
SIERRA LEONA
En memoria de Ishah (y de tantas otras sin nombre)
La guerra es la más ignominiosa de las ignominias. Los combatientes son casi siempre hombres, y las víctimas, civiles. Niños, ancianos, hombres desarmados y mujeres son empleados como escudos humanos, son bombardeados o masacrados, utilizados para mantener la vigencia del horrible catálogo que suma todas las violaciones de los derechos humanos. La muerte se pasea sin tapujos por los escenarios conflictivos, riéndose de los vivos. Los mejores valores quedan sepultados cuando se produce el pitido bélico inicial.
La guerra es la más ignominiosa de las ignominias. Los combatientes son casi siempre hombres, y las víctimas, civiles. Niños, ancianos, hombres desarmados y mujeres son empleados como escudos humanos, son bombardeados o masacrados, utilizados para mantener la vigencia del horrible catálogo que suma todas las violaciones de los derechos humanos. La muerte se pasea sin tapujos por los escenarios conflictivos, riéndose de los vivos. Los mejores valores quedan sepultados cuando se produce el pitido bélico inicial.
La mujer sufrirá por partida doble. Su condición siempre será un lastre. Si su aldea es asaltada es difícil que se salve de la violación. Si su ciudad es cercada es posible que muera en una cola de agua durante un bombardeo con morteros. Si es detenida por ejercer de opositora política en una dictadura militar o protestar por la desaparición de su marido o su hijo no podrá evitar las torturas sexuales. Si es una niña secuestrada por un grupo guerrillero será obligada a mantener relaciones sexuales con los comandantes. Si es una niña soldado también ejercerá de esclava sexual. Si se libera del grupo armado es posible que nunca cuente su historia de humillaciones, apenas se beneficie de los programas de rehabilitación y acabe en las redes de la prostitución.
La mujer de la que hablo murió en el verano de 2003. La llamo mujer injustamente porque nunca abandonó la adolescencia. Tenía 11 años cuando los rebeldes sierraleoneses la secuestraron en su aldea natal. Ejerció de amante de un oficial durante seis meses, que la marcó los dos brazos para que pudiese ser reconocida si se decidía a escapar. Fue instruida para ser soldado y cuando adquirió su nueva condición pudo «divorciase» de su violento oficial. En una segunda etapa tampoco tuvo suerte: se convirtió en la esclava sexual de dos comandantes que la «usaban» de forma indistinta cuando les apetecía. Consiguió escaparse y alcanzar un campamento de refugiados en un país limítrofe. Vendió hielo y agua fría en las calles de una gran ciudad, trabajó en labores domésticas, enfermó y durmió varias semanas en el cementerio antes de ser repatriada.
Cuando en abril de 2002 llegó a Freetown, la capital sierraleonesa, el SIDA le estaba minando la salud. En febrero de 2003, apenas podía sostener en pie un cuerpo escuálido y llagado en el que destacaban unos impresionantes ojos tan tristes que aún me persiguen. Los últimos meses de su agonía sintió la compasión humana cuando, por primera vez en su vida, se la trató con dignidad.
La niña soldado secuestrada, violada, «usada» sexualmente, utilizada como esclava doméstica, pisoteada a lo largo de toda su vida, murió con 17 años. Se llamaba Ishah Jonson. En su honor y el de tantas pequeñas sin nombre, recuerden que ella simboliza la lucha contra la degradación.
Gervasio Sánchez,Amnistía internacional, núm. 71, febrero-marzo de 2005
Ampliando miras: NIÑAS SOLDADO
Las niñas soldados son secuestradas y separadas de sus familias. Son hechas prisioneras para ser utilizadas como sirvientas y esclavas sexuales de los militares, son violadas y torturadas y se las obliga a permanecer en los campamentos. Cuando son liberadas y tienen que volver a sus pueblos tienen que afrontar la estigmatización de haber quedado embarazadas a causa de las reiteradas violaciones que han sufrido.
Gesto para hoy:
Acércate a alguien con quien hayas tenido algún problema (llámale por teléfono, escríbele una carta o un correo electrónico...), pídele perdón.
Alégrate por construir la paz.
Oración:
para tratar de entender lo que acontece en este mundo,
el misterio de tanta maldad y de tanto sufrimiento.
Que el dolor no me deje nunca indiferente.
¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe!
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