Monday, October 18, 2010

La Guadalupana acompañó a los 33 mineros chilenos


En los 70 días bajo tierra rezaron a la Virgen. Cuando los rescataron, la subieron con ellos
Dicen que está arriba, en el cielo. Pero la Virgen bajó al fondo de la tierra, su imagen al menos, a 700 metros de profundidad, a través de un ducto al que los técnicos chilenos llamaron “mano de Dios”, que se utilizó para establecer el primer contacto con los 33 mineros que estuvieron atrapados 70 días en la mina San José, en Chile, y para que pudiera bajar el dispositivo cilíndrico llamado “paloma”, donde bajaban víveres para mantener con vida a los mineros chilenos.

Fue por ese ducto donde bajó la Virgen de Guadalupe hasta el fondo de la mina, donde después fue colocada en un altar improvisado, construido por los mineros. Tres figuras de la Guadalupana acompañaron a los mineros durante su encierro. Estaban acompañadas por otras vírgenes: la Virgen del Carmen, de Chile; Nuestra Señora de los 33, patrona de Uruguay, y la Virgen de la Candelaria, de Copiapó.
Algunos de los mineros conocían a la Virgen de Guadalupe, otros no; pero todos acabaron por rezarle allá abajo, comenta Víctor Antonio Segovia, uno de los “33 de Atacama”, en entrevista con EL UNIVERSAL.
En el Campamento Esperanza, la señora Blanca Rojas, madre de Víctor, también le rezaba a la Virgen de Guadalupe por sus tres familiares atrapados, su hijo y dos sobrinos.
Habrían de transcurrir más de dos meses antes de que la Patrona de las Américas subiera en la mochila de tres de los mineros. “Allá abajo no quedó ninguna santa”, dijo Víctor Segovia, que fue el minero número 15 en abandonar el socavón. Este número nunca había significado tanto para él. “Traté de averiguar por qué (ese) orden de salida. Nos comentaron que el orden no era negociable, y así fue. Esperé mi número. Subí a la cápsula Fénix, una vez adentro apreté la tecla récord de mi MP3 o dispositivo musical y comencé a grabar el ascenso. Sólo iba prometiendo...
Prometí que si me salvaba dejaría la parranda, prometí que si llegaba arriba trataría de mantener más unida a mi familia, prometí ser un mejor padre.
“Me comprometí con cada una de mis cinco hijas. Prometí portarme mejor y no tener una vida tan disipada, prometí nunca más entrar a una mina sin las medidas de seguridad necesarias, prometí no entrar a las minas que sabemos tienen un alto grado de sobreexplotación... y así, durante los largos minutos que duró el ascenso adentro de la cápsula, como si fuera un elevador sin fin, yo continuaba comprometiéndome. Sólo intentaba hacer el viaje más corto, y fui grabando mi ascenso a la vida.
“Cuando llegué a tierra y me encegueció la luz del sol, apreté la tecla stop. Subir hacia la superficie fue un modo de crecer. La grabación la guardo conmigo como un testimonio de sobrevivencia”, dice Víctor.
Siempre era de noche
Segovia cuenta que allá abajo, a 700 metros de profundidad, era siempre de noche, aun con los ojos abiertos. Su mayor angustia fueron esos 17 primeros días sabiéndose con vida y sin poder avisar a su familia.
“Me invadió un sentido de culpa, un amplio vacío. Entre los 33 éramos todos cercanos, todos compañeros de mina, pero ajenos; asustados, aún ensordecidos por la tremenda explosión de la que fuimos testigos. Fue nuestro terremoto personal. Esas primeras semanas fueron de total desesperanza; creía que seríamos rescatados en una semana. No fue así. No aceptábamos la muerte.
“Comencé a llevar una bitácora con lo que abajo ocurría. La bitácora se fue convirtiendo en un cuaderno con más hojas. No teníamos nada en propiedad. Nada, salvo un reloj, para medir un tiempo que perdí y no reconocía. Mi celular lo había dejado arriba.
“Nos cansamos de pedir socorro. Y todo fue silencio hasta que escuchamos las máquinas perforadoras que nos devolvió la esperanza. Al escuchar la máquina, pensé que había que plantearse de nuevo todo este asunto de quizás volver la vida, pero de un modo distinto”.
“Me hacía falta música”
Hombre de carácter intimista, a Segovia sus compañeros de la mina comenzaron a llamarlo El Escritor.
“De pronto, y después de dos semanas, nos alcanzó la sonda ‘mano de Dios’. Pedí una armónica, me hacía falta la música. Y allá abajo, cada uno en su escondite, buscábamos un poco de intimidad. Comíamos juntos en la noche, en un mundo en donde a veces era difícil respirar, faltaba el aire, el viento, los detalles de la vida cotidiana. Nunca antes había contado con tanto tiempo para estar conmigo”.
Víctor comenzó a recibir cartas y recuerda una en especial, en la que su sobrina Taína, de 27 años, le recuerda que tiene que salir de ahí con vida para volver a disfrutar de sus tres pasiones: la minería, la música y el buen vestir. “Además, mi hija Marisa estaba a punto de dar a luz y estuvo muy apegada conmigo durante los dos meses. Traté de estar fuerte para ella, aun estando en aquel abismo a cientos de metros bajo tierra”.
Hace dos meses, Víctor Antonio Segovia sólo era Toño, un minero chileno que se afanaba todos los días por llevar el sustento a su familia. Hoy ya no es anónimo y se declara molesto, porque no esperaba la parafernalia que vivió el día de su rescate.
“Me molestó ver a tantos medios de comunicación, cámaras por doquier. No lo esperaba. Hubiera preferido algo más sobrio, más íntimo. No podemos dejar de reconocer que estamos vivos gracias a la voluntad política para salvarnos, la pericia técnica y la eficaz cooperación internacional”, afirma. También dice que hubo ciertos conflictos abajo, pero de eso prefiere no hablar.
“Resolvimos los conflictos que se iban presentando (...) Viví en un abismo sin fin... no me interesa la fama, ni el dinero. Quiero descansar. Sólo eso. La experiencia fue dura. Quiero estar más cerca de Dios. Prometí, si me salvaba, ir todos los días a la iglesia”, concluye.
El Universal

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