
Unificar el corazón en Jesús
Introducción
“Dice Dios: “Dame tu corazón”…
“Dice Dios: “Dame tu corazón”…
Y luego, en respuesta a mi perplejidad, le oigo decir:
“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.
Mis tesoros… Helos aquí:
personas… lugares…
ocupaciones… cosas…
experiencias del pasado…esperanzas y sueños del futuro…
Tomo cada uno de estos tesoros, le digo unas palabras y lo pongo en presencia del Señor…
Al final me quedo solo ante el Señor.
A él le doy mi corazón, diciendo:
“Tú, Señor, eres mi vida.
Tú eres mi destino”.
Tony de Mello, SJ
Texto
“Por esta razón doblo las rodillas ante el Padre, el que da el nombre a toda familia en cielo y tierra, y le pido que, mostrando su inagotable esplendidez, os refuerce y robustezca interiormente con su Espíritu, para que el Mesías se instale por la fe en lo íntimo de vosotros y quedéis arraigados y cimentados en el amor; con eso seréis capaces de comprender, en compañía de todos los consagrados, cuán ancho y cuán largo, cuán alto y cuán profundo es, y que conozcáis lo que supera todo conocimiento, el amor del Mesías, llenándoos de la plenitud total, que es Dios. Dios, cuya fuerza actúa en nosotros y que puede realizar mucho más de lo que pedimos o imaginamos, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos” (Ef 3, 14-21).
Conclusión
“Nuestra consagración a Cristo conlleva cierta renuncia afectiva y soledad del corazón: renuncia a la intimidad conyugal, a tener hijos, a una vinculación afectiva, que es la condición normal de crecimiento humano, y a formar la propia familia.
Todo ello, que forma parte integrante de la cruz que Jesús nos ofrece en su seguimiento, nos asocia íntimamente a su misterio pascual y nos hace partícipes de la fecundidad espiritual que de él dimana.
Pero no sólo no mutila la personalidad ni obstaculiza la unión y el diálogo, sino que amplía la capacidad afectiva, ayuda fraternalmente a los hombres y puede llevar a un más pleno” (NC 145).
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