Sunday, May 24, 2009

Homilía de Ciudad Redonda: Enviados a todo el Mundo


Dice un dicho que generalmente, cuando los hombres buscan un salvador, terminan encontrando un dueño. Así ha sido muchos veces a lo largo de la historia. De modo que los líderes terminan por anular a los que se definen como sus seguidores. Reúnen en sus manos todo el poder. Y terminan por abusar de él. Y todo con la aquiescencia y conformidad de sus súbditos. Porque lo que dice el líder se convierte automáticamente en una especie de Palabra de Dios que no puede ni debe ser discutida. Sólo puede ser obedecida, asimilada, cumplida. La actitud del seguidor es totalmente pasiva.


La imagen tradicional con que se ha solido representar la escena de la fiesta que hoy celebramos tiene, desgraciadamente, algo de parecido con lo dicho más arriba. Representa a los discípulos mirando al cielo en donde se ve desaparecer a Jesús en una nube. Es el momento de la despedida, del adiós final. El líder se va, desaparece. Y, como consecuencia, los discípulos quedan desamparados, solos, abandonados. Las miradas se dirigen hacia arriba. Es como si les fuese su única conexión con la realidad, como si perdiesen el nexo vital que daba sentido a su vida.




¿Qué hacéis ahí plantados?

Nada que ver esa imagen con lo que cuenta el Evangelio y la primera lectura del libro de los Hechos. La pregunta de los dos hombres vestidos de blanco a los discípulos es la crítica a esa actitud devota y sumisa, que anula la libertad y la iniciativa de las personas: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Tampoco el Evangelio nos habla de una actitud pasiva por parte de los apóstoles. Exactamente lo contrario. Jesús los invita a ponerse en movimiento: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.” Hay mucho que hacer. Hay una buena nueva que anunciar a todos, hombres y mujeres. Es urgente.


La fiesta de la Ascensión marca prácticamente el final de las celebraciones de la Pascua. Ese tiempo privilegiado en el que los discípulos vivieron con claridad meridiana la experiencia de la resurrección del Señor, de que no todo había terminado en el Calvario. De que lo que había podido parecer un fracaso no lo fue porque Dios había resucitado a Jesús. Porque de nuevo, con brazo extendido y mano poderosa, como había rescatado a los israelitas de la opresión en Egipto, había actuado en favor de su hijo Jesús. Y así había marcado el comienzo de una nueva era, el tiempo del Reino, el tiempo en el que Dios va a actuar definitivamente en favor de sus hijos, en favor de la vida y en contra de los poderes de la muerte, el odio y el pecado.



Anunciar el Evangelio



Pero el final de las celebraciones pascuales no es tal sino el comienzo de una nueva etapa que lleva consigo una tarea. Los discípulos son enviados. Van a pregonar el Evangelio por todas partes. Es un Evangelio de liberación, es una buena nueva que crea esperanza en los que la acogen, que salva y reconcilia, que crea fraternidad y destruye el odio y la violencia.


La actitud de los discípulos no es la de los súbditos que quedan desconcertados ante la ausencia del líder. Ahora son ellos los que pasan a la primera línea del anuncio. Ahora son ellos los que deben asumir la responsabilidad de anunciar la buena nueva a todos y en todas partes. Son libres y libremente han de tomar sus decisiones, han de crear comunidades, han de comunicar la salvación. Son libres y responsables.


Lo suyo no es quedarse mirando al cielo sino ponerse manos a la obra, caminar los caminos de este mundo, mancharse con el barro de la vida, tocar con la misericordia de Dios las vidas de todos aquellos con los que se encuentren. Con la confianza de que el Señor cooperará siempre confirmando la palabra con sus señales, como termina el Evangelio de este domingo.


Que el Señor nos dé espíritu de sabiduría para conocerlo, que ilumine los ojos de nuestro corazón y comprendamos la esperanza a la que nos llama, la misión a la que nos envía, la libertad que nos ha regalado. Que asumamos nuestra responsabilidad como evangelizadores, como anunciadores de la buena nueva de la salvación. Que, como una comunidad de iguales, siempre en diálogo, pongamos todos –laicos, religiosos, sacerdotes, obispos– todas nuestras fuerzas al servicio del Evangelio, porque eso y no otra cosa debería ser la Iglesia.


Fernando Torres Pérez, cmf
fernandotorresperez@earthlink.net

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