El modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico y en el logro personal, en el enriquecimiento personal, no es hoy en día un modelo válido. La idea de que el mundo sería un mejor lugar si cada uno mejorara a nivel individual se ha demostrado errónea, pues que unos estén mejor (los menos) lo es, según este modelo a costa de que otros (los más) esten peor. El paradigma de que la felicidad vendría por la posesión de objetos y bienes de consumo nos está llevando a una sociedad de la acumulación, la cual nos aboca al derroche, a la contaminación y a la injusticia. El problema de ser rico es la obligación de ser feliz en cada momento. Como decía Eduardo Galeano Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos basura en McDonald’s
Estoy convencido de que la transformación del mundo hay que hacerla todos los días con nuestros actos cotidianos. Y consumir y comprar, al menos en esta sociedad que estamos creando, es uno de los más habituales. Creo firmemente que sólo desde el compromiso político, social y económico de todos y cada uno de los ciudadanos del mundo, especialmente de la zona occidental del hemisferio Norte (lo que comúnmente se conoce como “los ricos”) se podrá hacer del mundo un sitio más justo y más agradable para vivir. Sólo desde lo cercano y diario se podrá transformar la realidad.
En economía, el consumidor siempre ha sido tratado con respeto y cariño pues no en vano Él es la razón de ser del mercado, la causa por la que se producen bienes y servicios (para satisfacer sus necesidades) y el oscuro objeto de deseo de marcas y anuncios que compiten por su voluntad, su fidelidad y su bolsillo. Cuando uno busca en los manuales y diccionarios económicos la definición de soberanía del consumidor, parece que se está hablando de un empoderamiento del consumidor que se convertiría en el indiscutible gestor del mercado, ya que decide lo que se produce y cuánto se produce. Sin embargo esta omnipotente característica de un soberano que con sus preferencias guía la economía no es del todo cierta, ni defendible en muchas de sus manifestaciones. En un mundo competitivo, atomizado, globalizado y basado en el consumo desaforado el truco es hacer creer al consumidor que es libre de elegir lo que quiera, siempre que quiera lo que se le ofrece. Haciendo un pequeño juego de palabras en paralelo con el Despotismo Ilustrado del siglo XVIII en el cual los monarcas absolutos usaban su autoridad para introducir reformas en la estructura política y social de sus países, parecemos estar asistiendo actualmente a un Capitalismo Ilustrado:“todo para el consumidor pero sin el consumidor”.
El consumidor, supuestamente sujeto de derechos y deberes, no puede (a veces ni quiere) ejercerlos. En Europa teóricamente, cualquier ciudadano tiene el derecho a comprar sólo lo que quiera verdaderamente comprar. En la práctica esto no es así. Los derechos del consumidor son mayoritariamente desconocidos y lejanos para el ciudadano y están redactados en su totalidad pensando en el consumidor individual. Proteger su seguridad, su salud y sus intereses económicos; promover la información y la educación de consumidores y usuarios para que elijan con libertad plena (pero que no se olviden de elegir), etc. En cuanto a deberes la cosa es más sencilla: el único deber del consumidor parece ser ir a la compra, pagar. En muy pocas ocasiones se hace referencia al deber de todo consumidor de estar informado de cómo se ha producido lo que está comprando, bajo qué condiciones sociales y medioambientales. Anecdóticamente se plantea el deber de reducir el consumo que tenemos los habitantes del Norte para respetar al Planeta y su sostenibilidad.
La persona con un comportamiento responsable de consumo pone su acento, fundamentalmente, en su bienestar moral. Se trata de solucionar situaciones muy claras de disonancia entre lo que se espera de una persona y lo que realmente le apetece. Quizás esto pueda explicarse, una vez más, a través de la coherencia entre lo que uno piensa y como actúa. No es sino desde los valores y creencias firmemente asentados en un individuo desde donde se pueden plantear modelos de consumo y estilos de vida acorde con sus ideas que no le provoquen infelicidad. Así el consumo sería la expresión más acabada de la democracia económica y de la autonomía personal ya que el consumidor vota con cada compra. Sin embargo esta democracia del consumidor no es justa porque no es universalizable, no alcanza a todos por existir grupos que no tienen capacidad adquisitiva y quienes sí la tienen, carecen de información suficiente para realizar “votaciones” realmente libres. Es pues necesario considerar el consumo una expresión colectiva y organizada para generar un cambio en los patrones de consumo, ya sean de carácter positivo o negativo, como en los casos de boicot. La nueva soberanía consumidora implica la reivindicación de una libertad consciente de elección por encima del bienestar individual, en aras de un mundo más sostenible y justo.
Consumir de forma diferente, haciendo cierto aquello de reduce recicla y reutiliza. Ahorrar haciendo que los ahorros se conviertan en fuente de riqueza para otros. Comprar pensando qué rostro hay detrás de la etiqueta, qué manos han fabricado lo que nos ponemos, lo que comemos. Consumir teniendo en cuanta los ciclos de la naturaleza, los circuitos locales, las personas que fabrican y producen….Hay otra forma de hacer las cosas, de hacer economía, de transformar el mundo: desde los barrios, los hogares, las personas… se puede transformar el planeta; desde lo chiquitito y cotidiano no sólo se puede cambiar el mundo, sino que se debe cambiar el mundo.
Carlos Ballesteros
Del blog "Los jueves de 7 a 9"
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