Por José María Maruri, SJ
1.- Es lástima que no haya entre nosotros algún místico. Digo, a lo mejor lo hay y no lo sabemos. Y desde luego yo no lo soy y es que todo esto de permanecer en el Señor y el Señor en nosotros, los místicos lo ven claro como la luz del día, y nosotros, bueno, yo no, y quisiera aclarármelo a mí mismo. Vamos a bucear en ello y ojalá no nos ahoguemos:
--Estamos unidos a un jefe por una idea política, por admiración, por interés.
--Vamos hombro con hombro con compañeros a los que nos une la amistad, un mismo ideal, una ilusión común.
--Al hombre y a la mujer les une el amor, el cariño, el sexo, que todo tiende a hacerles uno.
Pero cuando el Señor nos habla de la vida y de los sarmientos unidos por una misma vida, de que tenemos que renacer, de que permanezcamos en Él, como Él permanece en el Padre, esto ya no es lo mismo.
Vienen los teólogos y lo quieren explicar y lo estropean. Y va San Pablo y suelta aquello en que dijo más que supo. “Vivo yo digo, no vivo sino Cristo vive en mí.” O “que Cristo es la cabeza y nosotros los miembros”.
2.- Esto no es ir junto a una persona, es estar en una persona, no es estar cerca, es estar dentro. El Padre permanece en el Hijo y el Hijo en el Padre. Esto es mucho más que estar juntos. Las tres divinas personas no es que se pasean juntos por universo de estrella en estrella, es que viven una misma vida.
--Lo más cercano sería el niño unido a la madre por el cordón umbilical y viviendo de ella.
--El sarmiento vive de la misma savia que vive la cepa y la cepa es Jesús, Dios…
Tan vivimos de la misma vida de Jesús Dios, que por eso somos en realidad de verdad, como dicen San Juan, verdaderos hijos de Dios, sin dejar de ser hombres y mujeres.
**es el disolverse de la sal en el agua
**es la fusión de dos rayos de luz en uno
**es el juntarse del río y su afluente
**es la llama perdida en el fuego de otra llama
Total que no sabemos lo que es esto, sino que por nuestras venas espirituales corre sangre de Dios. Y esa sangre y vida son actuantes y energéticas. No pueden estar quietas.
3.- A Dios se le escapó la vida hacia fuera y creó el universo, y un universo que Él mismo admiró “porque era muy bueno”.
Y si nosotros, como sarmientos, permanecemos en el Señor, tenemos que dar fruto, una vida como la de Dios que corre por nuestras venas tiene que dar fruto.
Y esos frutos maravillosos, esa vitalidad tiene que verse como se ve la vitalidad de los árboles en esas hojas tiernas y nuevas que ahora empiezan a dar. Parecían troncos arrugados y secos, pero ese verdor fresco y nuevo con que se cubren son señas evidentes de que había vida en ellos.
Esa vitalidad divina se ve en esas personas que no viven más que para los demás, cuidando enfermos, acompañando al anciano, derramando cariño en niños deficientes… Amando no de palabra, ni de boquilla, sino con obras y de verdad…
--Dar fruto no es un lujo del sarmiento. Es una misma razón de ser.
--Pero el fruto no tiene por qué ser espectacular: grandes concentraciones, conversiones
en masa, bautismos con manga de riego
4.- Ante todo será bondad de corazón a todos, si por nuestras venas corre la vida de Dios, que es Amor, nuestro corazón no puede destilar amargura, rencor, frialdad, sino bondad, comprensión, acogida, cariño hacia todos y este fruto lo puede dar el más débil y enfermo.
Colgado en la cruz, sin poder moverse, ni hacer nada, el Señor Jesús dio sus mejores frutos de bondad, dando a su Madre la protección de hijo, perdonando al buen ladrón, disculpándonos a todos de su muerte.
Si no damos ningún fruto hay que preguntarse cuál es el trombo que estará impidiendo que corra por nuestras venas la vida de Dios.
No comments:
Post a Comment