Sunday, May 10, 2009

Ayer estuve a medio metro del Papa


Por José Manuel Vidal
RD
Domingo, 10 de mayo 2009
Nunca había estado tan cerca de un Papa. Ayer, en la catedral greco-católica de Amman, tuve la suerte de estar a medio metro. Estuve tentado de tocarle la capa pluvial con la que iba revestido, pero no me atreví. La gente a mi lado chillaba eufórica. Y a mí no me salían las palabras.
Simplemente, le quedé mirando. Supongo que con cara de tonto. Pero sentí un subidón de emoción. Casi podía rozar a Pedro, que se paró a acariciar a un obispo en silla de ruedas. Me pareció tan frágil…Con su sonrisa sempiterna y su dulce voz. Mientras, los guardaespaldas se empleaban a fondo para contener a la gente, que quería tocar al Papa Benedicto XVI.

De hecho, mucha gente tocaba su capa (hace pensar en el episodio evangélico, en el que Jesús, metido entre la multitud, pregunta quién le ha tocado), para después besarse la mano y santiguarse. Tocar a Pedro, besar a Pedro. Porque, aquí, la gente adora a Pedro. Lo decía, emocionado, en medio de las vísperas, el patriarca armenio: “Santidad, le queremos”.

No sabría calcular cuanto tiempo estuve a medio metro de Su Santidad. Quizás una docena de segundos. Porque los guardaespaldas se lo llevaron casi en volandas. De cerca, el Papa es menudo, muy poca cosa y transmite una sensación de dulzura inmensa y de fragilidad suma. Pero, al mismo tiempo, de fortaleza. Uno ve en él al icono. Está más delgado de lo que aparenta por la tele. Y en su cara, hay manchas de vejez. Sobre todo, una, grande, en el pómulo izquierdo. El recuerdo de haber estado a su lado lo conservaré siempre. Se siente algo muy especial allá dentro.

Además, previamente, tuve la suerte de estar durante toda la ceremonia a menos de cuatro metros. Y la ceremonia fue larga. Duró más de dos horas. Y ese privilegio se lo debo al padre Carlos Khalil, el párroco católico de Nuestra Señora de Nazaret de Amman y presidente de Mensajeros de la Paz en Jordania. Un cura que aquí, lo puede todo y lo controla todo. Sólo él pudo colocarme allí, en tercera fila. En primera, los cardenales de la zona: Delly de Irak, Sfeir de Beirut. Y los Patriarcas de todos los ritos. Que son muchos. En segunda fila, más patriarcas, el custodio de Tierra Santa y el ministro general de los franciscanos, padre Carballo. Y justo por detrás del franciscano, me colocó el Padre Carlos. Un sitio de privilegio, que siempre le agradeceré. Era el único periodista entre tantos clérigos de alto rango. Con mi cuaderno azul y mi cámara de fotos. Sin perder detalle, apuntándolo todo y observando de cerca los preparativos y el desarrollo de una ceremonia de estas características. Vísperas con el Papa. Tanquetas y soldados con ametralladoras Las medidas de seguridad son ostensibles. Tanquetas con ametralladoras en las encrucijadas, soldados cada cien metros, policía secreta con pinganillos, policías con chalecos antibalas apostados en todos los tejados que rodean a la catedral greco-católica de Amman. Boinas verdes y boinas moradas con pistolas al cinto, ametralladoras en bandolera y chalecos antibala. Quise hacer una foto a una tanqueta y me saltaron encima. Sin consecuencias, porque los paró el Padre Carlos.

Y muchos controles, antes de llegar al templo. Por lo menos, seis. Y minuciosos. Aquí, no se andan con chiquitas. Pero el Padre Carlos es una autoridad y le conoce todo el mundo. Un perfecto salvoconducto.

En el recorrido, una ciudad que no huele a pobre. Casas de cuatro o cinco alturas bien hechas, aceras preparadas y muchos árboles: cipreses, palmeras y olivos por todas partes. No parece una ciudad pobre, aunque todavía no he visitado los barrios más periféricos. Más aún, una ciudad en pleno crecimiento. Con grandes avenidas, imponentes rascacielos, exquisitos hoteles y grúas. Grúas por todas partes, signo inequívoco de despegue económico.

