Hace años cuando fui por primera vez a São Féliz do Araguaia para conocer a Pedro Casaldáliga y su equipo y respirar la esencia de la Teología de la Liberación, tan visible y perseguida por aquel entonces, encontré una comunidad mixta, hombres y mujeres, religiosos, laicos, todos compartiendo las mismas tejas, los mismos ladrillos, la misma utopía, la mismísima determinación para transformar una realidad violenta, injusta y asesina. Había que actuar. Había que optar. No existía espacio para los medios términos, para los movimientos equilibrados en muros. Y esa opción eran los pobres. Campesinos perseguidos, esclavizados. Indios exterminados. Seres humildes, invisibles a nuestros ojos y a los de los intereses publicitarios y mediáticos.
En el grupo de Pedro se encontraba tía Irene. Primero aclararos que es común en Brasil que pequeños y jóvenes llamen a los más viejos de “tía/tío”, como forma cariñosa de aproximación. Es frecuente que los niños y niñas de calle se dirigen así a los transeúntes en su afán por desarmarlos. Tía Irene, mujer menudita de sonrisa dulce y ojos brillantes, con sus manos entrelazadas me transmitía una devoción inmensa. En los bastidores de un escenario lleno de importantes voces masculinas, Irene, monjita (no se de que congregación ni creo que interese) lanzaba sus discursos revolucionarios con el silencio sutil de un piano eclesial.
La última vez que la vi, hace tres años, la declaré papisa. Ella se rió mucho con tamaña osadía desvergonzada. Mi Papisa Irene, la dije. Un ejemplo eternamente vivo de fidelidad, coraje y fe, tan raras en los días que corren. A los pies de una iglesita donde recordábamos a los mártires de la caminada, indiferentes para la jerarquía eclesial, tía Irene se conectaba con los aires divinos que pairaban sueltos por el encuentro. Elegancia y sutileza en sus pasos de santa viejita. Allí me despedía yo para la próxima, si saber que no habría.
Me dieron la noticia esta semana y mi corazón se afligió porque con esta mujer parte un espíritu puro, y andamos tan escasos de pacificadores. Pero digo yo que se encargará la Vida de Renacerla. Papisa de los invisibles, pacificadora de las soberbias, ahora sin duda, reina.
“…pajarito de ternura,
en las aguas de la vida,
llena de Reino la História,
y el río de poesía.
Señora del Araguaia
garza de Gracia, Maria! “
(extraído y traducido de una oración de Pedro Casaldáliga a Nuestra Señora del Araguaia)
Lola Campos
Del blog "Trans-"
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