Por José María Martín OSA
1.- Reconocer nuestro pecado. David ha cometido pecado: cometió adulterio con Betsabé, e hizo matar con astucia al esposo de Betsabé. Sin embargo, Dios perdonó a David porque reconoce su pecado. Hoy en el Salmo 31 respondemos, como David: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”. En el Salmo 51 tenemos la oración de David, después que fue reprendido por el profeta: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos... He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu." David se dirige a Dios primero. El está muy consciente de que la primera persona ofendida por su pecado es Dios mismo. "Contra ti, contra ti solo he pecado..." Todo lo demás es secundario. Después vemos cuál es el anhelo más profundo en el corazón de David. No es la honra ante el pueblo; ni es escapar del castigo de Dios. Su anhelo más profundo es "un corazón limpio y un espíritu recto". Este es el anhelo de una persona verdaderamente arrepentida. No importa lo que diga la gente - de hecho, la gente malinterpretó el comportamiento de David después de su arrepentimiento, y él quedó muy mal ante ellos. Pero David sabía que Dios "ama la verdad en lo íntimo", donde nadie mira. Esto era lo que le importaba más que cualquier otra cosa. Alguien ha dicho una vez: "Tu integridad se demuestra en lo que haces cuando nadie te mira." Esta es la integridad que demostró David, y por eso Dios le perdonó. Aunque David también tuvo que sufrir, Dios no le quitó el reino ni la vida como lo había hecho con Saúl, quien pide perdón a Samuel, pero no a Dios, que quiere el arrepentimiento verdadero. ¿De qué clase es tu arrepentimiento? ¿De la clase de Saúl o de la clase de David? ¿Es un arrepentimiento ante los hombres, o un verdadero arrepentimiento ante Dios quien mira "en lo secreto"?
2.- El hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Jesucristo. San Agustín, comentando este texto (Serm. 105 A, 2) nos dice: «Aprende a orar como enemigo de ti mismo; mueran las enemistades. Tu enemigo es un hombre. Hay dos nombres: hombre y enemigo. Viva el hombre y muera el enemigo. ¿No te acuerdas cómo Cristo el Señor, con la sola voz desde el cielo, hirió, tiró por tierra y dio muerte a su enemigo Saulo, acérrimo perseguidor de sus miembros? No hay duda de que le dio muerte, pues murió en su ser perseguidor y se levantó convertido en predicador. Murió; si no me crees a mí, pregúntaselo a él. Escúchale y léele. Oye su voz en la carta a los Gálatas: Vivo, pero ya no soy yo quien vive (Ga 2, 20). Vivo, dice, pero ya no soy yo. Luego él murió. ¿Y cómo hablaba? Vive en mí Cristo (ib.). En la medida de tus fuerzas, ruega, pues, que muera tu enemigo, pero considera en qué forma. Si muriese sin que su alma abandone el cuerpo, tan sólo perdiste un enemigo y a la vez conseguiste un amigo». De poco sirve conocer el camino (la ley), si nos falta el motor (gracia), que nos ayuda a caminar
3.- El cumplidor no entiende nada sobre el amor verdadero. El fariseo, de nombre Simón, invita a Jesús a comer a su casa, pero no tiene una “abundante hospitalidad”. Lo recibe fríamente: no unge su cabeza con aceite perfumado, excelente signo de cortesía que hacía al invitado oler bien. No es que Simón haya sido descortés, fue “tacaño” en su cortesía. La parábola de Jesús, apropiada para la enseñanza que quiere impartir, se encuentra con el poco convencido “pienso que aquel a quien perdonó más”, que utiliza como respuesta el fariseo Simón. La reflexión de Jesús acerca del perdón impresiona. El fariseo que busca, con su cumplimiento exagerado de la Ley, que Dios esté “conforme” con él, ama poco, se detiene donde cesa la obligación de acoger hospitalariamente, le interesa “cumplir”, nada más. Los demás, para el fariseo, son ocasiones de sumar puntos en el cielo, con Dios. Dios no le perdona nada, ya que no tiene nada malo en su haber, pues el “cumple” a la perfección su tarea. Es la gran diferencia entre una madre que cuida a sus hijos y una empleada; entre la madre que cocina y sirve, y en el cocinero contratado. El servicio será, tal vez, idéntico o mejor, pero sin involucrarse emocionalmente, sin amar a quienes se sirven. Para la madre, es parte de su vida, y muy importante. Para los demás es el modo de ganarse la vida, clientes…
4.- La mujer pecadora tiene mucho amor. La mujer pecadora, al revés que el anfitrión, se muestra cordial, cercana, exquisita en los detalles del amor para con Jesús. Ella nos enseña la manera en que proceden los que aman, los que se sienten cercanos a Jesús, los que de verdad experimentan que Dios y el prójimo son el centro de su vida. Jesús derrama perdón y amor, Jesús perdona y salva, Jesús restablece en el círculo íntimo del amor divino a esta mujer pecadora. El perdón y la salvación no le vienen de sus grandes obras, de sus cumplimientos milimétricos de la Ley, le llegan gracias al “amor” que demuestra ante quien la ha rescatado con sus palabras y signos, del pozo del pecado (sea este cual fuera) en el que estaba hundida. La enseñanza desarrolla una advertencia y una invitación. La advertencia: ¡cuidado si te contentas con cumplir! Cumples “tus” expectativas, no las de Dios. Haces “tu” tarea, no el proyecto de Dios. El “cumplidor” satisface su conciencia, no la realidad en la que vive. Por eso corre el riesgo, exagerado riesgo, de ponerse en lugar de Dios y rendir culto a sus propios proyectos. Hay una invitación: examinemos nuestra vida para animarnos a pedir perdón con más frecuencia. El sacramento de la Reconciliación es un excelente medio para hacerlo con Dios y con los hermanos. Busquemos, con las actitudes exquisitas de la “mujer pecadores”, la reconciliación por medio de gestos cordiales de amor. No te examines desde el cumplimiento, eso te llevará a la autosuficiencia, examínate desde el amor, él te llevará al verdadero servicio, el cual harás con cordialidad y afecto. ¿Soy de los que “cumplen” y nada más, como Simón el fariseo? ¿Por qué? ¿Tengo actitudes “delicadas” y “generosas” con mis semejantes, mostrando que amo mucho? ¿En qué me parezco a la “mujer pecadora”?
Me vienen a la mente estas palabras al recordar hoy a la mujer pecadora: “Cuando nacemos, el Señor nos tiene unidos a El como con una cuerda. Al pecar, la cercenamos. Al volver a Dios con el corazón contrito, El restaura la cuerda: Hace un nudo con los extremos cortados. La Misericordia de Dios sobreabunda a nuestro pecado... La cuerda se va haciendo más corta y resistente a medida que retornamos a El después de pecar. Y nos va acercando a su corazón, como en el abrazo del Padre al Hijo Pródigo”.
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