De mano del Padre Carlos llegué a la catedral con bastante antelación. Casi dos horas. Para ver las entretelas. La catedral ya está llena y adornada con banderas. Es un templo pequeño y moderno. Los grecocatólicos son aquí unos 20.000. Aparte de los simples fieles, todo tipo de hábitos de monjas. Entre los frailes, predomina el negro, pero también luce el marrón de los franciscanos. El coro se prepara y calienta motores con bellas canciones bizantinas, que, más tarde, nos brindarán en todo su esplendor. Que no es poco.

Entra Marini, el ceremoniero del Papa. Acompañado de sus otros dos compañeros, cuyos nombres no conozco: uno calvo y el otro, de pelo blanco y rizado. Marini es todavía más delgado de lo que parece en la tele. Entre los tres lo preparan y lo supervisan todo, con la anuencia de los grecocatólicos, que para eso están en su catedral. Colocan una y otra vez el micro. Marini, para probar la altura, se sienta incluso en el trono del Papa, de madera labrada. Todo supervisado, mira el reloj. El Papa se retrasa. Tenía que entrar en el templo a las cinco y son ya las cinco y veinte.

Los patriarcas y los arzobispos aprovechan para hacer fotos. El arzobispo de Alepo, monseñor Sadahh, posa con el cardenal Sfeir. Otros, echan cabezadas. Es la hora propicia, arrullados por la música de fondo de la preciosa salmodia bizantina. Por fin, tras una larga espera, llega el Papa. Y se arma un gran revuelo, con vivas y aplausos apasionados. Es el delirio. Muchos gritos e, incluso, silbidos. El Papa saluda y camina con su paso menudo. Se le nota más cansado que esta mañana en el Monte Nebo. Pero, a lo largo de la emotiva ceremonia, se va recuperando. Ganado por la emoción y por el caudal de cariño que esta gente le muestra abierta y sencillamente. Con la naturalidad de unos hijos con su padre anciano.

Y comienzan las Vísperas, que van a durar más de dos horas. Vísperas solemnes, pero demasiado largas. ¡Pobre Papa! Debería estar prohibido que las ceremonias y los actos durasen más de una hora. Tan largas son insufribles, sobre todo para un hombre de 82 años. El primero en salir al presbiterio es el patriarca armenio. Con un discurso encendido, en el que apostó por “el derecho de los palestinos a tener una patria” y concluyó lanzando vivas emocionados a Su Santidad. Y, sin coartarse en absoluto, le dijo a pleno pulmón: “Santidad, os queremos a rabiar”. Y se echó en los brazos del Papa, que comenzó a emocionarse.

Siguen las vísperas con las ofrendas: iconos, cálices, mosaicos. Y los himnos. Bellísima salmodia de rito bizantino. A voces. Con toques árabes desgarrados. Y muchas velas. Y el incensario con cascabeles. Himnos a dúo entre un hombre y una mujer. Después pasean el leccionario de oro, precedido por la cruz y las velas. La gente, a su paso, lo toca y se santigua. Mientras, los secretas, con sus pinganillos, siguen peinando la catedral. No se les escapa nada.

En medio de la ceremonia, el discurso del Papa en inglés. No entiendo ni papa. A muchos otros les debe pasar lo mismo, porque desconectan. Son muchos los que, a mi alrededor, dan cabezadas. Atentos, en cambio, al otro lado del presbiterio, el séquito papal: Bertone, Foley, Sandri, Tauran y Kasper. Y el omnipresente secretario papal, que también aquí levante pasiones.

Aplausos al discurso del Papa y, de nuevo, otra tanda de himnos y cánticos. Son tan bellos como los de antes, pero ya se está haciendo pesada la ceremonia. Que, por fin, concluye. Y de nuevo, es el delirio. Parece que la catedral se va a venir abajo de lo que resuenan los gritos, los vivas y los aplausos. El Papa se levanta de su solio. Y el Padre Carlos me dice que lo siga y me coloca al lado de un obispo con silla de ruedas. Sabía que allí se pararía el Papa. Y así fue. Y, gracias a eso, tuve al Papa al lado. Por unos instantes. Pero me supieron a gloria bendita.

No comments: