
Leonard Boff, icono de la teología de la liberación, no tiene la menor duda en afirmar que monseñor Romero no es santo porque no hay dinero para su causa. A mí que no conozco los entresijos del Vaticano, me choca que para ser santo se necesite un aval económico. Creía que las virtudes probadas son lo que cuenta en estos procesos.
Monseñor Romero ha estado relacionado con la teología de la liberación, porque la mayor parte de sus fieles volcaron sus esperanzas en ese “bajar a los pobres de la cruz”. Aquello sucedía en la convulsa década de los ochenta. Después de una larga tradición de compromiso con los más desfavorecidos, los curas obreros y los curas guerrilleros, impregnados de la ideología marxista, escandalizaron los pilares conservadores del Vaticano.
Pero monseñor Oscar Romero era un clérigo a todas luces muy alejado de aquellas tesis, a él le bastaban las encíclicas del Papa y el evangelio. Cuando vio morir uno tras otro a miembros de su rebaño, la denuncia profética tomó el relevo. En otra época, en otras circunstancias, hubiera sido un obispo más tal vez irrelevante. Pero Dios se vale de los acontecimientos para llevar a cada uno por el camino que El espera. Y en este caso no cabe duda que monseñor Romero estuvo del lado del pueblo martirizado y explotado, porque Dios así se lo dió a entender.
Esa relación con la justicia social es la que le ha perjudicado. Ha tenido que caer el muro de Berlín y desaparecer el comunismo, para que un Papa lo nombre como mártir y probablemente le lleve a los altares. No fue ningún revolucionario, fue un profeta de su tiempo y un buen pastor de su rebaño. Sabía que se jugaba la vida y aceptó el sacrificio.
La frontera que separa a los países ricos de los países pobres es cada día más evidente. Y la iglesia si calla está a favor del poder, si habla hace política. Más o menos lo mismo que le sucedió a un nazareno en tiempos de Poncio Pilatos. Sin que esto signifique convertir a Jesucristo en una figura mítica y revolucionaria, que ha sido el gran error de la teología de la liberación. Humanizar tanto la figura de un Dios encarnado que se queda tan sólo en un profeta capaz de cautivar a quienes le conocieron hasta el extremo de dar su vida por El.
Lo cierto es que estar a favor de los pobres, no significa necesariamente estar contra el sistema. La Roma pagana convivía con los cristianos y ninguno de ellos tuvo en mente destruir al César y su imperio. La misión de los apóstoles y sus seguidores fue mucho más allá. Se trataba de llevar la salvación a todos los pueblos. Tuvieron que pasar muchos acontecimientos hasta que el cristianismo se consideró oficialmente la religión del Imperio.
Hoy como ayer, existen grupos de cristianos que esperan la liberación del yugo capitalista, como los zelotes esperaban la venida de El Mesías para destruir al Imperio romano y devolver el esplendor a Israel. Lo que sucede es que Dios siempre se ha revelado en lo pequeño. ¡Cabe mayor revolución!. Quienes están olvidados por el poder político y social, ellos son las criaturas preferidas de Dios. Y si en el camino que recorremos nos encontramos con la traición y el fracaso, allí está Dios, como estaba en la cruz, frente al aparente sin sentido de la muerte.
Los cristianos estamos en el tiempo litúrgico que celebra que El venció a la muerte con la Resurrección y se empeñó en permanecer en la Tierra hasta el fin de los tiempos. Hoy sigue resucitado en cada cristiano y está presente cuando dos o más se unen en su nombre. Y se ofrece todos los días en el altar para rescatarnos del pecado. Y monseñor Romero no necesita el respaldo económico de su pueblo para llegar a los altares. Está presente junto a todos los santos mártires del mundo cada vez que se realiza el acto de consagración. Porque forma parte del cuerpo místico de Cristo. Así lo entiendo y así os lo cuento. Por eso creo en su causa.
Carmen Bellver
Del Blog "Diálogo sin fronteras"
El Periodista Digital
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