Por José María Martín OSA
1.- La experiencia de fe implica asumir la función y la actitud del Siervo de Yahvé. En la Biblia, la figura del Siervo aparece en el libro de la Consolación, llamado así por sus primeras palabras: Consolad, consolad a mi pueblo. Las palabras de consuelo van dirigidas al pueblo judío, desterrado en Babilonia. La nueva potencia es Persia: ¿someterá su rey Ciro a Babilonia? ¿Volverán los desterrados? Un profeta desconocido (segundo Isaías) lo anuncia como un nuevo éxodo: ya está en marcha ¿no lo reconocéis? En principio, el profeta ve actuar a Dios por medio de su siervo Ciro, elegido para someter ante él a las naciones, para abrir ante él los batientes. Pero poco a poco se perfila un personaje misterioso, que será instrumento de salvación universal.
¿Cuáles son sus rasgos?: el Siervo no sólo anuncia sino que también denuncia: “Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; me hizo como saeta aguda”. Puede verse acechado por una sensación de fracaso. En el capítulo 50 que leemos este domingo, vemos cómo sufre los ultrajes y le apalean, pero El no se echa atrás, porque tiene cerca a su defensor. Es el Señor quien le ayuda, porque “escucha ni voz suplicante” (Salmo 114). Es un canto de esperanza, un aliento para todos aquellos que sufren persecución por la vivencia de su fe o se ven agobiados por las contrariedades de la vida.
2.- Ser consecuentes con nuestra fe. ¿Qué pretende Santiago en su carta? Una sola palabra lo condensa todo: “Autenticidad” de la fe, de la religiosidad. Sin mencionar para nada a Jesús, parece como si Santiago nos recordara la palabra del Señor en el Sermón de la Montaña: “No el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Según Santiago, las obras demuestran que se tiene fe, pues dice:
“Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré mi fe”. De hecho, pues, las obras nacen de la fe.
3.- Jesús espera una respuesta que defina lo que estamos dispuestos a dar por El. El suceso del evangelio se sitúa en Cesarea de Felipe, región pagana en el antiguo territorio de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no se quedará limitada a su propio país.
Deben estar dispuestos a alcanzar las regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera
llevarles. “¿Quién dice la gente que soy yo?”, Jesús comienza con una pregunta impersonal. ¿Qué impresión tienen los otros de mí? ¿Cómo me ven? A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?” Jesús no deja a los apóstoles sólo en un nivel superficial. Quiere una relación más personal: decidme “¿quién pensáis vosotros que soy yo?” Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro a aquel examen, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado, el Ungido de Dios, realmente el Hijo mismo de Dios... Esta misma pregunta nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? En otras palabras te está preguntando ¿para ti, quién soy yo? Debes pensar antes de responder, no se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti?
3.- Me da la impresión de que no estamos del todo convertidos a Jesucristo. Es más fácil cumplir unos preceptos, que en el fondo no alteran nuestra vida, que “mojarse” de verdad y dejar que el Evangelio empape nuestra vida y cuestione incluso nuestras seguridades. Raramente somos capaces de renunciar a nuestro dinero o a nuestro tiempo para compartirlo con los necesitados.
Nos hemos fabricado una religión a nuestra manera, por miedo a comprometernos de verdad. Muchas personas se escandalizan y se alejan de Dios al contemplarnos. Necesitamos un replanteamiento de nuestro seguimiento de Jesucristo.
4.- El seguimiento de Jesús exige renuncia de uno mismo y capacidad de entrega. El camino de la cruz ha sido y sigue siendo una piedra de tropiezo y es necesario que continúe siendo un escándalo aún hoy para todas y todos nosotros. No serán los grupos vulnerables ni los excluidos los que le empujaran a la cruz, sino que serán las autoridades legítimamente establecidas tanto en el espacio civil como religioso. Son aquellos y aquellas que ejercen el poder los que llevarán a Jesús a la cruz, y esa cruz tiene que mantener su naturaleza desafiante frente al ejercicio de todos los poderes. El que se niega a sí mismo se salvará. Cada uno tenemos una cruz: la enfermedad, la falta d trabajo, la no aceptación de nuestras limitaciones, la soledad…Hemos de cargar con la cruz con dignidad y ayudar a llevarla a los más débiles como buenos cireneos. Al final triunfa la vida. La cruz deja de ser signo de muerte para transformarse en signo de un amor que construye un nuevo espacio de solidaridad y justicia. La cruz, vivida por la comunidad de fe, se despoja de todo signo de poder, prestigio y esplendor para ubicarse al lado y en medio de aquellos que han sido despojados de todo poder, prestigio y esplendor. Ese es el paradójico significado de asumir la cruz. Una cruz que siempre cuestiona al sistema y es una voz y una acción alternativa que se llama Reino de Dios. Debería preguntarme yo mismo para responder a Jesús: “¿Qué estoy dispuesto a hacer por Jesús?
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