Sunday, February 20, 2011

Pedro Arrupe: la utopía no muere


Profético jesuita, bilbaíno emprendedor y universal

El papa Juan XXIII y Pedro Arrupe navegaron a impulso de un viento del Espíritu


(Juan Masiá, en La Verdad).- Al jesuita Luis Fontes, murcianico japonizado con el nombre de Izumi, se le da el chiste con juego de palabras. Su imaginación vuela, desde el Fujiyama a la vega del Segura, y deja estupefacto al auditorio oriental. Menos mal que la amabilidad nipónica es capaz de reir sin entender la broma. Aplaudieron, sin saber de qué iba el brindis, cuando les invitó, hace más de medio siglo, a celebrar con 'arrope' el cumpleaños de Arrupe. Se reía de kokoro (corazón) el P. Arrupe, comparando el arrope murciano con mermelada de Hiroshima; calabacete y boniato, suavizando dulzor de higos, iban bien con un té verde.


El episodio de los años cincuenta, antes de mi llegada al pais del sol naciente, me llega por tradición oral de otros murcianos (en paz descansan los PP. Antonio Cermeño y Manolo Guillén). Sin prueba documental, no puedo pedir al historiador José Guillén Selfa que lo incluya en su libro.


Pero anima recoger de estos predecesores el testigo de buen humor. A mi generación, tras el entusiasmo renovador de los años sesenta, le han martilleado los oidos con las crisis: en política o economía, iglesia o teatro, hosteleria o filosofía, y hasta en fiestas de primavera... Recordar imágenes de optimistas esperanzados y esperanzadores es buena terapia frente a tentaciones de desilusión en épocas de desencanto.


Este mes conmemoramos los jesuitas el vigésimo aniversario del paso a vida definitiva de Pedro Arrupe (1907-1991). Cinco de febrero, vigilia de los mártires japoneses. Coincidencia significativa: el profético jesuita, bilbaíno emprendedor y universal, padeció otro martirio, víctima de los estratos conservadores de su propia iglesia.


Defenestrado por Juan Pablo II el 26 de agosto de 1981, pasó los últimos diez años de su vida en el silencio de la enfermedad, crisol para el optimismo de una vida dedicada a la sanación evangélica de «este planeta que hay que curar». Desde su hospital de emergencia para supervivientes de la explosión atómica, hasta fundar en 1980 el Servicio Jesuita a Refugiados, pasando por sus años de gira por el globo promoviendo iniciativas de paz y justicia, su trayectoria se define como la de Francisco Javier: «divino impaciente».


El papa Juan XXIII y Pedro Arrupe navegaron a impulso de un viento del Espíritu, que traía novedad, cambio y reforma a la Iglesia ante los «signos de los tiempos». «Novedad»: palabra tabú para la Curia inquisitorial vaticana, sospechosa del «afán novedoso». Pero la novedad tiene dos sentidos. En griego,se dice neos (reciente e inmaduro) y kainos, (nuevo y excelente). Jesús predicó un nuevo modo de creer, nueva imagen de Dios y nueva religión del amor, comparables a vino nuevo, que rompe odres viejos.


Las instancias jerárquicas suelen frenar desde arriba iniciativas de la base. No así Juan, el Papa Bueno, y Arrupe, el superior que no se lo creía. Inusitadamente, ellos aceleraban desde arriba tirando hacia adelante y empujando hacia fuera, hacia el futuro.


Escuché por primera vez al P. Arrupe en una conferencia sobre cómo vivió la bomba atómica. No habló con calma japonesa, sino con entusiasmo vasco. Contagiaba ganas de seguir su camino.


En su primera intervención en el Concilio Vaticano II, el 12 de Octubre de 1965, Arrupe subrayó la pluralidad cultural y la necesidad del diálogo, mientras fruncían el ceño las mitras de vieja guardia. No era corriente la palabra «inculturación», que él propagaría en la década siguiente, ni se hablaba de 'alianza de civilizaciones'. Él se anticipó a su tiempo, pidiendo que vayamos a «aprender de todo el mundo, antes que a enseñar, sin presumir de que lo nuestro sea lo único valedero».


En el centenario del nacimiento de Arrupe un periodista con buena intención desafortunada, alabó su liderazgo de 'los marines del Papa'. Pero los jesuitas preferían otro titular; lo de 'marines' huele a violencia invasora y no casa con el evangelio del no a la guerra. Mejor identificarse como 'colegas de Jesús', comprometidos con su proyecto de liberación, a riesgo de ser ajusticiados, como Él, por la extrema derecha político-religiosa.


El P. Adolfo Nicolás, hoy Superior General, en su mensaje del vigésimo aniversario de Arrupe, convoca al «compromiso total» con el proyecto de Jesús: «salir de la estrechez del propio terruño, sumergirse por completo en la cultura ajena y colaborar con quienes son diferentes» para construir paz y justicia desde el Evangelio. La utopía nunca muere...

RD

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