Saturday, May 09, 2009

Carta abierta a Su Santidad de visita en Oriente Medio


Por Padre Ángel García
RD
Sábado, 9 de mayo 2009
Santidad: Con profunda emoción he venido a acompañarle a Jordania, en cuya capital Mensajeros de la Paz tiene sede desde hace años. Desde Ammán, como base de operaciones, he podido ser testigo de las alegrías y de las penas, de las guerras y la paz, de la vida y de la muerte, de este Oriente Medio cuna y cruce de culturas, civilizaciones y religiones. Conozco y quiero a esta región, porque he intentado ser en ella un buen samaritano en la medida de mis pequeñas posibilidades.

Desde Ammán, por ejemplo, pude entrar en contacto con el castigado pueblo iraquí. Recuerdo especialmente a los niños iraquíes enfermos que pudimos llevar a curarse a España. Y a sus familias que, cuando los recobraban sanos, nos lo agradecían tanto que casi nos adoraban.

Recuerdo al imán más importante de Irak y al obispo de Mosul, a los que también llevamos a curarse de sus dolencias a Asturias. Los dos se hospedaron con total naturalidad en la casa del entonces arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro. Cómo olvidar que, pocos meses después de regresar de nuevo a su país, el obispo aparecía vilmente asesinado. ¡Mensajeros de la Paz tiene ya un mártir en el cielo!

Desde Ammán pasamos también al atormentado Líbano, para poner algo de aceite en sus múltiples heridas. Recuerdo a Walid que, con solo cuatro años, se quedó sin brazos ni piernas por culpa de la guerra y al que también llevamos a curar a España.

En Gaza y en Belén también colaboramos estrechamente con unas religiosas que atienden a niños discapacitados y huérfanos, con la bendición del patriarca latino y del ortodoxo. Recuerdo también al padre Mussalam, el párroco de Gaza, un sacerdote entrañable y enfermo, que me recordaba al célebre Don Camilo. Con él estuve días después del final de la última ofensiva israelí. Para llevarle medicinas y consuelo. Y para rezar juntos al Dios de la paz.

Por cierto, Santidad, déjeme darle las gracias porque usted también quiso hacerse presente en Gaza, a la que dedicó nada menos que la colecta y, sobre todo, la oración de Jueves Santo. Y la denuncia repetida de que la vida es sagrada. Porque aquí murieron, Santidad, más de 300 niños inocentes, simplemente porque algunos políticos sólo saben hablar con misiles y con bombas.

A esos políticos, que tienen poder sobre las vidas y las haciendas de los más pobres, dígales, con todo el cariño y la delicadeza de su corazón de padre, pero también con toda la fuerza del profeta de Roma, que la paz es posible. Sé que les recordará que, precisamente por los caminos de esta Tierra Santa, Jesús bendijo a los que luchan por la paz y la justicia. Pero también maldijo a los violentos. Y, sobre todo, maldijo a los que escandalizan y a los que matan a los niños y a los inocentes.

No es un viaje fácil para usted, Santidad. Diga lo que diga o haga lo que haga, corre el riesgo de ser manipulado por unos y por otros. Pero el simple hecho de que, a sus años, haya querido visitar esta tierra martirizada, es un símbolo que habla al mundo de esperanza, de amor y de paz. Sólo siento que no pueda o no le dejen ir a Gaza. Pero estará muy cerca y escuchará su llanto y su pena. Y seguro que sabrá encontrar las palabras adecuadas para calmar su dolor y solidarizarse con su triste suerte.

Gracias, Santidad, por venir a estas tierras a proclamar, una vez más, la Buena Nueva de Jesús. A gritar que la paz es posible y a decir cosas y hacer gestos políticamente incorrectos.
Hace ya años, conocí al Padre Carlos, párroco de María de Nazaret y presidente de Mensajeros de la Paz en Jordania. Al poco rato de saludarnos, me dijo: -¿Sabe que soy de Belén? -¿De Belén de Judá? Enséñeme el carné de identidad. Lo sacó y, efectivamente, había nacido en Belén.
Entonces, le dije: -Pues tenga cuidado, porque yo conocí a uno de Belén al que mataron. -¿A quién? Quizás lo conozca también yo. -Claro que lo conoce: se llamaba Jesús y, como bien sabes, lo mataron por decirle a los ricos y poderosos lo que no querían oír. Santidad, a usted no lo matarán, pero algunos seguirán haciendo oídos sordos al mensaje de ese mismo Jesús que, como Vicario suyo, viene a repetir a estas mismas tierras. Pero otros muchos quizás las escuchen. Y hasta puede que la semilla de la paz prenda en sus corazones y, algún día, dé frutos y frutos abundantes. Lo deseo con todo el corazón.

Antes de despedirme, que no se me olvide, Santidad, darle un recado de parte de Josué, el niño salvadoreño que, víctima de la guerra, sufre lesiones graves casi incurables. Ese mismo niño que, hace unos años, recibió en Roma y cogió en sus brazos. En el aeropuerto de Barajas, donde vino a despedirme, antes de darme un beso, se puso solemne y me dijo: -Papá, dile al Papa, a ese que tiene el pelo blanco como tú, que me acuerdo de él y que le quiero.

Como me lo dijo, se lo digo. Y yo, como otro Josué más crecidito, le deseo mucha suerte en su difícil viaje y le confieso lo mismo: que rezo por usted y que le quiero un montón. Padre Angel, fundador y presidente de Mensajeros de la Paz.

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