Saturday, September 15, 2012

¿El modelo libanés es la única vía para el Medio Oriente?



El análisis del director científico de la Fundación Internacional Oasis

MARTINO DIEZ*ROMA

Una cierta retórica del “País mensaje”  no es nueva en Líbano. Oficialmente todo va bien, la guerra civil se archivó y la concordia reina soberana. «Pero como norma general, siempre hay que postular una cierta distancia entre las declaraciones y las acciones», nos recordaba hace algunos días el filósofo Nassif Nassar.

Y también, en los numerosos discursos de corte político programados durante la visita apostólica, al lelgar al aeropuerto el viernes y sobre todo al palacio presidencial hoy por la mañana, se podía insinuar el riesgo de una celebración acrítica de la vida en común en el país de los cedros.


En realidad, que la cosa iba mucho más en serio se había entendido desde el discurso con el que el Presidente de la República Libanesa, Michel Sliman, había recibido al Papa en el Palacio Presidencial. Claro, los saludos y las declaraciones de protocolo no podían faltar. Pero el presidente libanés había, por una parte, exhortado a los cristianos a participar más en la construcción del bien común (eso que puede ser interpretado como una admisión implícita de una dificultad) y, por la otra, había subrayado que el país de los cedros está pendiente con mucha preocupación de los sucesos que lo circundan, y había insistido en la neutralidad del país, alrededor del cual todas las fuerzas políticas han llegado a un acuerdo.

«Los libaneses esperan que Siria llegue a esa libertad y a esa reconciliación que desean para sí mismos»; este fue seguramente el pasaje clave del discurso. Como si dijera que la “marca” libanesa de la convivencia también tiene sus dificultades.

El motivo de esta dificultad lo explicó el Papa en uno de los pasajes más fuertes de su discurso. «El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo de forma impersonal o determinista. El mal, el demonio, pasa por la libertad humana, por el uso de nuestra libertad. Busca un aliado: el hombre».

Benedicto XVI está particularmente triste por lo que está sucediendo en Siria, como declaró ante los jóvenes esta tarde. Por ello, es necesaria una conversión, que pueda asegurar el entendimiento entre las culturas y las religiones y que promueva un cierto sentido de la justicia y del bien común. De aquí deriva el compromiso por la paz, por la libertad religiosa, a favor de la vida y en contra de cualquier tipo de violencia verbal o física, que no puede encontrar nunca una justificación de tipo religioso.

Así como en todos lados se acostumbra hablar sobre el clima, en Líbano se suele empezar una conversación, sobre todo con extranjeros, con alguna consideración geo-política. Al pensar en las dimensiones del país, en medio de potentes vecinos, y en su historia atormentada, la opción es absolutamente legítima y comprensible. El Papa recordó que en estas consideraciones sobre el contexto general no deben sustraerse a la acción concreta de los individuos. Como la de los jóvenes libaneses comprometidos con la Cáritas para ayudar a los prófugos sirios. Enfrentan una realidad casi escondida, para evitar turbar los equilibrios del país, y cada día ven en primera persona los sufrimientos y la impotencia. «La inacción de los hombres de bien –afirmó Benedicto XVI, casi respondiéndoles– no debe dejar que el mal triunfe. Es todavía pero que no hacer nada».

La vida en común, el modelo libanés, sigue siendo un ejemplo en la región. Tiene una dimensión providencial («elegido por Dios»), pero no hay que darlo por descontado: hay que revisarlo todos los días, eligiendo conscientemente que es mejor “con” que “contra”, es decir, valorizando el bien práctico de la pertenencia al conjunto, ese «deseo de conocer al otro» que el Papa indica como fundamento de una sociedad plural. «Más allá de las manifestaciones exteriores, el dato más importante de la visita es que los libaneses musulmanes acogieron a Benedicto XVI no como a un huésped de sus vecinos cristianos, sino como a alguien que iba también por ellos», comentó Ibrahim Shamseddine, presidente de una fundación cultural chiíta con sede en Beirut.

Líbano se muestra vibrante a nivel económico, por lo menos en los barrios “chic” del centro de Beirut, pero está detenido a nivel institucional por el miedo que impide tocar el “status quo”. En este sentido, la invitación del Papa a jugar personalmente podría contribuir a encontrar un clima de confianza renovado, presupuesto para cualquier cambio, incluso a nivel de arquitectura política.


Martino Diez

Vatican Insider

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