de los difuntos con gozo y esperanza, como celebramos ayer la fiesta de todos los santos y digamos con el salmista: mi alma espera en el Señor, espera en su palabra, porque de ti procede el perdón y así infundes respeto.
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