Por José María Martín OSA
1.- Jesús se despide de los apóstoles, pero anuncia que no les dejará solos. Promete la llegada del Espíritu que les dará fuerza para ser testigos hasta los confines del mundo. Los discípulos no comprendían bien sus palabras, pues querían que estuviera corporalmente con ellos para siempre. Veían en El, nos dice San Agustín, un maestro, un animador y un consolador, un protector, pero humano; si esto no aparecía a sus ojos, lo consideraban ausente, aunque en realidad sigue presente entre nosotros. A nosotros nos ocurre muchas veces lo mismo: no comprendemos lo que nos pasa y nos rebelamos ante ciertas situaciones de dolor y de prueba. Necesitamos, como dice Pablo en la Carta a los Efesios que “Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos”.
2.- ¿Nos quedamos mirando al cielo? Es la hora de recoger el "relevo" que Cristo nos da. Es la hora de la Iglesia y del Espíritu. Es la hora de la madurez. Es como si Jesús nos hubiera dado un empujón desde la rampa de lanzamiento para que ahora nosotros siguiéramos la carrera con lo que El nos había enseñado. El Reino tenemos que construirlo nosotros mismos, Dios con su providencia amorosa velará para ayudarnos, pero no le pidamos que El sea el que nos solucione todo, somos nosotros los que tenemos que hacerlo. La gran tentación que tenemos es quedarnos parados mirando al cielo: "¿qué hacéis ahí plantados?". Hoy día también somos tentados si vivimos una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos tenemos que implicarnos más en la defensa de la dignidad del ser humano, de la vida, de la paz, de la justicia. ¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía, la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir? Recuerda que la Eucaristía es el sacramento del servicio.....a Dios y al hermano.
3. - Dios nos echa una mano. La misión va acompañada de signos: echar demonios, hablar lenguas nuevas, coger serpientes en las manos, imponer las manos a los enfermos….Sería egoísta guardarse para sí los dones que uno ha recibido, sabiendo además que El está a nuestro lado protegiéndonos. El camino del cristiano tiene que ser igual que el de Cristo. Es la hora de ser cristianos comprometidos. No nos escondamos cuando vemos que nuestro mundo necesita tanto la Buena Noticia de la salvación. La gracia que has recibido no es para ti, es para la construcción de la comunidad, para el bien de los hermanos. Primero hay que estar al lado de hermano que sufre, del hermano que pasa dificultades, del hermano solo y abandonado. Sólo así podremos estar cerca de Dios, ascender hasta El. ¿Eres consciente de la misión que Jesús en su ascensión te encomienda?
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