Tuesday, November 13, 2007

Pedro Arrupe, el general audaz


Desautorizado por el Vaticano en el epílogo de su mandato
Cuenta Pedro Ontoso en El Correo que en mayo de 1931 la onda expansiva de la explosión anticlerical se extendía por España cebándose con iglesias y conventos. Dos jóvenes novicios de jesuitas, Jose María Llanos y José María Díez Alegría, huyeron 'in extremis' de Madrid y recalaron después de varias semanas en Loyola. En la casa santuario guipuzcoana, los 'junior' de la provincia vasca de la orden organizaron una fiesta de bienvenida.
Otros dos jóvenes disfrazados de 'casheros' representaron una escena de caserío con mucho sentido del humor. Uno era Javier María Urzainqui, que luego abandonaría el noviciado, y el otro, dotado de una aterciopelada voz de barítono, era Pedro Arrupe Gondra. Tanto el padre Llanos, el 'cura rojo' del Pozo del Tío Raimundo, como el padre Díez Alegría, expulsado de la orden por su polémico libro 'Yo creo en la esperanza', no podían imaginar que aquel gran cantante e imitador llegaría a ser, 34 años después, el general de los jesuitas. Mañana se cumplen cien años de su nacimiento en Bilbao.
El encuentro lo describe con gran detalle Pedro Miguel Lamet, autor de dos documentados libros, 'Díez Alegría, un jesuita sin papeles' y 'Arrupe, testigo del siglo XX, profeta del XXI', con atinadas claves sobre la vida y obra de ambos personajes. Tanto Llanos como Díez Alegría ejemplifican, a escala doméstica, el compromiso de muchos jesuitas que, desde un discurso radical y comprometido, abrazaron la bandera de los pobres y de los derechos humanos, dejando amargos jirones en el camino. Otros, incluso, con la entrega de la propia vida, como es el caso del padre Ellacuría, asesinado en San Salvador por los escuadrones de la muerte.
Talante fresco
A Arrupe le tocó encarar el desafío de aquellos nuevos tiempos. Su candidatura salió en tercera votación, cuando obtuvo 110 votos -la mayoría absoluta- de los 224 jesuitas reunidos en Roma. Era mayo de 1965 y en el trono de San Pedro se sentaba Pablo VI. Un vasco se ponía al frente de un 'ejército' de 36.038 soldados, un colectivo con tanta potencia como la General Motors, según la comparación que hizo entonces la revista 'Time', que ocho años después dedicaría su portada al nuevo general.
Los que le conocieron y trabajaron con él certifican que «no era un hombre de curia». Llegaba del Japón -donde vivió en primera persona la tragedia de Hiroshima- y su talante fresco y jovial desentonaba en un territorio de 'capillas' e intrigas. Además, su lenguaje era muy directo y siempre respondía a cuerpo descubierto. Así lo hizo, por ejemplo, en la carta que dirigió a los jesuitas latinoamericanos en la que defendía la opción preferencial por los pobres. Su magisterio levantó ampollas en los sectores más conservadores, que creyeron ver las orejas al «lobo marxista», según relata Lamet. Unos sectores que ya habían mostrado sus recelos por anteriores intervenciones. Como cuando defendió el pensamiento del antropólogo Teilhard de Chardin. Arrupe, que se había educado en el conservadurismo religioso del Bilbao de primeros de siglo, había sufrido una evidente evolución.
La Compañía estaba en el punto de mira del Vaticano. En su primera entrevista con Pablo VI, el Papa dejó claro que tenía 36.000 soldados a sus órdenes, antes de fotografiarse con Arrupe arrodillado a sus pies. En una alocución secreta posterior, el pontífice alertaba a los jesuitas de varios «peligros», entre ellos, el abandono de la disciplina y la crisis en la obediencia. Aunque el conjunto del discurso era un elogio a la institución, los analistas lo interpretaron como un severo 'tirón de orejas'.
Giro radical
Los defensores de Arrupe valoran el giro radical que imprimió a la Compañía, que supuso un corte muy fuerte con la línea anterior. «Actuó con visión de futuro y audacia evangélica», destacan. En efecto, no fue un jerarca eclesiástico al uso. «Fue más un apóstol que un burócrata», insisten sus cercanos, por lo que «descuidó» los ambientes vaticanos, donde había que trabajar con mano izquierda. Y hacer pasillos en la Secretaría de Estado. Eso es precisamente lo que le endosan sus críticos: viajó mucho y confió «demasiado» en sus colaboradores.
En cualquier caso, el nuevo estilo no gustó a los sectores más conservadores de la institución, que le achacaron haber provocado una crisis de identidad en la orden. «Un vasco fundó la Compañía y otro vasco se la está cargando», se repetía en esos ambientes. Incluso se intentó una escisión que el propio Arrupe logró parar. Pero en el Vaticano crecía el recelo sobre los jesuitas, referencia de primer nivel en la vida religiosa.
Y llegó el 'golpe de estado'.
El 5 de octubre de 1981, Juan Pablo II nombra a Paolo Dezza «delegado personal» para gobernar a los jesuitas, con el padre Giuseppe Pitau como segundo de a bordo, un acto sin precedentes con el que culminaba varios años de tensiones entre el Vaticano y la Compañía. Una desautorización en toda regla al generalato de Arrupe, que vivió con humildad franciscana las humillaciones.
George Weigel se detiene en este episodio en su celebrada biografía sobre Karol Woyjtyla 'Testigo de la esperanza'. El teólogo católico y acreditado analista destaca el riesgo considerable que representaba aceptar la propuesta de Ignacio de Loyola de formar una comunidad religiosa de élite que se caracterizase por su fervor espiritual, sus dotes intelectuales, su valentía, su 'esprit de corps', su abnegada disciplina y su lealtad inquebrantable al papado. «Las élites provocan dificultades en cualquier organización compleja. En el caso de la Compañía de Jesús, la apuesta era distinta: se trataba de que un cuerpo de élite y consciente de serlo, autónomo y capaz de perpetuarse por su cuenta, no saltara a otra órbita doctrinal y disciplinaria por estar ligado a la autoridad de la Iglesia mediante un voto de obediencia al obispo de Roma. Si el vínculo se aflojaba o se rompía, una élite que ennoblecía al resto de la Iglesia podía convertirse en una camarilla que fuera por libre, unida nominalmente a la autoridad de la Iglesia pero convencida de que su inteligencia superior y su rectitud moral le permitían seguir su propio camino».
Los jesuitas acatan, pero siguen su propio fuero. Y Arrupe era su bandera. Por eso se atrevieron con un gesto de largo valor simbólico y trasladaron los restos del general a la emblemática iglesia romana del Iesú, junto al sepulcro de San Ignacio, el lugar más importante de la Compañía. En Roma aún 'chirría' la estela de Arrupe. De hecho, el propio Kolvenbach, todavía general de la orden, ha tenido que viajar a Bilbao para celebrar el centenario del nacimiento de Arrupe. «Es pronto para celebrarlo en Roma», resume un miembro cualificado de la institución religiosa.
Fuente: El Periodista Digital

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