Tuesday, October 01, 2013

Cara y cruz de una doble canonización por Pedro Miguel Lamet S.J.


Está visto que Francisco quiere ser el Papa de todos. La anunciada doble canonización, la de Juan Pablo II y Juan XXIII, el próximo abril supone el respaldo a dos maneras de enfocar el Pontificado y gobernar la Iglesia, cara y cruz de la misma durante el convulso siglo XX, con un denominador común: la santidad.

Dos hombres de origen, historia, carácter y política eclesial muy diferentes entre sí pero animados ambos por un apasionado amor a Jesucristo y entrega absoluta a la Iglesia.
Y dos canonizaciones también significativas: La del ‘Papa bueno’ incomprensiblemente demorada, y la del ‘Papa magno’, apresurada. La del ‘Papa del Concilio’, de algún modo provocada, y unida a la de Juan Pablo por voluntad personal del Papa Francisco, para contrarrestar ostensiblemente el significado eclesial del revisionismo del Papa polaco. Y sin duda, ambas deseadas por amplios sectores del Pueblo de Dios, que no piensan exactamente igual. Canonizar significa reconocer virtudes heroicas. Pero se puede ser santo y pensar diferente.


Juan XXIII

Roncalli, hijo de agricultores de Sotto il Monte, un buen sacerdote, sencillo y culto, había llegado a la sede de Pedro, con el propósito de ser más pastor que sumo sacerdote o Pontífice, y era visto por su ancianidad como “un papa de transición”.

Antes había salvado a miles de judíos como nuncio en Estambul. Sus gestos conmovieron al mundo. Su sonrisa se multiplicó hacia los no creyentes, los hermanos separados, las confesiones no cristianas, los países de detrás del telón de acero, los barrios obreros de Roma. “Soy uno de vosotros”, decía de un modo natural, porque en realidad lo era.

Y aquel hombre gordo y cariñoso, aparentemente elemental, había llegado con una idea desde ante de ser Papa: convocar un Concilio. “La Esposa de Cristo debe recurrir hoy, mucho más que a las armas de la severidad, al remedio de la caridad”. Nunca hasta entonces se había presentado la Iglesia tan cercana, en su actitud de comprensión y diálogo.

Y así fueron los frutos del Vaticano II: reforma litúrgica, nueva imagen de Iglesia como comunidad de creyentes, colegialidad episcopal, reconocimiento del pluralismo teológico, diálogo cultural, intraeclesial, e interreligioso, libertad religiosa, solidaridad con las esperanzas y las angustias de los pobres y de cuantos sufren, etc.

Poco antes de morir su encíclica Pacem in terris supuso un cambio en la Doctrina Social de la Iglesia al reconocer los derechos humanos como inalienables, la presencia de las mujeres en la vida pública y la toma de conciencia de su dignidad.


Juan Pablo II

El niño polaco nacido en Wodawice en cambio estuvo desde el principio marcado por la tragedia: la orfandad, las invasiones rusa y alemana, el trabajo en la cantera, una formación teológica conservadora, una vida sacerdotal y episcopal en lucha con la ocupación nazi y un ascenso joven y meteórico a un Pontificado que duró casi 27 años.

Su primer gesto lo resume todo: Karol Wojtyla, cuando salió al balcón de la logia de San Pedro, a diferencia de sus antecesores puso sus manos firmemente sobre el pretil de la balconada, como el que es consciente de su liderazgo. La Iglesia, en la visión de Juan Pablo II requería mano dura, unión, reafirmación en la ortodoxia. Cristocéntrico y antropológico al mismo tiempo en sus encíclicas, ve al hombre como aherrojado por la tecnología, lo que exigiría un suplemento de moral.

La Verdad viene de arriba y es refrendada por el magisterio papal. Rechaza la libertad religiosa individual que propició la Reforma y la Ilustración, ataca el relativismo moral, que ve como característico de las democracias occidentales y todo disenso en el interior de la Iglesia.

En lo social su contribución es grande a la dignidad del trabajo y contra los abusos extremos tanto del comunismo como del capitalismo. Pero no oculta cierta sospecha ante la democracia como expresión de la propia libertad de las personas concretas. Desemboca en centralismo teológico. Mientras que el disenso por la izquierda o de la Teología de la Liberación es castigado o cortado de raíz, la contestación por la derecha, como la del cismático Lefebvre, es tratada con llamativa condescendencia.

Tal impulso unificador tuvo otro fruto en el Catecismo de la Iglesia Católica. Del mismo modo subrayará en el ministerio de Pedro el centralismo romano sobre la colegialidad episcopal. En este marco debe inscribirse también el auge que experimentaron los llamados “nuevos movimientos”, mientras que los religiosos de frontera y las comunidades de base eran desautorizados y marginados.

Ecumenista de deseos y autor de brillantes gestos públicos con líderes cristianos de otras confesiones, su firmeza doctrinal impide el avance que él mismo hubiera deseado. El Papa Wojtyla se instituye así en pastor para los de dentro y líder mediático para los de fuera en sus viajes, sobre todo cuando defiende los derechos humanos, rechaza la injusticia, la guerra y el hambre.

Pero la gran aporía se produce cuando su mano tendida al mundo es secuestrada por la propia maquinaria interna que ha puesto en marcha -con abandono a su aire de la Curia-, que impide el diálogo con la cultura contemporánea. De aquí que su mensaje, audible para las masas, ininteligible para un amplio sector apareciera como fundamentalista para los líderes de opinión e intelectuales del momento.

Juan Pablo II quedó también por su faceta política. Sobre todo por su contribución a la caída del deteriorado comunismo del Este y en particular en advenimiento de la democracia en su país. Nadie en todo caso le podrá negar, pese a su protagonismo, que se volcó en la Iglesia con alma y cuerpo, con una ejemplar entrega al trabajo apostólico conforme a su lema: “Totus tuus”. Su popularidad hizo exclamar a la multitud: “Santo súbito”.

¿Qué quiere pues Francisco con esta doble canonización? Ante una Iglesia dividida por años de involución, unirla en lo que enlaza indiscutiblemente a ambas figuras: el amor a Jesucristo y el servicio a los hermanos, que van más allá de toda ideología.

Pedro Miguel Lamet S.J.
El alegre cansancio
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